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Noviembre

A María no le gusta noviembre. Vuelve a llover. Igual que aquel día. Y que los otros que siguieron. Llovía sin cesar. El cielo estaba oscuro y las jornadas llenas de pesar. Llovía continuamente: fuera, el agua caía en un manto incontenible que lo arrugaba todo, y dentro, el corazón, desgarrado en su tristeza, desbordaba el dolor en lágrimas infinitas.

 

Cuando llega noviembre María recuerda las prisas bajo la lluvia, sin paraguas, cargada con sus bolsas, de taxi en taxi. Los nervios. El miedo. La angustia. La tentación que llega ante un coche veloz que casi roza su ropa. Rememora sensaciones antiguas, encogida en vehículos ajenos para evitar que la reconocieran y delataran su presencia. Evitando lugares habituales, sitios conocidos, los pocos amigos que quedaban. Aislada del mundo. Porque cualquiera da pistas a aquel que sabe encontrar abrigo junto al poderoso. Siempre escondida en espacios cerrados. Sin apenas atreverse a pisar la calle por miedo a encontrar aquello de lo que huye.

 

María recuerda también noches eternas. Días inacabables. Jornadas en las que el teléfono sonaba sin cesar al abrigo del sol o la luna. Llamadas repetitivas que se anunciaban con una melodía que jamás ha querido volver a escuchar y que ha quedado soldada a fuego con el dolor de aquel tiempo.

 

En este noviembre, lluvioso y frío, de un otoño caduco, ella rememora los días de espera, sin destino, sin ocupación, sólo aguardando. En la confianza de que,  uno tras otro, aquello tendría fin. Recuerda las mañanas. Final de un periodo en el que el sueño llegaba tarde y preñado de imágenes odiosas, de miedo. En los que el despertar sólo traía más angustia. Un corazón acelerado que despertaba antes que el resto del cuerpo anticipando el dolor que iba a llegar con la conciencia. 

 

María recuerda ahora aquel hostal que fue su primer refugio. Sucio, frío. Inhóspito. Lleno de extraños. De ruidos ajenos. Donde las miradas no eran buen augurio y rehuía las palabras para no tener que dar explicaciones. Y allí estaba. Avergonzada. Porque estaba de prestado. Junto a ella, otras. Solas. Con niños... Y María sigue recordando las lágrimas del pequeño. Sus sueños interrumpidos, sus llantos. Y recuerda el otro sitio. Aquel que, compadeciéndose de su desesperanza, les ofreció quien menos esperaba. Y no puede olvidar las noches de frío que siguieron. La lluvia constante, los viajes en un coche prestado por una carretera desconocida y el peligro que acechaba en cada esquina. Y la lluvia. Que caía sin cesar. Impenitente. Derramándose en lágrimas sueltas.

 

Y recuerda su extrañeza, cuando escapaba un momento de su escondite, porque para el resto del mundo la vida continuaba. Y ella, María, contaba sus monedas. Porque no sabía cuánto tiempo durarían. Buscaba una salida, un refugio más seguro. Porque el cerco se estaba cerrando.

 

Y era noviembre. Y ningún noviembre ha vuelto a ser lo mismo desde entonces. Y menos cuando llueve. Porque la lluvia trae el recuerdo, que vuelve una y otra vez con toda su crudeza. Porque el paso del tiempo no ha borrado las escenas que regresan con la misma intensidad de entonces.

 

Y María, porque ya lo sabe, ensaya el mismo método. Pasa las noches esperando una nueva mañana. Un día tras otro. Aguardando que el tiempo transcurra y que, cuando el 19 no sea más que un recuerdo, el dolor se esconda hasta el próximo noviembre.

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2 comentarios

Lamia -

Pero nada, nada bien.

carlitos -

Me temo que Noviembre no te sienta nada bien, perdón que era a María. Es que me eto mucho en tus relatos y confundo realidad y ficción. Menos mal que eso le pasaba a María...
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