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Reencuentros

 

(La banda sonora de este post es una canción de los Celtas Cortos que he posteado alguna vez más y que, además de gustarme mucho, creo que viene a cuento del tema)

 

Debe ser cosa de los cuarenta... Bueno, de los cuarenta y un poco más.

 

Este verano ha sido un poco raro. Distinto a otros, cuando menos.

 

Por primera vez en muchos años, y obligada por las circunstancias, he fraccionado mis vacaciones casi hasta el infinito. Eso ha hecho que, como un pajarito, fuera picoteando migajas de espacios ociosos por los que transitar. Ese devaneo veraniego que está a punto de finalizar me ha proporcionado un par de reencuentros que me han aportado una enorme felicidad.

 

El primero de ellos me ha conducido a la vera de una amiga a la que hacía mucho tiempo daba por perdida. Ana B. y yo compartimos adolescencia y parte de juventud. Ambas descubrimos juntas el mundo, disfrutamos de la música, visitamos Alemania en un viaje inesperado del que hace unos días recordábamos los mejores momentos, compartimos confidencias, conocimos los primeros amores, asistimos a nuestras bodas respectivas.... Y lo que ha venido después nos ha mantenido alejadas: distintas ciudades, los niños que crecen, el trabajo, los problemas...

 

Ambas pasamos la barrera de los cuarenta no hace mucho... de verdad, no hace mucho. Dicen que es la edad de la crisis. De todas las acepciones que el Diccionario de la Real Academia Española ofrece para la palabra crisis me quedo con ésta: "Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales". Horas de charla con mi recién reencontrada amiga nos han llevado a la conclusión de que pasada la cuarta década ambas hemos pasado una crisis que nos ha llevado a "crecer". Nos conocemos mejor, aceptamos mejor nuestras limitaciones y defectos, somos más indulgentes con lo que nos rodea, tenemos una idea más clara de lo que esperamos de la vida y aún disponemos de la suficiente energía y ganas como para intentar pequeños cambios de rumbo que enderecen nuestro barco y lo empujen hacia un horizonte más brillante.

 

El segundo reencuentro, por inesperado, ha sido también muy placentero. Han pasado veinte años. Pero guardo un buen recuerdo de él. Paco S. fue uno de los profesores que tuve en el último año de carrera. Cuando ahora, dos décadas más tarde, vuelvo la vista atrás, a duras penas recuerdo los nombres de mis compañeros o de los que intentaron inculcarme los principios básicos de lo que hoy constituye mi profesión. Recuerdo a Gonzalo R., que en los primeros días de clase del primer año de carrera, desde la seriedad de su sotana, me amenazó con suspenderme si no dejaba de comerme las uñas (cosa que conseguí hacer cuatro años más tarde y que no dudé en recordarle cuando pasé a despedirme de él). No puedo olvidar al profesor Gómez A., quien traspapelando un examen brillante me privó de una merecida nota que habría ahorrado a mi madre la matrícula de una asignatura el curso siguiente. Recuerdo también a Rafael A., de quien nunca he sabido muy bien el papel que desempeñaba en la Universidad pero que me enseñó a escribir y que, una vez finalizada la carrera, durante mucho tiempo corrigió mis trabajos cuando en verano volvía a casa.

 

Y, por supuesto, recuerdo a Paco S.  Porque aunque el resto de los profesores se refería a él como Don Francisco, para todos nosotros fue siempre sólo Paco.

 

Han pasado los años y, tal y como le he confesado a él, aunque no recuerdo la asignatura que nos impartía, no he olvidado sus clases. Y, sobre todo, no le he olvidado a él. Recuerdo que sabía nuestros nombres, y se preocupaba por nosotros, y nos ayudaba con los trabajos, y nos preguntaba por las notas... Y eso, teniendo en cuenta que fuimos más de 150 alumnos los que terminamos ese curso, constituye toda una hazaña. Recuerdo de Paco que, ya terminada la carrera, mantuvimos un breve contacto epistolar que se diluyó con el tiempo.

 

En este verano extraño, de renacimiento y renovación también, me alegra haber podido reestablecer el contacto con dos personas que retornan de mi mejor pasado. Del pasado bueno que no quiero olvidar.  

 

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2 comentarios

Lamia -

Pues eso, a seguir adelante y a seguir ganando, amigoplantas.
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amigoplantas -

Pues pasando los cincuenta me sigo acercando a la mejor edad de la vida

Se pierden, yo he perdido, muchas facultades pero se gana, buuuuffff ya lo verás

Es curiosa la Universidad, te encuentras al buen maestro en donde menos te lo esperas; para mi, el mejor me enseñó Edafología (suelos), el segundo mejor Fruticultura, y el tercero mejor Zootecnia, y el cuarto mejor Genética un año y Mejora Vegetal al siguiente (me dió matrícula en las dos, qué buen chaval), y...
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