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Zapatos

Zapatos

 

El Magazine que "El Mundo" edita el fin de semana recogía hace unos días una entrevista de Víctor Rodríguez titulada "La horma de mis zapatos". La protagonista era Silvia Munt, que aparece retratada con unos zapatos carísimos que asegura haberse puesto por primera vez en el estreno de una de sus películas.

 

A la pregunta de ¿cómo se ve el mundo desde unos tacones "made in Suecia"?, Munt responde lo siguiente:

 

"Muy frágil. Porque puedes caerte enseguida, al mismo tiempo pareces más alta y estás con una aparente seguridad. Pero es mentira... "

 

Una de las cosas que no he confesado aún en este blog es que soy una auténtica loca de los zapatos. Me muero por ellos. Ambos mantenemos una auténtica historia de amor apasionada. He de reconocer que cuando "me enamoro" de unos zapatos, no paro hasta verlos puestos en mis pies.

 

A estas alturas de mi vida sé de dónde proviene esta afición pero no es el momento de desvelarlo. Sin embargo, si es cierto que mi gusto por los zapatos ha determinado muchas veces la ropa que he llevado a una boda o acontecimiento. Últimamente, cuando alguien me invita a una fiesta o similar... procuro no mirar los escaparates de las zapaterías hasta que no he decidido la ropa que voy a llevar. Y, después, me compro los zapatos.

 

Hasta ahora siempre era al revés.

 

Me encantan los zapatos: con tacón, con mucho tacón, los modernos, los de salón, los de colores, las botas con cordones, las que no los llevan, las sandalias, los zapatos bajos, los deportivos... Y me muero por las bailarinas... me compraría miles. Toda mi seriedad se pierde en los zapatos. Lo que jamás me pondría en el cuerpo mis pies lo aceptan sin complejos. Porque ellos son atrevidos, alegres, vistosos, sensuales, juguetones, soñadores, extrovertidos, elegantes, llenos de vida.

 

Tal y como dice Silvia Munt, unos buenos zapatos de tacón me proporcionan una seguridad que estoy muy lejos de sentir. Sin embargo, es verdad que cuando uno ve el mundo diez centímetros por encima de lo que está acostumbrado a mirar, la perspectiva es distinta. Y, también es verdad, en este mundo de hombres por el que transito, que cuando una puede sostener su mirada no desde abajo sino a la misma altura la actitud cambia.

 

Lo de los tacones también tiene sus inconvenientes porque no soy especialmente pequeña. Por lo tanto, cuando me pongo tacones mi altura intimida a muchos de los que me rodean. No hace mucho me comentaba un conocido lo difícil que es acercarse a mí. El envoltorio de seriedad que cubre una tremenda timidez parece alejar a quienes no me conocen. Sin embargo, quien lograr superar esa barrera, me ha ganado para siempre. Y lo que hay detrás de esa imagen es lo que vierto en mi blog. Por cierto, confío en no parecer seria ni distante. Porque mi blog es como mi casa: pequeño, cálido y lleno de luz. Quienes llegais a él sois siempre bienvenidos.

6 comentarios

marce -

me encanta este articulo porque yo también soy fanática a los zapatos de todo tipo pero en especial los tacones, nunca supe de donde provenía esta afición pero ahora que veo el comentario de lamia me doy cuenta que es porque nunca tuve un cuerpaso y no puedo usar cualquier tipo de ropa lo cual me frustra un poco a la hora de comprarla, pero mis pies son hermosos y muy calzadores, así que los zapatos se me ven divinos y si a eso le sumamos que tengo muy buen gusto para escogerlos mucho mejor

laMima -

Ay, querida: tampoco comprarme ropa era mi devoción. Por el mismo motivo.
A veces pienso que no sé como he llegado hasta aquí viniendo de lo que vengo.
Misterios.

Lamia -

Mima, al final tengo que confesarlo... Mi amor por los zapatos proviene de niña... Cuando tenía problemas para encontrar ropa, mis pies eran lo único que podía lucir con cierta elegancia.

laMima -

Mira, aquí discrepamos.
Si algo me ha resultado incómodo siempre es comprarme zapatos. Claro que con mis pies es normal, me las han hecho pasar tan canutas...la cara que ponen las dependientas de las zapaterías cuando entras con la plantilla en la mano es digna de fotografiar, ¡arg!
Mi madre, de jovencilla, me obligaba a ponerme tacones los domingos y era una tortura, entiéndelo. La última vez mi marido (entonces noviete) me llevó a corderetas a casa (mi mor siempre ha sido un valiente, jeje).
Ahora es otra cosa, hay de todo, y ya no lo paso tan mal. Enseño mis pies desde hace poco tiempo: me he creado la película de que pintándome las uñas parecen otra cosa (como has podido comprobar por la foto de mi último post) pero han pasado mas tiempo bajo la arena que fuera de ella jeje.
De todas formas lo de los zapatos es muy curioso, si. Es sorprendente comprobar que lo que llevamos en los pies puede determinar el aspecto o la imagen de nosotros que se forja quien nos mira de frente.
Curioso.

Lamia -

No puedo evitarlo, Carlos. Me muero por unos buenos zapatos de tacón. Y respecto a lo que dices de la imaginación, es curioso como nuestra mente compone muchas veces una imagen a partir de pequeños retazos de conocimiento. Pero me temo que después no siempre corresponde a la realidad.

carlos -

Fíjate que yo te imaginaba más baja. De todos modos quienes se acomplejen de que haya una mujer alta a su lado es que no tienen muy claro lo de la genética. En cuanto a los tacones nunca he llegado a entender lo que sufris por subiros encima de esos aparatos de tortura...