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lamia

Belinda

Fuera llueve. Belinda puede verlo a través de las dos ventanas que tiene la sala. La lluvia cae mansa, sin cesar y rodea el recinto protegiéndolo del exterior como si se tratara de un velo. Sin ruido. La tierra amortigua los sonidos en una noche oscura.

 

Belinda contempla el agua que cae y absorta en su contemplación deja volar su imaginación. Sus ojos, sin embargo, libres de conciencia, se han posado en un bailarín. Alto, fibroso. Sus movimientos, aunque libres, siguen el ritmo de la música y conducen a su pareja. Belinda imagina cómo sería deslizarse entre sus brazos, adecuando sus caderas.

 

La música calla y él se acerca. Extiende su mano y, sin esperar respuesta, seguro de si mismo, coge a Belinda y tira de ella conduciéndola al centro de la pista. El son regresa una vez más. Lento, sensual. Un, dos, tres. Cinco, seis, siete. Y se mueven. El brazo del bailarín en la espalda de Belinda, tan alto como para acercarla a su torso y controlar el movimiento de ambos cuerpos mientras evolucionan por la sala. La otra mano en el aire, compensando el contoneo de las caderas.

 

Belinda le mira a los ojos y los encuentra. Siempre sonrientes. Animándole a seguir. Y ella, por una vez, se deja llevar. E inicia un baile en el que es la pluma que vuela impulsada por el viento. La hoja que se mece en el aire para lentamente posarse en la tierra. El aire que sopla desde las cumbres impulsando los primeros copos de nieve. La mano de la madre que acaricia al recién nacido. El párpado que lava una lágrima.

 

Belinda contempla un rostro preñado de música y le sigue. Se hace canción y funde su cuerpo con el otro. Y ambos se deslizan por la pista: sinuosos, sensuales. Y vuela. Belinda vuela sobre si misma girando como lo hacen los remolinos que el aire de otoño crea en la hojarasca. Y siente que forma parte de la música y la música es parte de ella. Fusión imposible de notas y cuerpos. Y él gira, la atrae, la aleja, la acaricia con sus ojos mientras el baile se convierte en un flirteo inocente de amantes inexpertos. Y Belinda se hace música.

 

Y cuando todo termina, la música cesa y Belinda vuelve a la tierra,  la encuentra mojada, preñada de olores otoñales. Y la lluvia, envoltura cristalina y húmeda, sigue velando la vida. Porque nada existe más allá del momento. Del baile. De la música.

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2 comentarios

Lamia -

Ya sabes... al mal tiempo, buena cara. Besos.

Fernando -

mucha sensualidad...sí...este otoño!!!!
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