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Puntos de Vista

Fruto de un deseo surgió este relato

 

 

POR LA MAÑANA, IGNACIO

 

"Un café solo, largo y sin azúcar. Para llevar, por favor". Cuando Ignacio cerró el grifo y, secándose las manos, levantó la vista hacia la voz más sensual que había escuchado nunca, pensó que la nueva clienta superaba con creces a todas las parroquianas que habitualmente poblaban su establecimiento. Y eso que las empresas que ocupaban los pisos superiores del edificio en el que se encontraba, eran una fuente inagotable de ejecutivas deslumbrantes.

 

Desde detrás de la barra, sólo pudo apreciar que ella era alta. Ignacio la observaba desde su metro ochenta y los ojos de ambos quedaban casi a la altura. Bajo una leve blusa de seda satén, sus opulentos pechos constituían una auténtica provocación incluso a aquella temprana hora de la mañana. El pelo, largo, rizado y con unas precisas mechas rubias que jugaban con la leve luz de la mañana, caía en suaves ondas por encima de sus hombros.

 

Desde luego, su aspecto no correspondía con el pedido: "Un café solo, largo y sin azúcar. Para llevar, por favor", -volvió a repetir la musa. Ignacio no estaba acostumbrado a que los bellezones que llenaban su garito pidieran café solo, largo y sin azúcar a las siete de la mañana. A partir de las ocho, bueno. Muchos cafés con leche y, a pesar de sus estilizados cuerpos, abundante azúcar. Lástima no poder observar la parte inferior de su cuerpo. Sin embargo, no se ahorraría una miradita cuando ella se alejara hacia la puerta.

 

- Café solo, largo y sin azúcar. Para llevar. 1, 40.

- Muchas gracias. Hasta mañana.

 

La diosa de las curvas se alejaba hacia la puerta sujetando un bolso enorme bajo su axila e inconsciente del efecto que estaba causando en los pocos hombres que en ese momento desayunaban en el bar. Unas caderas rubicundas y sensuales se movían sobre las largas piernas enfundadas en unos pantalones pitillo. No tuvo tiempo de ver si llevaba zapatos de tacón mientras trataba de contener el golpe que acababa de recibir en la parte inferior de su cuerpo.

 

¡Cualquiera lo diría¡ No era el tipo de mujer por el que normalmente se sentía atraído. A pesar de su altura, Ignacio era un tío normal. Un poco ancho de espaldas, con unos incipientes músculos que había desarrollado a costa de cargar y descargar cajas y cajas de bebidas, en él destacaba su mirada franca. Sus ojos, pequeños y enjutos, parecían sin embargo querer esconderse bajo unas cejas no demasiado pobladas y de un color castaño que empezaba a virar al blanco. La frente, despejada y ancha, se contraponía a la perilla, perfectamente recortada y -ésta si- totalmente cana.

 

Por lo general, Ignacio se fijaba siempre en mujeres esqueléticas, con las que no emparejaba demasiado mal, aunque hacía tanto tiempo que no salía con nadie que ya tampoco sabía muy bien el tipo de hembra por el que se sentía atraído. Manuela, con quien incluso llegó a compartir su piso, respondía a ese estereotipo de mujer tan en boga en los últimos años: tipo Zara, talla 38.

 

Pero de eso hacía ya mucho tiempo. Más del que Ignacio hubiera querido. El trabajo en el bar lo tenía literalmente atrapado. Sus amigos también hacía tiempo que se habían cansado de esperar a que terminara sus largas jornadas de trabajo y su rutina se habían convertido en una condena. No obstante, era la primera vez que se encontraba realmente contento con el trabajo que desarrollaba.

 

"La Mandrágora" había nacido de una noche de insomnio, hastiado de su profesión de periodista. ¿Dónde podría rentabilizar esa versatilidad que te proporcionan innumerables horas de trabajo, don de gentes, mucho estrés y escaso reconocimiento? El trabajo en el bar era muy parecido al que ejercía como periodista: abundantes contactos, poca profundidad en los encuentros, muchas relaciones públicas y horarios más o menos flexibles. Además, se había acostumbrado a escuchar. Los largos años de ejercicio profesional le habían convertido en una persona observadora que, más que hablar, se detenía en el discurso de sus interlocutores, tratando de analizar lo que escondía esa primera imagen que todos nos esforzamos en mostrar.

 

Salvo por su ex cuñado, el ex marido de su hermana, también periodista, que "en recuerdo de los viejos tiempos" se había alojado en el altillo del bar y había vivido, comido, dormido.... allí durante los últimos ocho meses, Ignacio no conseguía mantener vivas sus relaciones demasiado tiempo. Ya le había ocurrido en su anterior etapa en el periódico. Y ahora, aún cuando su vida discurría por los senderos que él había escogido, continuaba la misma tónica. Lo cierto era que los horarios que regían su existencia eran bastante distintos a los del común de los mortales. Trasnochaba mucho, madrugaba poco y no tenía demasiado tiempo libre durante el fin de semana. Ahora que el bar empezaba a funcionar mejor y había podido contratar un ayudante, además de la cocinera, se podía permitir pequeñas escapadas de lunes a viernes pero nunca sábado y domingo. Era precisamente con el final de la semana cuando su clientela cambiaba radicalmente. Los ejecutivos, trabajadores y funcionarios que desayunaban y comían los días de labor, cedían el paso a parejas de mediana edad y grupos de jóvenes cuarentones que cenaban y tomaban copas envueltos en la suave música celta que flotaba en el ambiente. Desde aquel verano que había pasado en Irlanda, se había hecho un adicto a las leyendas, la historia, la música de aquellos antepasados que recorrieron las tierras del norte. The Corrs, The Cramberries, Old Folk eran sus preferidos. Pero también atendía los gustos de sus clientes y su discoteca se iba enriqueciendo con las aportaciones que hacían sus parroquianos del fin de semana. Más bien esas parroquianas con las que a veces terminaba su jornada de trabajo. Alguna ventaja tenía que tener disponer de tan amplio abanico. Tipo Zara, talla 38, con un poco de suerte alguna de Purificación García y sobre todo, pijas de mediana edad y buena familia que trataban de quemar los últimos cartuchos en un intento por encontrar alguien que "esté a mi altura".

 

Ese fin de semana, sin embargo, no había tenido demasiado éxito. Mucho trabajo y poco tiempo para alternar entre copa y copa. No tendría que haber abierto el bar pero su nuevo ayudante, que presumía de músculos sin importarle las todavía cambiantes temperaturas del mes de abril, había sucumbido a la gripe y "literalmente, me muero", había dicho esa mañana por teléfono.

 

En este mismo instante, Ignacio trataba de luchar contra el sueño, el cansancio acumulado y, ¿por qué no decirlo?, la mala leche que había hecho cuando a las seis de la mañana había sonado su teléfono móvil. José Luis, por supuesto, dormitaba en el altillo del bar cuando llegó y había resultado inmune a todos sus esfuerzos por sacarlo de la cama para que le ayudara a recoger los restos del día anterior y preparar el bar para los primeros clientes.

 

Precisamente, y aunque no era lo habitual a esa hora del día, un lunes somnoliento y perezoso, sonaba en el compacto Dreams, el último album de The Corrs. Mientras Ignacio ponía los cafés tarareaba por lo bajini la letra de Breathless. Sin respiración. Había elegido ese disco porque se sentía incapaz de soportar la música marchosa que ofrecía a sus clientes durante las primeras horas de la mañana. Pero Breathless había resultado ser toda una premonición. Sin respiración. Así es cómo se había quedado él mientras la musa se alejaba.

 

"And if there's no tomorrow and all we have is here and now I'm happy just to have you. You're all the love I need somehow. It's like a dream. Althoug I'm not asleep. And I never want to wake up. Don't lose it, don't leave it. The slightest touch and I feel weak. I cannot lie, from you I cannot hide. And I'm losing the will to try. Can't hide it, can't fight it".


"Si no hay un mañana y todo lo que tenemos es el aquí y el ahora estoy feliz sólo con tenerte. De alguna manera, eres todo el amor que necesito. Es como un sueño. Aunque no estoy dormido. Y nunca quiero despertar. No lo pierdas. No lo dejes... El toque más ligero y me siento débil. No puedo mentir. No puedo esconderme de ti. Estoy perdiendo las ganas de intentarlo. No lo puedo esconder. No puedo luchar contra ello".

 

Detrás de la barra Ignacio murmuraba sílabas y notas mientras sus ojos seguían atrapados en la espalda que se alejaba.

 

 

POR LA MAÑANA, OLIMPIA

 

A esa temprana hora de la mañana, Olimpia iba ya con la lengua fuera. El despertador no había sonado cuando hubiera debido. Después de todo un fin de semana de descanso, lleno de libros y música, su cuerpo parecía querer resistirse a iniciar una nueva semana laboral.

 

Un pequeño atasco después y tres vueltas alrededor de la manzana para encontrar un sitio donde aparcar, ¡a las ocho de la mañana!, Olimpia decidió que era un momento tan bueno como cualquier otro para hacerse con un café de esos que sus compañeros tanto le recomendaban.

 

La Mandrágora hacía ya unos meses que se había inaugurado pero, fiel a su idea de que hacer un descanso en el bar de abajo es tanto como fumarse un cigarro de prisa y a escondidas, hasta el momento se había resistido a entrar.

 

Con un ligero temor a un posible encontronazo con alguno de sus compañeros de bufete, que le adelantara la cruda realidad de la semana, Olimpia entró en el garito. Sólo tres o cuatro clientes remoloneaban en torno a la barra con las tazas humeantes descansando frente a ellos. Ninguno, ni siquiera el camarero, pareció darse cuenta de su presencia.

 

Olimpia, acostumbrada a la admiración que causaba entre el sexo opuesto e incluso a su continuo asedio, agradeció por una vez no ser el centro de atención. Eso, unido a la suave música del último disco de The Corrs -cuyas notas reconoció nada más entrar en el bar- le movieron a pensar que quizá sus compañeros tenían razón y La Mandrágora era un sitio que podría frecuentar.

 

"Un café solo, largo y sin azúcar. Para llevar, por favor". Olimpia esperó mientras el camarero, alto y ancho de espaldas (según había podido comprobar sólo unos instantes antes), cerró el grifo y, secándose las manos,  se dirigió hacia la máquina del café. Olimpia fue muy consciente de la mirada aterciopelada que él le dirigió.  

 

Aunque ella prefería los hombres barbilampiños, la cuidada perilla canosa del camarero le resultó de lo más atractiva.  Los ojos, escondidos bajo unas cejas inteligentes y de un azul polar, miraban acariciando, cálidamente. Bajo el influjo de los Corrs se sintió transportada a otros lugares y otros tiempos.

 

-        Café solo, largo y sin azúcar. Para llevar. 1, 40.

 

Había roto el hechizo. Sujetando el bolso bajo el brazo, cogió el café y, consciente de haber capturado la mirada del camarero, se dirigió hacia la puerta en perfecto equilibrio sobre los Mascaró que había estrenado esa misma mañana y que se adaptaban a sus pies como un guante. En el aire flotaba Breathless.

 

Mañana tomaría otro café.

 

 

4 comentarios

Lamia -

Gracias por tus palabras, Luisa.

Luisa -

Hola, Lamia. Te he visto en el blog. Vine aquí un par de días, sin tiempo de mucho más. Enhorabuena por el blog, enhorabuena por la fluidez de la escritura y su belleza, y gracias por los enlaces al Pan y al Cronista, así como a otros amigos que ya compartimos, pues.
Un abrazo.

Lamia -

Hola Paula. Gracias por tu comentario. Y por tu visita. No me ha dado tiempo a leer lo suficiente de tu blog como para deducir el origen. Pero esta Lamia viene de Navarra.
Un abrazo.

Paula -

me gusta tu estilo

y me parece que somos de la misma tierra...

un abrazo, y gracias por la visita