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lamia

Se acabó

Se acabó

 

Todo principio tiene un final. Y tan verdad como que al día le sigue la noche, la tormenta más terrible siempre da paso a la calma. Todo esto para terminar diciendo que la rutina está apunto de imponerse a un verano raro en el que he exprimido el tiempo y las emociones al máximo.

 

Los últimos estíos han sido periodos de alternancia de ausencias y presencias. En la compañía encontraba el placer de su inocencia, de su capacidad para hacerme sonreír, el confort de sus abrazos. En la ausencia, dolosa y triste, esperaba, esperaba, y esperaba su vuelta.

 

Este verano ha salido el sol. Las ausencias han sido alegres porque han dejado espacio a mis aficiones, a mis amigos, a mis libros, a mi música. Y las presencias, más espaciadas, han sido felices, entretenidas, en la montaña....

 

Durante los últimos dos meses he vivido inmersa en una bola de cristal en la que cada día ha brillado el sol, la música tenía notas latinas y el tiempo parecía estirarse a voluntad. Como esos juguetes musicales a los que les das la vuelta para que nieve o brille a tu antojo, así he manejado el tiempo.

 

Esa nube negra que habitualmente proyecta sombra sobre mi bola ha estado más lejos que nunca. No la he sentido. Y si alguna vez aparecía, he soplado y soplado y soplado -como hacía el lobo en el cuento de Los Tres Cerditos- hasta que se alejaba sin mojarme siquiera el cabello.

 

Cuando la rutina se impone y mi tiempo ya no es mío, he notado algunos golpes en mi esfera de cristal, como si un martillo golpeara sin ton ni son para encontrar después un punto de apoyo y ensañarse. Pequeñas grietas se han ido extendiendo por la superficie, que no ha llegado a romperse. Porque mi bola es fuerte, consistente. Y, como las grandes obras de arquitectura, por fin parece haber encontrado el punto de tensión máxima que permite mantener la cúpula intacta sobre cuatro o cinco puntos de apoyo.

 

Aunque el martillo seguirá golpeando porque no sabe hacer otra cosa, el cristal, frágil y quebradizo, ha sido reforzado a fuego. Y, con el tiempo, esa bóveda transparente va a convertirse en una ventana al mar desde la que iniciar un nuevo viaje.

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7 comentarios

mariposahlvo -

son realmente bellas.. siempre quise tener una de niña y ahora esta n mis manos gracias aun hombre muy muy especial...es bella bella son dos niños bajo la nieve. el y yo.

Lamia -

Gracias por el piropo, Gabriel.
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Alredor, tal y como dice Carlos, voy soltando lastre. Y como digo al final del post, estoy abriendo una ventana para iniciar un nuevo viaje. Y, desde luego, quienes me conocen, saben que dentro de mi bola nunca puede hacer frío.

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Mi querido profesor, es un honor saber que andas por aquí.

Paco -

Gracias por el enlace. No me había dado cuenta, lo siento. Y tranquila, que soplamos también desde aquí para empujar la sombra.

ALREDOR -

Esas bolas de cristal además de fráiles siempre han despertado en mi la sensación del "frío", seguramente por ese corcho blanco que en su interior intenta simular copos de nieve. Yo te diría que salgas de la bola. Fuera recibirás las emociones de forma distinta. Te sorprenderá el "encuentro". De otra forma, ese cristal muchas veces será una barrera para llegar hasta donde tú estás. Fuera, el martillo no tendrá cristal sobre el que golpear. Muéstrate sin la sombra de un cristal que, aunque transparente, seguro que esconde parte de esa fuerza capaz de bloquear al martillo que golpea.

Gabriel -

Muy bonito. Has expresado perfectamente cosas que alguna vez sentimos,pero con tus palabras cobran otra dimensión.

Lamia -

Eso dicen quienes me conocen bien. Me estoy quitando lastre del todo porque mi dieta sigue haciendo efecto y.... vaya, vaya.
Me uno a la konga. Me encanta bailar. Pero subo luego el post que ahora voy liada.

carlos -

Conmovedor. Realmente bonito este artículo. Te vas desmelenando y escribiendo con más soltura, también se nota que te vas quitando lastre...Me alegro mucho.
A parte de esto te he invitado a bailar la Konga, si te apuntas al juego igual llegamos a bailarla miles de blogs. ¡Quién sabe!.
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