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Mis Lugares

Lunes que parece miércoles

Lunes que parece miércoles

 

Lunes. Lunes que parece miércoles. Es un lunes con luz. Lleno de sonrisas. Con palabras dulces. Con una invitación. Con una noticia buena. Con macarrones al horno. Es lunes. Y, aunque no es rojo, tiene tanta luz que brilla como una pradera reflejando el sol intenso y fuerte del verano.

La foto, aquí.

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La Cocina

La Cocina

 

Nuestra vida viene marcada por lugares que acumulan recuerdos. Los míos tienen un sitio especial en la cocina de la casa en la que pasé toda mi infancia y buena parte de mi juventud. Un espacio en el que, todavía hoy, me refugio muchas veces buscando esa paz que el ruido que nos rodea tan a menudo nos hurta.

Esta cocina, mi cocina, es grande si la comparo al espacio que en mi casa destino a los mismos quehaceres. Es cuadrada, soleada a pesar de que su única ventana da a un patio interior gracias a que se ubica en un sexto piso. Fresca en verano y cálida en invierno.

La mesa, en torno a la cual se reúne la familia, no tiene cantos, ni aristas. Quizá por eso siempre invita a la permanencia. En torno a ella se han reunido varias generaciones y también a su alrededor tienen siempre un lugar preferente los amigos. Los de cualquiera de los tres hijos, los amigos de los amigos. Los conocidos.

La cocina, que tiene ya más de cuarenta años, conserva en sus paredes el eco de voces perdidas. Una, sobre todo, la más querida. Palabras y silencios. Guarda también susurros de lecciones aprendidas a altas horas de la madrugada. Conserva la huella de las primeras palabras escritas sobre una vieja olivetti. El sonido de los primeros relatos tímidos que se perdieron en el tiempo.

Mi cocina, en la que todavía me refugio siempre que puedo, huele a café, a txistorra, a chipirones, a bacalao... Conserva el aroma de las tardes de rosquillas, el recuerdo de tres pares de pequeñas manos amasando figuras, las risas compitiendo con el ruido de la lluvia golpeando el cristal aquellas tardes eternas de invierno.

Esta semana, una vez más, he vuelto a mi cocina. Ahora ya con un ordenador. Con la conexión a Internet. Con las urgencias de un trabajo. Pero, de toda la casa, sigo eligiendo la cocina. Porque allí siento siempre que he vuelto al hogar. Porque recupero los recuerdos de mi vida. Porque conserva todos los sentimientos que en ella se vivieron. Porque me aíslo. Porque es donde mejor pienso. Porque guarda parte de mi historia sentimental. Porque, sin esperarlo, cuenta ya con un nuevo recuerdo.   

De Z a S pasando por AC

 

De Z a S pasando por AC

 

Esta mañana he visto paisajes que a veces he soñado. Partiendo de Z, donde la lluvia empezaba a colarse por los resquicios que dejaban algunos tímidos rayos de sol, he llegado a AC. Pero en el trayecto, dentro y fuera de las nubes, he visto escenarios imaginados.

Al iniciar el vuelo, fragmentos ajedrezados de tierras oscuras y grises formaban un puzzle continuo de espacios desconocidos. Sobre ellos, alternando con la claridad del día, cúmulos blancos y grises adornaban una tierra yerma.

A medida que hemos ganado altura, las estelas que forma el río horadando el valle han quedado desvaídas. Sus bordes, desdibujados por la distancia. Y en lo alto, mantos de algodón que mantienen el calor de un otoño que está cediendo el paso al invierno sin recato, a destiempo.

Y de repente, me he sentido flotar. La cabeza ligera, el corazón libre de ataduras. Era nieve entre las nubes, espuma de mar en la cresta, copos de hielo escarchado creando estrellas imperfectas. Y entre los cúmulos he descubierto la barba de Santa Claus, y el humo que hace el indio con su manta en la cima de la montaña, y un conjunto de iglúes. Y, de repente, un muro de agua escarpado. Un trozo de mar en el cielo. Una ola terrible. Una montaña líquida que nos ha engullido hacia la Nada. Y la Nada era blanca. Y no dolía. Sólo había paz. Pero también silencio. Mucho silencio. Y, al igual que el nonato flota en el vientre de su madre, he sentido que el vacío me acunaba. Suavemente. Y en él he querido mecerme. Al son de una melodía ascendente. Luego descendente. Un giro a derecha. Un poco más cerca.

Y, de pronto, ese manto lechoso ha dado paso a una cierta espesura que, congregándose en bloques, permitía atisbar otro abismo, el de Finisterre. El Océano Atlántico se ha hecho presente. Primero al filo del terreno, creando cicatrices de espuma revoltosa, para después, tras una nube derretida, asomarse en todo su esplendor. Una exhuberancia oscura porque el temporal se cernía sobre la costa, de dentro hacia fuera. Y las nubes se derramaban en lienzos antiguos y espesos.

AC nos esperaba. Y desde allí a S. Por un camino jalonado de un color tan verde como yerma era la tierra que habíamos dejado.

Y en S. una voz del pasado, con la que ya no contaba, ha hecho que el día mereciera la pena. 

Las tierras del norte (I)

Las tierras del norte (I)

El chirimiri, denso, constante e insistente, ha alimentado mis sueños durante todo el fin de semana.

 

La foto está aquí

Turrones

No hay más que darse una vuelta por cualquier centro comercial para darse cuenta de que la Navidad está cerca. Da igual que estemos en crisis, que cada vez seamos más descreídos. Sin embargo, una de las muchas cosas buenas que tiene es el turrón. Mi querido Alas de Plomo hacía estos días una referencia a unos dulces que se hacen precisamente en Zaragoza. Y como estoy un poco harta de esta globalización que nos machaca, voy a reivindicar lo zaragomaño. Os invito a que visitéis su blog y os deis un banquete dulce para ir abriendo boca.

El último silencio virgen

De todos es sabida ya mi pasión por los bosques de hayas. Ellos constituyen mi refugio y mi inspiración. Hoy me gustaría conduciros al bosque de Larra de la mano de Cosas de Cumbres, un blog de un pamplonica al que conocí hace muchos años y cuya casa me encanta visitar por sus fotos y sus crónicas.

Paisajes de paz

De sur a norte. Esta mañana he cruzado el Ebro. La mañana estaba fría. Uno de esos días de entrado el otoño que anuncian la cercanía del invierno. El cielo, entreverado de nubes y claros, amenazaba lluvia. Por el puente de la Almozara he atravesado el río mientras contemplaba la corriente. El caudal se desliza desperezándose de la molicie que trae el verano y anunciando la renovación que llegará con las primera nieves.

El tráfico intermitente que atravesaba el puente casi al alba dejaba sin embargo estelas de silencio que permitían escuchar el discurrir del agua bajo las pilonas del puente. Al fondo, he elegido el lado este para cruzar, el Pilar se recortaba sobre un fondo azul en el que un tímido sol trataba de asomarse entre cúmulos grises. Y entre las islas que emergen en el centro de la corriente, he descubierto una colonia de patos. No sé si es permanente o descansan en su viaje hacia el sur. Sin embargo, todos reunidos en pequeños grupos en torno a los islotes colmados de juncos, inspiraban el silencio.

 

El silencio, sin embargo se ha roto a media mañana. De golpe, sin avisar. Y he vuelto a otro paisaje. Veinte años atrás. El de mis recuerdos conserva un sendero serpenteante que cruzaba una enorme extensión de césped perlada de árboles y arbustos. Cada mañana, al principio, y, después, cada tarde recorría metros y metros de veredas camino de la Facultad. Entonces aún no contaba con el moderno edificio de que dispone hoy y compartíamos espacios con los de Derecho y algunos otros que siempre nos miraban un poco raro porque éramos una "tribu" ligeramente especial, a la que la mayoría de nosotros seguimos perteneciendo.

 

De aquella época recuerdo el Gingko Biloba, que florecía cuando ya no había remedio para mejorar resultados y que el profesor Soria había traído de no sé muy bien dónde, al igual que hizo con muchas otras de las especies dispersas por el campus. Recuerdo también las eternas comidas en Faustino, el pozo que presidía el claustro, las mañanas de primavera en el exterior de la biblioteca esperando, esperando, esperando.... Y conservo en la memoria aquel aparcamiento que cruzábamos una y otra vez en nuestros continuos viajes entre la biblioteca y la Facultad, de la Facultad a los despachos de los profesores, de los despachos a Faustino y de Faustino vuelta a la biblioteca. Recuerdo un aparcamiento, remanso de paz, rodeado por el césped, ésa hierba que tanto eché de menos cuando me trasladé a esta zona del valle, junto al río, en la que el verde cede protagonismo a la tierra hasta casi desaparecer.

 

Esta mañana han hablado de ruido, de fuego, de odios antiguos y temores nuevos. No he querido ver las imágenes. Porque en mi memoria conservo un paisaje de paz que, como el río, constituye un remanso para aquellos que inician un viaje cuyo final desconocen. Pero que, al igual que las sendas que surcan el campus, dejará una huella permanente.

13 de octubre. En el Pilar

13 de octubre. En el Pilar

Esta mañana he vuelto al Pilar. Ayer, la lluvia torrencial que cayó sobre Zaragoza casi ahogó las plegarias de los miles de oferentes que recorrieron las calles de la ciudad hasta llegar a la Basílica. Esta mañana, sin embargo, el perfume de las flores, que rodeaban la estatua de la Virgen como un manto olfativo, llevaban hasta ellas las oraciones que quedaron flotando en la plaza.

Dentro de la iglesia, el rumor de la masa acompañaba la ofrenda de frutos que las casas regionales llevan a cabo ya dentro de la Santa Capilla.

El altar mayor, sin embargo, estaba en silencio. Tan silente como es posible mientras miles de personas se pasean por el templo como si estuvieran en el mismo salón de la ciudad. Allí, bajo el púlpito, había un pequeño espacio para la reflexión. Un rato de calma abrazada en la Fe, la que siempre me da fuerzas para seguir adelante.

Las iglesias son lugares aptos para la reflexión y el análisis. En un mundo en el que el ruido lo impregna todo, llena nuestros días y hasta nuestras noches, no es fácil encontrar espacios de silencio y tranquilidad; requisitos imprescindibles, por otra parte, para poder hacer pequeños parones en esta vida de locos que llevamos y que tan deprisa consumimos, y poder analizar lo que nos ocurre, cómo lo vivimos, y lo que es más importante, cómo lo incorporaremos a nuestro acervo para, una vez asimilado, seguir adelante.

Las iglesias me ofrecen siempre ese espacio vacío en el que poder volver la vista hacia el interior. Un lugar en el que escuchar esa voz callada que nos advierte, nos reconviene, nos felicita, nos recompone, en definitiva. Allí he encontrado una vez más la paz que el espíritu anhela. He indagado en mis sentimientos más profundos. Y he vuelto fortalecida de un viaje interior que a veces asusta pero que nos devuelve al lugar correcto.

Y después, emergiendo del silencio, he vuelto al color de las flores, al perfume múltiple y variopinto que ofrece la mezcla de gladiolos, claveles, margaritas, rosas.... Y una amiga, reciente pero querida, me ha regalado un ramo de flores. Margaritas y claveles. Que he querido fotografiar. No son las flores que más me gustan pero si el hecho de que alguien, que ha visto más allá, ha tenido el detalle de acordarse de mi y componer una melodía floral en rosa y blanco.

 

12 de octubre. En el Pilar

Bajo la lluvia.

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Pedro y los perretxikos

Pedro y los perretxikos

 

Este fin de semana he emigrado a las tierras del norte para respirar, aún de lejos, el aire que sopla entre las hayas. La escapada tenía como motivo celebrar el ..... cumpleaños de mi hermana (a mi no m importa pero a ella cada vez le suena peor la pareja de números que le acompañan. Por cierto, su cumple es hoy así que desde aquí le envío el abrazo grandote que no le he podido dar esta mañana en persona. Este fin de semana hemos celebrado también el cumpleaños de mi sobrina-ahijada: ella ha cumplido trece años. Una edad en la que ni se entiende ni la entendemos pero entre todos tratamos de encontrar puntos comunes.

 

Evidentemente, los hemos encontrado porque disfrutamos mucho del fin de semana. Además de comprar los respectivos regalos de cumpleaños, he tenido tiempo de comprarme un traje de chaqueta en el que hace unos meses no hubiera osado meterme. ¡Estoy encantada!

 

Y más encantada aún porque, entre celebración y celebración (se me olvidaba que tuve también una cena conmemorativa de varios cumpleaños atrasados), he sido fiel y he permanecido alejada de las tentaciones. A todas salvo una: los perretxikos de mi cuñado.

 

Pedro antes que cuñado fue amigo. Tanto mi hermana como yo lo conocemos desde que todos nosotros éramos unos críos. Después de algunos años en los que las circunstancias nos condujeron a todos por distintos caminos, el destino volvió a unir a mi hermana y mi cuñado. Y sin remedio. Porque se habían querido siempre, se aman profundamente, y seguirán así.

 

Mi cuñado, además de muchas otras cosas buenas, es un experto conocedor de las setas y hongos que esconden las sierras de Urbasa y Aralar. En los últimos días de verano e inicio del otoño, mi cuñado consigue las mejores setas (con las que elabora unas croquetas estupendas) y unos perretxikos extraordinarios, condimento indispensable de un revuelto que se va del mundo.

 

Mi cuñado, al que quiero como si fuera un hermano, sabe que además de los pimientos del piquillo que me prepara cada vez que recalo en su casa, me muero por su revuelto de perretxikos. Y, claro, una cosa lleva a la otra: he pecado. Sólo un poco, lo prometo, pero he pecado. ¡Qué delicia! Ha sido un pequeño paréntesis en este régimen de vida que me he impuesto y del que mi control alimenticio es una mínima parte (aunque importante).

 

Ahora esperaré a Navidad.

 

A ver si hay suerte y mi cuñado guarda unos pocos perretxikos para un revueltillo.

El Parrizal de Beceite

¿No os lo había dicho? Soy un desastre.

He copiado las fotos en un CD de tal forma que ahora no hay manera de subirlas al blog....

En fin, hasta que no hable con mi asesor particular me temo que no voy a poder enseñaros nada.

Lo siento.

Intentaré escribir algo mientras tanto.

Mis vacaciones

Quiero mostraros sólo algunas fotografías de los sitios que he visitado estas vacaciones. Como ya conocéis mi proverbial falta de habilidad informática, las iré pegando de manera consecutiva en distintos post con la indicación del lugar al que corresponden. Espero que os gusten.

Empezamos por Aralar (Navarra). ¡Tenía que ser!

Pereza

Pereza

Estoy un poco perezosa. Me cuesta escribir. Estoy leyendo... A Ruiz Zafón. ¡Qué oscuro es todo! Pero mientras leo y escucho mi música, floto en esta nebulosa que me ha regalado mi hermano.

Flores

Flores




Estoy escondida detrás de las flores porque su contemplación me aleja del valle gris que se extiende tras ellas.

Las zapatillas olvidadas

Las zapatillas olvidadas

Esta noche pasada, sentada frente al televisor, he descubierto las zapatillas de deporte de mi hijo. Olvidadas al pie de la tele me hablaron de cambio. De crecimiento. De evolución.

Todavía recuerdo el primer día que le puse sus primeros zapatos. Era un bebé que miraba al mundo con sorpresa. Esperando todo.

No he podido olvidar las lágrimas que cayeron sobre aquellos zapatos. Fue la primera vez que fui consciente de la separación que tendría que ir estableciendo con él.

Como casi todas las madres, un instinto atávico surge de mis entrañas cuando intuyo que el peligro acecha a mi "cachorro".

En estos momentos, intuyo otro punto de inflexión y me preparo para él.

Las zapatillas olvidadas me han recordado que la vida sigue, avanza y te supera.

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Pequeños placeres

Pequeños placeres

La vida está hecha de pequeños placeres. Una sonrisa, un paisaje, un suspiro, una mirada, una visita inesperada, un viaje, un mano que acaricia, un amigo que vuelve...

A veces pensamos que nada merece la pena: el trabajo nos abruma, los problemas nos persiguen, la hipoteca no deja de subir, el sueldo cada vez parece más escaso, el compañero de al lado no deja de incordiar y el jefe... mejor ni hablamos del jefe.

 

Sin embargo, siempre hay pequeños placeres que hacen que cada día merezca la pena.

 

Estos últimos años ha habido mañanas en las que no hubiera salido de mi concha, días que hubiera borrado con la misma fuerza con la que las olas arrastran la arena en un día de resaca, momentos que jamás hubiera querido vivir, días para olvidar.

 

En ese tiempo de tránsito, un pequeño ritual me ayudó a superar cada día. Cuando, al filo de la noche, volvía a mi concha y me encerraba entre velos de tristeza, rememoraba la jornada y me asía a pequeños placeres que me había otorgado la luz: una llamada inesperada, una sonrisa gratuita, un beso de mi hijo, su mano entre mis dedos...

 

Este fin de semana he vuelto a ratificarme en la idea de que lo que realmente importa son esos pequeños placeres que el día a día nos proporciona y que nos aportan gotas de felicidad que ruedan como perlas hasta engrosar sus paredes con el nácar de los recuerdos.

 

Los días que se alargan de forma interminable dejando un breve espacio a lo que realmente nos gusta, encuentran sin embargo pequeños intermedios que vienen de la mano de esos pequeños placeres.

 

Desde el lunes arrastro la niebla que me rodeaba el sábado cuando, a lomos de la moto de mi hermano, recorría la zona más verde de mi corazón. Montañas que emergían sobre prados de bruma, árboles veloces que se escurrían a nuestro lado mientras surcábamos la serpiente moteada de blanco que nos conducía a la cima.

 

Es una pena que mi falta de habilidad informática me impida colgar en el blog alguna foto del viaje. Pero espero que esta pequeña descripción proporcione a sus lectores una mínima parte del pequeño placer que arrastro desde entonces.

He conseguido resolver el tema de la foto... Así podéis ver algo del paisaje descrito.

El Camino

El Camino

Gracias a mi compa, que es bastante más hábil que yo en estas cuestiones de la técnica, puedo colgar esta imagen (aún me pregunto cómo he sido capaz de meterme en este berenjenal de los blogs ante mi absoluta incapacidad tecnológica).

Me gustan las nubes del fondo y, sobre todo, los gnomos que corretean por los ribazos cargados de flores. Hay que tener paciencia, porque están ahí. Quizá nos haya visitado también el señor Teja que Chema ha dibujado en su blog Gato por Libre.

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