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Paisajes de paz

De sur a norte. Esta mañana he cruzado el Ebro. La mañana estaba fría. Uno de esos días de entrado el otoño que anuncian la cercanía del invierno. El cielo, entreverado de nubes y claros, amenazaba lluvia. Por el puente de la Almozara he atravesado el río mientras contemplaba la corriente. El caudal se desliza desperezándose de la molicie que trae el verano y anunciando la renovación que llegará con las primera nieves.

El tráfico intermitente que atravesaba el puente casi al alba dejaba sin embargo estelas de silencio que permitían escuchar el discurrir del agua bajo las pilonas del puente. Al fondo, he elegido el lado este para cruzar, el Pilar se recortaba sobre un fondo azul en el que un tímido sol trataba de asomarse entre cúmulos grises. Y entre las islas que emergen en el centro de la corriente, he descubierto una colonia de patos. No sé si es permanente o descansan en su viaje hacia el sur. Sin embargo, todos reunidos en pequeños grupos en torno a los islotes colmados de juncos, inspiraban el silencio.

 

El silencio, sin embargo se ha roto a media mañana. De golpe, sin avisar. Y he vuelto a otro paisaje. Veinte años atrás. El de mis recuerdos conserva un sendero serpenteante que cruzaba una enorme extensión de césped perlada de árboles y arbustos. Cada mañana, al principio, y, después, cada tarde recorría metros y metros de veredas camino de la Facultad. Entonces aún no contaba con el moderno edificio de que dispone hoy y compartíamos espacios con los de Derecho y algunos otros que siempre nos miraban un poco raro porque éramos una "tribu" ligeramente especial, a la que la mayoría de nosotros seguimos perteneciendo.

 

De aquella época recuerdo el Gingko Biloba, que florecía cuando ya no había remedio para mejorar resultados y que el profesor Soria había traído de no sé muy bien dónde, al igual que hizo con muchas otras de las especies dispersas por el campus. Recuerdo también las eternas comidas en Faustino, el pozo que presidía el claustro, las mañanas de primavera en el exterior de la biblioteca esperando, esperando, esperando.... Y conservo en la memoria aquel aparcamiento que cruzábamos una y otra vez en nuestros continuos viajes entre la biblioteca y la Facultad, de la Facultad a los despachos de los profesores, de los despachos a Faustino y de Faustino vuelta a la biblioteca. Recuerdo un aparcamiento, remanso de paz, rodeado por el césped, ésa hierba que tanto eché de menos cuando me trasladé a esta zona del valle, junto al río, en la que el verde cede protagonismo a la tierra hasta casi desaparecer.

 

Esta mañana han hablado de ruido, de fuego, de odios antiguos y temores nuevos. No he querido ver las imágenes. Porque en mi memoria conservo un paisaje de paz que, como el río, constituye un remanso para aquellos que inician un viaje cuyo final desconocen. Pero que, al igual que las sendas que surcan el campus, dejará una huella permanente.

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6 comentarios

Lamia -

Gracias por vuestras palabras.

mayusta -

El silencio, tan preciso, tan escaso, tan caro, tan bien descrito en este delicado relato....Besos.

paula -

realmente evocador. A mí me ha transportado a mis propios recuerdos, a ese tiempo en el que había un futuro prometedor, en el que el camino, recién empezaba

gracias por ello

sofi -

Se te entiende perfectamente. Me ha encantadom tu realto, me ha trasportado a mis años de facultad y a tantas cosas que tenía olvidadas. Un saludo

Lamia -

Sigo escribiendo desde el silencio pero parece que se me entiende...

carlitos -

No sé cómo aplaudir en silencio... ¡ya lo he descubierto!, ¡Eureka!, con no poner vocales... Así que: pls,pls,pls....
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