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Lamia y Humano (II)

Lamia y Humano (II)

 

El otoño está cayendo sobre el hayedo. Se nota en el rocío que cada mañana resbala por las hojas, en la niebla que al atardecer baja de las cumbres para cubrir el manto de musgo y hojas que protege la tierra roja. Se deja sentir en el silencio, extraño y denso, que se desliza evanescente entre las hayas. Se aprecia en los animales, que se esconden. Se nota en el sopor que se adueña de la naturaleza, aletargándola, retrasando sus procesos.

 

Lamia recorre el hayedo arrastrando sus pies entre la hojarasca, empujando sin querer pequeñas piedras que entorpecen su camino. Ella respira el aire denso, perlado de niebla. Despacio, como las estaciones, se dirige al claro que protege sus secretos. En él, un haya centenaria extendió una vez sus raíces, levantando la tierra, impregnando con su huella un claro que ahora Lamia reclama para sí y sobre el que, hace ya mucho tiempo, el rayo furioso de una tormenta vespertina descargó arrancando la estatua orgullosa bajo cuya sombra Lamia tantas veces se había cobijado. Y allí donde una vez estuvo el árbol majestuoso, sólo quedaron troncos renegridos, hojas chamuscadas, trozos de musgo arrancados de las piedras circundantes, a las que la fuerza de la luz y el trueno expulsaron tan lejos.

 

Durante muchas estaciones, demasiadas, Lamia arrastró los troncos, despojó el subsuelo de los restos de raíces que se agarraban a la tierra con una fuerza impropia de un desecho. Con las piedras dibujó un círculo que el musgo pronto cubrió con su manto reforzando así el refugio que Lamia había preparado. Y entre su arroyo y el claro, este ser hecho de bosque no se dio cuenta de que una nueva primavera había traído el sol y los hayucos de las sombras circundantes, caídos y preñados en el suelo, empezaban a dar su fruto en forma de pequeños esquejes.

 

Cada estación, Lamia dejaba el abrigo de su arroyo y trabajaba incansable en la limpieza del claro. Y, con cada primavera, llevaba un nuevo hayuco, pequeño y arrugado, que enterraba con esmero el centro del círculo. Allí permanecía horas, días enteros, peinando sus largos cabellos con el peine de hueso. Esperando y suspirando. Y cada vez, Lamia derramaba una nueva lágrima sobre aquellos pequeños frutos que no hacía florecer.

 

Los suspiros de Lamia atrajeron sin duda a Humano, que cruzaba el bosque cada día. El ser etéreo intuía su presencia y, sujetando su espíritu, se refugiaba en el arroyo esperando que el sonido del agua que rasgaba las rocas del cauce amortiguara su respiración, entrecortada y anhelante. Y aguardaba a que Humano emprendiera la marcha para acercarse de nuevo al claro y comprobar si albergaba una nueva criatura arbórea sobre la que volcar sus desvelos.

 

Lamia y Humano coincidían en el bosque. Ambos escuchaban, atrapaban los jirones de olores antiguos que permanecían colgados en las ramas más altas, las que mejor guardan los secretos. Sin embargo, Lamia evitaba los caminos que él surcaba y Humano, sin quererlo, rodeaba espacios ocultos en los que el hada del bosque escondía sus hayucos a la espera de poder trasladarlos al claro.

 

Pero en la estación del viento, Humano descubrió el secreto de las flores y, suave -como susurra el viento entre las grietas altas de las cumbres-, recogió el hayuco, lo mimó y lo preparó. No reparó en tiempo ni esfuerzos. Le dedicó lo mejor de si, su parte más tierna. Y el hayuco, primero en un sombrío protegido, empezó a crecer. Al principio muy despacio, como si tuviera miedo de cada pequeño avance. Más tarde, cuando el sol consiguió atravesar las ramas más altas y robustas, sus rayos acariciaron el hayuco calentando sus raíces e impulsando un crecimiento constante y sostenido.

 

Cuando Humano reparó en que el pequeño hayuco se había transformado en un esqueje endeble y lastimoso, lo recogió y, adentrándose en el bosque, recorrió caminos y veredas hasta que dio con un claro en el que el sol vertía sus caricias durante casi todo el día. Humano se sintió cómodo en el claro. Era un círculo casi perfecto. No reparó en el muro que lo protegía: el musgo había creado un cómodo repecho en el que descansó de su caminata. Tampoco apreció el desnivel que delataba la huella de un árbol viejo, espacio sobre el que Lamia había vertido sus lágrimas una y otra vez en un vano intento por alumbrar un árbol nuevo, fuerte y consistente, bajo el que volver a peinar sus cabellos en las largas tardes que ofrece el verano.

 

Humano descubrió un espacio fértil en el que, conocedor como era del secreto de las flores, plantó el hayuco con la esperanza de que allí obtendría lo necesario para garantizar su crecimiento y permanencia. Y Humano recorrió de nuevo el bosque de Lamia, atravesando arroyos y colinas, caminos y veredas, en una senda que resultó ser más larga y árida de lo que había percibido cuando transportó el pequeño brote.

 

En su camino de vuelta, Humano atisbó de nuevo la presencia de Lamia. El perfume de las hojas que trenzaban sus cabellos se asía a su vestimenta en un baile mágico de sensaciones. Sin embargo, aquél que conocía el secreto de las flores, no era capaz de de entrever a Lamia que, atrapada en su arroyo, esperaba su marcha para acudir al claro.

 

En el centro, tierno y tímido a la vez, el brote de una nueva haya desafiaba la sombra de las grandes reinas del bosque, que velaban por el nuevo ser que enterraba sus raíces en el suelo angosto y duro que un día se vio devastado por la furia de la tormenta.

 

Y Lamia volvió a verter sus lágrimas. Las gotas que acariciaban el hayuco destilaban la alegría que sentía por el nuevo esqueje, que había arraigado. Porque, aunque siempre sería de Humano, sólo gracias a sus desvelos había encontrado el acomodo perfecto para crecer y desarrollarse.

 

Y Lamia volvió a verter lágrimas de alegría porque, algún día, también ella conseguiría al fin hacerse con el secreto de las flores y lograría un esqueje que hiciera compañía al de Humano.

 

Sin embargo, aún tendrá que pasar un tiempo para que el paso de Humano por su arroyo no la impela a correr con el fin de comprobar si el que conoce el secreto de las flores vuelve a cobijarse bajo la sombra de su haya.

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5 comentarios

Lamia -

Mi querido charlieguay, sólo a ti te consentiría llamarme seta. ¡Con lo estilizada que me estoy poniendo!

Querido Paco, viniendo de ti es un halago aún mayor. No sé qué decir. Estoy conmovida por la compañía que me hacéis entre todos.

Paco Sánchez -

He estado fuera, como sabes, y sin mucho tiempo -tampoco ahora- para acceder a internet. He entrado en tu blog y me he conmovido releyendo las entradas atrasadas. Mucho. Tanto por lo bien que escribes cómo por lo que cuentas.

carlitos -

Creo que ya va siendo hora de que cambies de nombre. Ahora deberías llamarte ya "la Nuestra". Porque mucha gente se preocupa ya de tí, a diario. Bienvenida del bosque, SETA.

Lamia -

Siempre me sorprende, que a pesar de mis vaivenes y ausencias, sigais a mi lado. Gracias por tus palabras, Carlos.

carlos -

Te diría muchas cosas, pero así, de pronto, he de reconocer mi profunda atracción por el juego de tus metáforas y de nombres escondidos, de personas asomadas de tu entorno a tus escritos, a escritos como estos en los que te desnudas tanto, tímidamente, y en los que nada o muy poco dejas traslucir, excepto tu belleza de adentro...
Eres poesía pura, niña!
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