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Algo más cálido... cuando termina noviembre

Algo más cálido... cuando termina noviembre

Muchas veces, los amigos esperan de nosotros aquello que no estamos preparados para ofrecer o que quizás ni siquiera sospechamos que precisen. Sin embargo, con los verdaderos amigos llegamos a establecer un vínculo que a veces nos permite detectar ligeras señales que nos hablan de la necesidad de un abrazo, de un beso, de una palabra amable, de un espacio de tiempo para escuchar sus cuitas. O a veces puede ocurrir que necesiten una cierta distancia para elaborar sus historias en soledad.

 

Mi mes de noviembre, que ha estado vestido de oscuro, lleno de hojas caducas y de nieblas, ha sido un mes doliente. Durante este tiempo he preferido el aislamiento y la reflexión. Mis amigos recientes han susurrado acerca de mi ausencia. Mis amigos de siempre han respetado mis silencios. Hay un nuevo amigo con el que hablé por primera vez en el peor día de noviembre. Y otro, tremendamente querido, al que ese día ni siquiera contesté un mensaje de apoyo a pesar de que estuvo.

 

Ahora, finalizado un tiempo que aunque parecía eterno ha pasado en un suspiro, vuelvo los ojos al mundo e intuyo que, cuando mi noviembre termina llevándose momentos tristes, hay amigos que se preparan para afrontar el invierno. Amigos a los a veces no llamo y opto por un mensaje apresurado. Un conjunto de palabras que, a pesar de todos los guiños, no deja de ser un bloque de letras sin matiz a las que es imposible cargar con todo el peso emotivo que arrastran. Y ese amigo que sientes tan cerca responde que esperaba un mensaje más cálido. Y eres consciente de que, una vez más, no has sido capaz de dar vida a las palabras. Quizá por falta de tiempo. A lo mejor porque no era el momento.

 

Siempre lo he dicho: la elocuencia verbal no es uno de mis fuertes. Y la escrita, requiere de tiempo, de esfuerzo, de reflexión y de sentimiento. Por eso, con más calma, quiero compensar unas palabras apresuradas con las que acabo de plasmar, escritas desde el corazón, y compartir además con él este baile narrativo que interpretan el mar y la roca a partir de una fotografía de Miguel Ángel Latorre, con la esperanza de que le recuerden la calidez del verano, que siempre vuelve. Sólo hay que saber esperarlo.  

 

 

Ha vuelto los ojos al mar, que estaba esperando. Sobre el promontorio que se yergue orgulloso, hacia el horizonte, se asoma a la eternidad de sus vaivenes. Y esa oscilación cambiante de cristales transparentes le atrae, como un amante. Un susurro roza su piel y la eriza, mientras la espuma crestea las olas.

 

Ella, de espaldas al embrujo de su voz, resiste. Sin embargo, su nombre, apenas pronunciado, suena como nunca antes. Siente que sea otra. Tan dulce se expresa.

 

Lentamente, desde la roca, gira su rostro. Esperando... Es el mar. Ella permanece. Estática en un promontorio. Unida a él, sin saberlo, en fusión incandescente.

 

Y el mar, cansado de tanto viajar, buscando reposo en la orilla, descubre ese nuevo ser, que surge de la roca con la fuerza de los siglos. Los pies anclados al suelo, que supura junto al agua pedazos de cielo. Y, aún sin quererlo, acaricia la roca sobre la que ella gime. Y el tiempo pasado, largo y comprometido, ha preparado el camino para un encuentro perfecto: mar y tierra, vaivén y murmullo.

 

El mar, que es sabio, eterno, profundo, muestra todas sus caras. Ella prefiere el susurro. Pero atisba la tormenta, cuando el viento agita sus cimientos y, desde el fondo, surge la fuerza eterna que lo consume. Entonces, el agua se arbola. Se enrosca. Salta en cabriolas locas. Avanza pariendo las olas, que surcan espacios prohibidos. Porque el mar, imbatible, también requiere un espacio: sobre el promontorio, frente al horizonte. Y, aunque la fuerza que imprime a las olas sube escarpando el talud, ella está lejos, ausente. La roca, que aísla y protege, la mantiene limpia, al abrigo del mar, tan cálido... Sólo algunas gotas pequeñas, sublimes, surcan su rostro mientras funden con las lágrimas que derrama al ver que el sol se aleja. Astro luminoso que apaga su fuego en olas coléricas, deja sobre el mar reflejos eternos que hablan de retos, de amor, de silencio.

 

Y el mar, imbatible, sigue esperando. Superficie exangüe. La vida se escapa. Las olas ya no suspiran. Sólo permanecen. Descansando. Y la espuma, que en la tormenta forma corrientes furiosas, se funde ahora con el agua,  amalgama constante que duerme.

 

El mar ya no tiene fuerza. ¡Perdió tanto!  Ahora sólo queda el reflejo de lo que fue. Un suspiro. Un anhelo de lo que pudo ser. Porque el encuentro, aún imaginado, fue tan limpio... Caricia soñada: la ola se vierte en la arena con el sabor añejo de una costumbre. Y la playa acepta que llegue, consciente de que la estancia será breve. Aunque, en el fondo, desea que ese baile constante siga para siempre.

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3 comentarios

Lamia -

Lo sé, jubi. Pero yo creo que nos pasa a todos. El blog acaba siendo un fiel reflejo de nuestro estado emocional y de cómo evolucionamos en el tiempo. Ten mucho ánimo y fuerza. Después de las grandes tormentas siempre llega la calma. Estaremos contigo ahora y después. Un abrazo.

Carlos, noviembre ha sido un mes duro, pesado, impertinente, triste, llorón. Pero la luz del invierno empieza a llenar mi casa de nuevo.

carlitos -

¡Ay Noviembre!, ¡te maldigo por hacer sufrir a los espíritus del bosque!,por llevar malos aires a la buena gente y por ser preludio del invierno. Noviembre que no eres ni Otoño ni invierno y te quedas con lo peor de ambos. Noviembre yo no te odio, pero me estás empezando a caer gordo. ¡Que lo sepas!.

unjubilado -

Mucha tristeza emana tu entrada, yo también lo estoy pasando muy mal pero trato de que no se me note mucho, aunque yo mismo leyendo algún post anterior observo que he cambiado.
Esperemos que llegue el verano y se quede en nuestro interior.
Un abrazo
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