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Vida

Vida

Nadie muere hasta que es olvidado.

¿Y cómo puede alguien caer en el olvido cuando sus hechos y sus obras les trascienden?

El dolor agarrota los sentidos de los que permanecen, pero los que se van emprenden un viaje desconocido, sin destino certero, parten como vivieron.

Todavía con el regusto salobre de la despedida, pienso en un futuro luminoso. Sus enseñanzas, sus valores, la alegría que inundaba su vida, su familia y sus actos  permanecerán entre nosotros para siempre y vivirán en nuestro recuerdo.

Ventana al Mar

Ventana al Mar

El mar ha vuelto a entrar en mi sueño. Poco a poco, sin estridencias, como llegan todas las grandes cosas. Una vez más me ha sorprendido el color. Azul, añil, verde, ¿o era acaso rojo? Puede ser. Y el olor, ese olor salobre que impregna la piel y los cabellos y que el agua transforma en una capa áspera que arrastra viejos y eternos sueños.

Cuando el mar ha llamado a mi puerta, el sueño vagaba entre tinieblas y lóbregas sombras. Sólo la noche arroja a mi espíritu esa quietud que el alma busca en el bullicio. Pero la calma no siempre llega cuando yo quiero. A veces mi sueño fluye entre antiguas y vanas ilusiones y un futuro incierto que no augura sosiego.

Mientras antes ansiaba el porvenir, como el viajero anhela la fuente que calma su sed, ahora, cada noche, ¿o también de día?, mis ensoñaciones se regocijan en un mañana que ya es ayer.

El mar va y viene, va y viene. Las olas susurran a mi oído y ni aún en sueños puedo obviar su fatiga. Cuando la espuma burbujea en la cima, diseminándose después a través de la bruma, en mis deseos atisbo otro tiempo.

¿Era el momento en que soñaba con ser libre? ¿Era el instante que hoy se me escapa entre las manos como los granos de arena que las olas arrastran mar adentro?

El mar se ha llevado todo. Todo lo que me quedaba. Incluso ha arrancado de mis entrañas ese pequeño y diminuto ser que, en una sucesiva multiplicación de células, pugnaba por subsistir.

Han pasado muchos días y muchas noches. Días de coraje y sentimientos ocultos. Noches de lágrimas y soledad. Pero la intensidad con la que llegó el vacío se mantiene e incluso crece con el transcurrir del tiempo.

El mar no sólo se ha llevado una nueva vida. Las olas, en su devenir eterno, arrancaron de mi lado aquello que más quería: mi amor, mi compañero, mi amante. Fluido regenerador, el agua no ha querido borrar el amargor de mis días.

En sueños, desde la playa, veo la espuma que baña la arena. Una espuma que se riza en la superficie del mar para acabar suspirando sobre la orilla.

Hubo una época en que soñaba despierta. Yo, juventud y libertad, saltaba alegre sobre rocas y arrecifes. Me batía contra los acantilados una y otra vez, una y otra vez, intentando alcanzar lo imposible. Pero la fuerza me sostenía y nada hacía flaquear mis anhelos.

Sin embargo, la lucha me agotó. El vacío creció en mi seno y el viento arrastró mi fuerza. Mi amor se marchó cuando llegó la calma. Mi compañero nunca lo fue y mi amante se perdió en el tiempo.

El mar ha vuelto a entrar en mis sueños, una vez más. Azul, añil, verde, ¿o era acaso rojo? Bermellón como el niño que nunca será. Carmesí como la vida que se escapaba a raudales entre dolores estériles.

Pero la pérdida de esa vida me ha dado una nueva existencia. Los sueños vuelven en la persona de otro niño. Ese ser, que me quiere y me anhela. Ese motor, que impulsa mis deseos. Como el mar, cuando suspira sobre la playa, mi vida se desliza sin estridencias, en silencio.

Pero el silencio, que me llena, no colma mi ansiedad. El corazón late de nuevo ante el amor imposible. No el perdido, sino el que jamás hallé.

Hubo un momento de mis sueños en el que la luz brilló otra vez. Era una luz tímida, apenas visible. Sin embargo, me quemaba como una antorcha de fuego. Esa llama que a veces arde en nuestro interior y que, cuando crece, nos devora arrastrándonos en una caída sin límite.

Pero, una vez más, el miedo me paralizó y alejó la luz de mi sueño.

Esta noche la claridad ha vuelto. Ahora, libre de ataduras aunque todavía llena de soledades, ese pequeño rescoldo que he descubierto en mi corazón se aviva con la brisa. La luz, el viento y el sol se funden en un solo elemento para iluminar la senda por la que camino. El mar vuelve a susurrar su nombre, suavecito, como sin querer. Y yo sigo mi camino sin mirar atrás. Sin atender una llamada que me golpeó el espíritu, una vez, hace ya tiempo, y que yo desatendí por miedo al dolor. Ese dolor que desde hace meses atenaza mi garganta y que, sin embargo, no aporta más que sufrimiento estéril y soledad. Sin embargo, el dolor que la sola mención de su nombre me provoca no es comparable con la impotencia que siento al saber que jamás osé averiguar hacia dónde nos hubiera conducido el viento.

Un torbellino, ciclón quizá con el tiempo. Pero el mar todavía susurra: "no está bien, no está bien...". Cuando las olas vuelven de ese breve viaje que emprenden allende la arena para instantes después desplomarse en la orilla, todavía despliegan su manto salobre para acoger mi recelo.

¿Y qué fue de ti? ¿Acaso rehuyes mi miedo?

Cuando a veces mi sueño rememora aquel primer encuentro, sigo buscando en la sombra la razón de nuestro acercamiento. ¿Fue real o acaso imaginario?

El mar ha vuelto a entrar en mi sueño.

 

La foto es una vista del atardecer en la playa de Zarautz (Gipuzkoa)

 

El Camino

El Camino

Gracias a mi compa, que es bastante más hábil que yo en estas cuestiones de la técnica, puedo colgar esta imagen (aún me pregunto cómo he sido capaz de meterme en este berenjenal de los blogs ante mi absoluta incapacidad tecnológica).

Me gustan las nubes del fondo y, sobre todo, los gnomos que corretean por los ribazos cargados de flores. Hay que tener paciencia, porque están ahí. Quizá nos haya visitado también el señor Teja que Chema ha dibujado en su blog Gato por Libre.

Puntos de Vista

Fruto de un deseo surgió este relato

 

 

POR LA MAÑANA, IGNACIO

 

"Un café solo, largo y sin azúcar. Para llevar, por favor". Cuando Ignacio cerró el grifo y, secándose las manos, levantó la vista hacia la voz más sensual que había escuchado nunca, pensó que la nueva clienta superaba con creces a todas las parroquianas que habitualmente poblaban su establecimiento. Y eso que las empresas que ocupaban los pisos superiores del edificio en el que se encontraba, eran una fuente inagotable de ejecutivas deslumbrantes.

 

Desde detrás de la barra, sólo pudo apreciar que ella era alta. Ignacio la observaba desde su metro ochenta y los ojos de ambos quedaban casi a la altura. Bajo una leve blusa de seda satén, sus opulentos pechos constituían una auténtica provocación incluso a aquella temprana hora de la mañana. El pelo, largo, rizado y con unas precisas mechas rubias que jugaban con la leve luz de la mañana, caía en suaves ondas por encima de sus hombros.

 

Desde luego, su aspecto no correspondía con el pedido: "Un café solo, largo y sin azúcar. Para llevar, por favor", -volvió a repetir la musa. Ignacio no estaba acostumbrado a que los bellezones que llenaban su garito pidieran café solo, largo y sin azúcar a las siete de la mañana. A partir de las ocho, bueno. Muchos cafés con leche y, a pesar de sus estilizados cuerpos, abundante azúcar. Lástima no poder observar la parte inferior de su cuerpo. Sin embargo, no se ahorraría una miradita cuando ella se alejara hacia la puerta.

 

- Café solo, largo y sin azúcar. Para llevar. 1, 40.

- Muchas gracias. Hasta mañana.

 

La diosa de las curvas se alejaba hacia la puerta sujetando un bolso enorme bajo su axila e inconsciente del efecto que estaba causando en los pocos hombres que en ese momento desayunaban en el bar. Unas caderas rubicundas y sensuales se movían sobre las largas piernas enfundadas en unos pantalones pitillo. No tuvo tiempo de ver si llevaba zapatos de tacón mientras trataba de contener el golpe que acababa de recibir en la parte inferior de su cuerpo.

 

¡Cualquiera lo diría¡ No era el tipo de mujer por el que normalmente se sentía atraído. A pesar de su altura, Ignacio era un tío normal. Un poco ancho de espaldas, con unos incipientes músculos que había desarrollado a costa de cargar y descargar cajas y cajas de bebidas, en él destacaba su mirada franca. Sus ojos, pequeños y enjutos, parecían sin embargo querer esconderse bajo unas cejas no demasiado pobladas y de un color castaño que empezaba a virar al blanco. La frente, despejada y ancha, se contraponía a la perilla, perfectamente recortada y -ésta si- totalmente cana.

 

Por lo general, Ignacio se fijaba siempre en mujeres esqueléticas, con las que no emparejaba demasiado mal, aunque hacía tanto tiempo que no salía con nadie que ya tampoco sabía muy bien el tipo de hembra por el que se sentía atraído. Manuela, con quien incluso llegó a compartir su piso, respondía a ese estereotipo de mujer tan en boga en los últimos años: tipo Zara, talla 38.

 

Pero de eso hacía ya mucho tiempo. Más del que Ignacio hubiera querido. El trabajo en el bar lo tenía literalmente atrapado. Sus amigos también hacía tiempo que se habían cansado de esperar a que terminara sus largas jornadas de trabajo y su rutina se habían convertido en una condena. No obstante, era la primera vez que se encontraba realmente contento con el trabajo que desarrollaba.

 

"La Mandrágora" había nacido de una noche de insomnio, hastiado de su profesión de periodista. ¿Dónde podría rentabilizar esa versatilidad que te proporcionan innumerables horas de trabajo, don de gentes, mucho estrés y escaso reconocimiento? El trabajo en el bar era muy parecido al que ejercía como periodista: abundantes contactos, poca profundidad en los encuentros, muchas relaciones públicas y horarios más o menos flexibles. Además, se había acostumbrado a escuchar. Los largos años de ejercicio profesional le habían convertido en una persona observadora que, más que hablar, se detenía en el discurso de sus interlocutores, tratando de analizar lo que escondía esa primera imagen que todos nos esforzamos en mostrar.

 

Salvo por su ex cuñado, el ex marido de su hermana, también periodista, que "en recuerdo de los viejos tiempos" se había alojado en el altillo del bar y había vivido, comido, dormido.... allí durante los últimos ocho meses, Ignacio no conseguía mantener vivas sus relaciones demasiado tiempo. Ya le había ocurrido en su anterior etapa en el periódico. Y ahora, aún cuando su vida discurría por los senderos que él había escogido, continuaba la misma tónica. Lo cierto era que los horarios que regían su existencia eran bastante distintos a los del común de los mortales. Trasnochaba mucho, madrugaba poco y no tenía demasiado tiempo libre durante el fin de semana. Ahora que el bar empezaba a funcionar mejor y había podido contratar un ayudante, además de la cocinera, se podía permitir pequeñas escapadas de lunes a viernes pero nunca sábado y domingo. Era precisamente con el final de la semana cuando su clientela cambiaba radicalmente. Los ejecutivos, trabajadores y funcionarios que desayunaban y comían los días de labor, cedían el paso a parejas de mediana edad y grupos de jóvenes cuarentones que cenaban y tomaban copas envueltos en la suave música celta que flotaba en el ambiente. Desde aquel verano que había pasado en Irlanda, se había hecho un adicto a las leyendas, la historia, la música de aquellos antepasados que recorrieron las tierras del norte. The Corrs, The Cramberries, Old Folk eran sus preferidos. Pero también atendía los gustos de sus clientes y su discoteca se iba enriqueciendo con las aportaciones que hacían sus parroquianos del fin de semana. Más bien esas parroquianas con las que a veces terminaba su jornada de trabajo. Alguna ventaja tenía que tener disponer de tan amplio abanico. Tipo Zara, talla 38, con un poco de suerte alguna de Purificación García y sobre todo, pijas de mediana edad y buena familia que trataban de quemar los últimos cartuchos en un intento por encontrar alguien que "esté a mi altura".

 

Ese fin de semana, sin embargo, no había tenido demasiado éxito. Mucho trabajo y poco tiempo para alternar entre copa y copa. No tendría que haber abierto el bar pero su nuevo ayudante, que presumía de músculos sin importarle las todavía cambiantes temperaturas del mes de abril, había sucumbido a la gripe y "literalmente, me muero", había dicho esa mañana por teléfono.

 

En este mismo instante, Ignacio trataba de luchar contra el sueño, el cansancio acumulado y, ¿por qué no decirlo?, la mala leche que había hecho cuando a las seis de la mañana había sonado su teléfono móvil. José Luis, por supuesto, dormitaba en el altillo del bar cuando llegó y había resultado inmune a todos sus esfuerzos por sacarlo de la cama para que le ayudara a recoger los restos del día anterior y preparar el bar para los primeros clientes.

 

Precisamente, y aunque no era lo habitual a esa hora del día, un lunes somnoliento y perezoso, sonaba en el compacto Dreams, el último album de The Corrs. Mientras Ignacio ponía los cafés tarareaba por lo bajini la letra de Breathless. Sin respiración. Había elegido ese disco porque se sentía incapaz de soportar la música marchosa que ofrecía a sus clientes durante las primeras horas de la mañana. Pero Breathless había resultado ser toda una premonición. Sin respiración. Así es cómo se había quedado él mientras la musa se alejaba.

 

"And if there's no tomorrow and all we have is here and now I'm happy just to have you. You're all the love I need somehow. It's like a dream. Althoug I'm not asleep. And I never want to wake up. Don't lose it, don't leave it. The slightest touch and I feel weak. I cannot lie, from you I cannot hide. And I'm losing the will to try. Can't hide it, can't fight it".


"Si no hay un mañana y todo lo que tenemos es el aquí y el ahora estoy feliz sólo con tenerte. De alguna manera, eres todo el amor que necesito. Es como un sueño. Aunque no estoy dormido. Y nunca quiero despertar. No lo pierdas. No lo dejes... El toque más ligero y me siento débil. No puedo mentir. No puedo esconderme de ti. Estoy perdiendo las ganas de intentarlo. No lo puedo esconder. No puedo luchar contra ello".

 

Detrás de la barra Ignacio murmuraba sílabas y notas mientras sus ojos seguían atrapados en la espalda que se alejaba.

 

 

POR LA MAÑANA, OLIMPIA

 

A esa temprana hora de la mañana, Olimpia iba ya con la lengua fuera. El despertador no había sonado cuando hubiera debido. Después de todo un fin de semana de descanso, lleno de libros y música, su cuerpo parecía querer resistirse a iniciar una nueva semana laboral.

 

Un pequeño atasco después y tres vueltas alrededor de la manzana para encontrar un sitio donde aparcar, ¡a las ocho de la mañana!, Olimpia decidió que era un momento tan bueno como cualquier otro para hacerse con un café de esos que sus compañeros tanto le recomendaban.

 

La Mandrágora hacía ya unos meses que se había inaugurado pero, fiel a su idea de que hacer un descanso en el bar de abajo es tanto como fumarse un cigarro de prisa y a escondidas, hasta el momento se había resistido a entrar.

 

Con un ligero temor a un posible encontronazo con alguno de sus compañeros de bufete, que le adelantara la cruda realidad de la semana, Olimpia entró en el garito. Sólo tres o cuatro clientes remoloneaban en torno a la barra con las tazas humeantes descansando frente a ellos. Ninguno, ni siquiera el camarero, pareció darse cuenta de su presencia.

 

Olimpia, acostumbrada a la admiración que causaba entre el sexo opuesto e incluso a su continuo asedio, agradeció por una vez no ser el centro de atención. Eso, unido a la suave música del último disco de The Corrs -cuyas notas reconoció nada más entrar en el bar- le movieron a pensar que quizá sus compañeros tenían razón y La Mandrágora era un sitio que podría frecuentar.

 

"Un café solo, largo y sin azúcar. Para llevar, por favor". Olimpia esperó mientras el camarero, alto y ancho de espaldas (según había podido comprobar sólo unos instantes antes), cerró el grifo y, secándose las manos,  se dirigió hacia la máquina del café. Olimpia fue muy consciente de la mirada aterciopelada que él le dirigió.  

 

Aunque ella prefería los hombres barbilampiños, la cuidada perilla canosa del camarero le resultó de lo más atractiva.  Los ojos, escondidos bajo unas cejas inteligentes y de un azul polar, miraban acariciando, cálidamente. Bajo el influjo de los Corrs se sintió transportada a otros lugares y otros tiempos.

 

-        Café solo, largo y sin azúcar. Para llevar. 1, 40.

 

Había roto el hechizo. Sujetando el bolso bajo el brazo, cogió el café y, consciente de haber capturado la mirada del camarero, se dirigió hacia la puerta en perfecto equilibrio sobre los Mascaró que había estrenado esa misma mañana y que se adaptaban a sus pies como un guante. En el aire flotaba Breathless.

 

Mañana tomaría otro café.

 

 

La respuesta está en el viento

La respuesta está en el viento

Esta misma mañana se ha hecho público la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Artes al cantante Bob Dylan . El jurado considera al autor de "Blowin' in the wind" como un mito viviente y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo. Como un pequeño homenaje, dejo aquí la letra de "Blowin' in the wind". La parte que más me gusta es aquella que dice: "¿Cuántas veces tengo que mirar alrededor antes de ver el cielo? La respuesta está flotando en el viento".

Yo sigo buscando. Espero encontrar mis respuestas en el viento.

How many roads must a man walk down
Before you call him a man?
Yes, 'n' how many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand?
Yes, 'n' how many times must the cannon balls fly
Before they're forever banned?
The answer, my friend, is blowin' in the wind,
The answer is blowin' in the wind.

How many times must a man look up
Before he can see the sky?
Yes, 'n' how many ears must one man have
Before he can hear people cry?
Yes, 'n' how many deaths will it take till he knows
That too many people have died?
The answer, my friend, is blowin' in the wind,
The answer is blowin' in the wind.

How many years can a mountain exist
Before it's washed to the sea?
Yes, 'n' how many years can some people exist
Before they're allowed to be free?
Yes, 'n' how many times can a man turn his head,
Pretending he just doesn't see?
The answer, my friend, is blowin' in the wind,
The answer is blowin' in the wind.

by Bob Dylan.

La Lectora

La Lectora

No me he podido resistir a traer hasta aquí este retrato que recupero del blog de Luisa (Pandeoro). Es de Auguste Renoir.

Fin de semana en Pamplona

El cielo llora mientras me despido de mi tia más querida. Cuando vuelva a Pamplona puede que ella ya no esté.

Una recomendación para iniciar el fin de semana

Una recomendación para iniciar el fin de semana

Acabo de terminar de leer "El tiempo escondido ", de Joaquín M. Barrero . Os lo recomiendo. Es una búsqueda infinita del amor, con grandes dosis de misterio y bien escrito.

Cuando Gema me prestó el libro, he de reconocer que no me motivó demasiado. Como siempre hago, cuando no conozco al autor, fui a la solapa para ver la foto. Los ojos de Barrero me intimidaron. Cuando leí en la reseña que se trataba de su ópera prima, mis recelos se incrementaron. A pesar de este inicio, después de leer las primeras páginas me vi inmersa en el mundo de Corazón Rodríguez el detective que busca y....

Aprovechando la Feria del Libro, creo que me voy a comprar "La niebla herida", una nueva aventura de Corazón Rodríguez.

Los Puentes de Madison....y otros

Los Puentes de Madison....y otros

Recuerdo primero la novela y después la película. Aunque muchas veces me hago el firme propósito de nunca ir al cine para ver en la pantalla aquello que imaginé, no pude resistirme a la tentación de una siempre magnífica Meryl Streep y un Clint Eastwood postrero. Por una vez, el cine respeta la imagen madura de una mujer frente a la de un hombre decadente. Mejor para ella, que es una de mis actrices favoritas. Creo que me enganchó por primera vez cuando interpretó a la escritora Isak Dinesen (seudónimo bajo el que se esconde la baronesa Karen Blixen-Flecke), en Memorias de África. En una de las escenas de la película, la protagonista embruja a sus invitados, en torno a una mesa, con una serie de relatos desgranados en una catarata de palabras ininterrumpida. También me gusta mucho la escena en la que Denys Finch Hatton (personaje interpretado por Robert Redford) le lava la cabeza junto al río.

 

Todo esto viene a cuento porque hoy, uno de mis compas me ha enviado uno de esos correos que van encadenándose con una presentación en la que se abordaban imágenes preciosas de puentes cubiertos. Entre las cosas que me han chocado es el hecho de que, aunque los puentes cubiertos se hicieron mundialmente famosos con la película dirigida por Eastwood, es en la Europa medieval donde hunden sus raíces este tipo de estructuras. De todas las fotografías que incluía el correo me quedo con la del Kapellbrücke, Puente de la Capilla, que se localiza en el cantón suizo de Lucerna. Construido en 1333, originalmente formaba parte de fortificaciones de la ciudad. De una longitud de 204 m. cruza el río de Reuss y conecta otra vez ambas orillas que bordean la vieja ciudad. Al amparo de su tejado, una centena de pequeños tablados pintados (siglo 17) relatan la historia de Suiza, de la ciudad y de sus santos patronos: San Ligero y San Mauricio.

 

El Puente de la Capilla me ha cautivado por su estructura geométrica. Esa torre que surge en medio del puente como un vigía superlativo. Y la ciudad medieval que se atisba al fondo. Esta mente romántica de la que no puedo desprenderme dibuja historias de amor incondicional, traiciones y cruces de espadas que se reflejan en el agua.

 

No recuerdo si el agua ocupaba un lugar determinante en Los Puentes de Madison pero tengo muy presentes aquellos vasos de limonada que Francesca Johnson (Meryl Streep) y Robert Kincaid (Clint Eastwood) compartían en la cocina cuando aliviaba la canícula. Cuatro días fueron suficientes para compensar las carencias de toda una vida.

 

Yo también estoy a punto de cruzar un nuevo puente que todavía no sé hacia dónde me conducirá

Ya falta menos

Ya falta menos

Mientras desayunaba, mirando de soslayo veo el calendario, me he dado cuenta de que falta sólo un mes para San Fermín . Por eso, y adelantándome a los acontecimientos, he querido colgar aquí ya el pañuelo rojo, ese que todos los ptv (pamplonés de toda la vida) sostendremos con emoción entre las manos el próximo día 6 de julio mientras, con ellos alzados, esperamos que el txupinazo rompa el cielo. La música, la gente, los olores se extenderán por Pamplona como una marea imparable que hace vivir la ciudad durante nueve dias. Un año más, rescataré mi pañuelo rojo y el fin de semana volveré a mi niñez.

"El hayedo de Aralar , en las inmediaciones de San Miguel , es un refugio de ramas y troncos sobre un manto de hojas. Bajo ellas, al pie de las hayas, corretean gnomos y hadas. Lamia anda un poco más lejos. Junto a un arroyo, peina su largos cabellos rubios mientras esconde sus pies de pato en el agua que discurre monte abajo".

Mi amiga Maríaje me ha dicho esta mañana que nadie le había regalado nunca un relato. Cuando dudas sobre el regalo que podrías hacer a una persona que lleva más de un año luchando para superar un cáncer y se encuentra todavía (según le dicen los médicos) a mitad de viaje, cualquier opción no es baladí. Mariaje, que acaba de iniciar el camino de la cuarentena, es valiente, esforzada, leal, cariñosa, bella, honesta, trabajadora, amiga de sus amigos, tenaz... Es difícil ofrecerle un regalo superior al que ella nos ofrece con su amistad y su testimonio de vida. Su alegría, que no ha perdido y que nos contagia, es un ejemplo a imitar.

Por todo ello, cuando decido dar este salto al vacío e iniciar esta especie de diario cibernético que sólo prentende ser un espacio que albergue sentimientos y sensaciones, inicio el viaje colgando en la web un cuento que escribí para ella.

VIAJE DE IDA Y VUELTA

 

"Nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo"

"Carpe Diem"

 

Eran aproximadamente las once menos veinte cuando el AVE que Javier había tomado para viajar a Zaragoza hacía su entrada en la estación de Delicias. Definitivamente, había resultado todo un acierto atender a las indicaciones de Pablo cuando le invitó a participar en el congreso que el Colegio de Psicólogos organizaba en la capital aragonesa. La sorpresa que le producía la rapidez y comodidad con las que había realizado el viaje se mezclaba con un sentimiento de admiración al entrar por primera vez en la nueva estación de tren de Zaragoza: un inmenso espacio blanco en el cual la luz que se colaba por los vanos superiores multiplicándose en las paredes de cemento. El trayecto que acababa de finalizar en nada se parecía a los múltiples viajes que, en el plazo de veinte meses, había realizado hacía ya diecisiete años entre Madrid y Zaragoza. Todavía recordaba las horas transcurridas por la vieja autovía que unía la capital con la ciudad del Ebro. Aquellos largos trayectos desafiando el calor en verano, la lluvia y la nieve en el invierno, los botes que el inestable firme provocaba en el esqueleto de su viejo 127 y que, inevitablemente, repercutían también en sus huesos. La alternativa ferroviaria en aquella época tampoco le resultaba atractiva. Sólo se resignaba a usar los viejos intercitys cuando tenía que preparar alguno de sus exámenes, ya que utilizaba el tiempo de los desplazamientos para estudiar.

 

Mientras un mar de movimiento le arrastraba hacia el hall de la estación, los recuerdos golpearon a Javier ratificando su recelo a iniciar este viaje. El olor de la ciudad, la luz, el acento que todo lo impregnaba no hacían sino confirmar que había cometido un error del que ya se estaba arrepintiendo.

 

Mientras el taxi le conducía hacia su hotel, cerca del Pilar y al lado del Ebro, Javier resistió la tentación de abandonarse al recuerdo. Habían pasado diecisiete años y aquello era un capítulo cerrado. Sin embargo, esa constancia y determinación que tan lejos le habían permitido llegar en su carrera profesional, se habían empezado a deshacer en el mismo momento en que puso el pie en Zaragoza. Al igual que los cantos rodados que arrastraba el río, Javier sentía que una fuerza desconocida tiraba de él hacia el pasado.

 

 

Al descender del taxi, el Torreón de la Zuda se irguió majestuoso ante él. Junto a la antigua muralla romana, constituía una atalaya privilegiada sobre las aguas del Ebro. Desde donde se encontraba comprobó sin embargo que el viejo mirador que asomaba sobre el río había sido sustituido por un moderno paseo. A esa hora de la mañana, el tráfico de vehículos y personas era denso. Javier, tras registrarse en el hotel, decidió recorrer las calles de la ciudad hasta la hora de comer. Pablo, la única conexión que se había permitido mantener con aquel intervalo de su vida, le había citado en "La Republicana" para concretar los términos de la intervención que tendría que realizar esa misma tarde.

 

La verdad es que, pensándolo bien, para él constituía un orgullo haber podido volver a esa ciudad que, en un momento de su vida, jugó un papel tan importante. Sin embargo, lo de Marga todavía dolía...

 

No quería recordar... Hería demasiado.

 

Casi veinte años atrás llegó incluso a plantearse la posibilidad de instalarse en Zaragoza cuando finalizara sus estudios de Psicología. Aunque esos proyectos jamás llegaron a materializarse, ahora volvía para ofrecer la conferencia inaugural de un congreso internacional en el que participarían los más destacados profesionales de su ámbito. Para cualquier observador imparcial, Javier Gorraiz había alcanzado la cima de su carrera cuando rondaba los primeros años de su cuarentena. En realidad, hacía ya bastante tiempo que había conseguido la cátedra en la Universidad Complutense, era asesor de varios organismos internacionales y el Gobierno de Rodríguez Zapatero le había encargado estudios e informes en repetidas ocasiones.

 

Frente a ello, su parcela personal discurría por otros derroteros. Durante muchos años, permaneció atrapado en aquel viejo piso de Tetuán en el que toda la familia sufría los mismos espacios. Sólo años más tarde, emancipado afectivamente de los suyos, se compró un piso en el entorno de Cuatro Caminos. Un habitáculo que preservaba para sí y del que mantenía alejados incluso a los más cercanos.

 

 

Esa parcela de intimidad que tan celosamente guardaba continuaba la estela emprendida hacía diecisiete años. Aunque para la mayoría de sus amigos los veinte meses que Javier estuvo viajando a Zaragoza constituían todo un misterio, todos coincidían en el hecho de que, lo que fuera que allí ocurrió en ese tiempo, había cambiado no sólo su forma de ser sino también su actitud ante la vida.

 

En Zaragoza de nuevo, Javier caminaba junto al Ebro. Torticeramente, los recuerdos le invadían. El ruido del agua al atravesar el puente traía a su memoria tantas tardes de paseo. En invierno, muy juntos, sujetándose por la cintura contra el cierzo que les obligaba a doblegarse en sintonía. En verano, tumbados contra el cielo mientras soñaban. Y por las noches, igual en una estación que en otra, Javier enredaba los dedos en sus rizos a la luz de la lámpara de aquel pequeño cuarto, sin calefacción y carente de adornos, que se había convertido en su refugio y que proyectaba sombras cambiantes sobre la mujer amada. Cuando, ahítos de amor, estrechaban sus cuerpos buscando descanso, Javier tarareaba en su oído todas aquellas viejas canciones de Serrat hasta que volvía a encender su deseo.

 

Ese recuerdo era de los que dolían. En lo más profundo de sus entrañas. Era un quebranto enmascarado que nacía del estómago para ascender por la garganta, enquistándose en las palabras. Aunque pugnaba por salir, durante el tiempo transcurrido había tratado de ahogarlo en otras relaciones con nulos resultados. Y, por encima de todo, permanecía la rabia. Una cólera que surgía inalterable. Una furia que nacía de la vergüenza de aquel golpe.... y que creía olvidada.

 

Diecisiete años más tarde se descubría recorriendo las mismas calles, reviviendo paseos de manos entrelazadas y suspiros contenidos. Y el sentimiento ahogado emergía con fuerza renovada. Un amor, que deseaba muerto, volvía desbocado e insatisfecho.

 

Pablo esperaba junto a una cerveza. "La Republicana" mantenía aquel sabor añejo que tan bien recordaba. Las mesas de mármol y hierro cubiertas con manteles de cuadros, rojos y verdes. Las paredes atestadas con fotografías ajadas de gentes desconocidas: novias felices, niños, viejos monumentos, parejas ataviadas con el traje regional... El mostrador con la barra de latón recorriendo su perímetro. El olor a madera y antiguo.

 

La alegría del reencuentro fue sincera. Pablo y él habían recorrido senderos paralelos. Ambos, aunque por motivos bien distintos, habían compartido muchos viajes y algunas confidencias. Los dos estudiaban Psicología en la Complu. Pablo volvía cada fin de semana a su casa de Zaragoza y Javier lo hacía para visitar a su novia. De todas las relaciones que llegó a establecer en aquél tiempo, sólo la que mantenía con Pablo permaneció y creció con el tiempo. Sólo él atisbaba el esfuerzo que Javier había tenido que hacer para volver a coger un tren camino de Zaragoza. Sin embargo, durante la comida, la conversación discurrió por otros derroteros. Pablo quiso conocer el paradero de algunos compañeros que habían decidido establecerse en Madrid y a los que no veía desde hacia mucho tiempo. Hablaron también del encuentro que iba a tener lugar esa tarde y de lo que la organización esperaba de Javier. A pesar de que el zaragozano no albergaba duda alguna sobre la capacidad de su amigo y sabía que estaba acostumbrado a disertar ante grandes auditorios, la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, con sus 1.450 butacas, constituía un gran reto.

 

Pablo esperó a que la camarera dispusiera los cafés y sendas copas de coñac sobre la mesa para abordar un asunto que le preocupaba y que, sin embargo, no había querido adelantar a su amigo antes de llegar a Zaragoza ya que, estaba seguro, eso habría sido motivo suficiente para que rechazara su invitación. Y, por encima de todo, Pablo creía que la presencia de Javier en ese congreso era inevitable. Lo más granado de la profesión se reunía para abordar, desde todos los puntos de vista posible, un problema de tan rabiosa actualidad como la violencia de género. Y, sin duda, Javier Gorraiz, era uno de los mayores expertos y de más reconocido prestigio en el tema.

 

"La Republicana" era el típico recinto que, a lo largo de la jornada, experimentaba una paulatina transformación. Local de encuentros y cafés en las primeras horas de la mañana, en torno al mediodía se convertía en una auténtica casa de comidas, de las que ya no se estilaban, para terminar albergando la típica "fauna" de tertulia y café a partir de las cuatro de la tarde.

 

En ese momento sólo una mesa, además de la suya, continuaba ocupada. El resto habían sido despojadas de su traje multicolor y comenzaban a aglutinar estudiantes que alternaban su café con unos folios subrayados, o insignes representantes de la intelectualidad aragonesa, entre los que no era extraño encontrar a José Antonio Labordeta, Antón Castro o Luis Alegre.

 

Mientras Javier calentaba la copa entre sus manos, Pablo decidió abordar el asunto que le preocupaba sin más dilaciones.

 

- Marga va presentar la inauguración de esta tarde, dijo.

 

Javier depositó la copa lentamente sobre la mesa mientras Pablo veía cómo el habitual color cetrino de su rostro daba paso a un blanco cerúleo que llego a preocuparle.

 

- ¿Cómo que Marga va a presentar la ceremonia? -interrumpió. Es una broma de muy mal gusto, Pablo.

 

Pablo sintió en ese momento que había cometido un tremendo error pensando que Javier habría sido capaz de superar los acontecimientos que tuvieron lugar hacía casi ya veinte años. Fue consciente en ese mismo momento de que su amigo no había olvidado y que seguía sufriendo.

 

Por su parte, Javier seguía sujetando la copa entre sus manos pero era incapaz de levantar la cabeza, que había hundido entre los hombros. En unos minutos había vuelto a recordar todos los retazos de información que a lo largo de todos esos años se había empeñado en ocultar.

 

Marga Andreu había conseguido un trabajo tras finalizar sus prácticas como periodista en Heraldo de Aragón y, según había podido saber, tras varios años ejerciendo la profesión en diversos medios, había conseguido una plaza de editora en la nueva televisión autonómica que recientemente se había puesto en marcha. Lo que no podía imaginarse de ninguna de las maneras era que volvería a verla y que, incluso, sería la encargada de conducir la inauguración del congreso al que él había sido invitado.

 

Javier no podía reaccionar. Se debatía entre sus recuerdos y el ansia de volver a ver a quien tanta influencia había tenido en su vida. No sólo durante el tiempo que compartieron juntos sino en los años siguientes.

 

Pablo empezó a hablar. Lo hacía sin pausas, no dejaba resquicio para preguntas. Le contó que había mantenido el contacto con Marga. Le explicó cómo, al igual que le había ocurrido a Javier, ella había ido escalando puestos en su profesión hasta ganarse el respeto de sus compañeros. Relató cómo se había sobrepuesto al accidente y cómo, pasado el tiempo, había conocido a un prometedor abogado penalista con el que finalmente se había casado. De eso hacía escasamente cinco años pero, por las noticias que tenía, no les iba del todo mal.

 

Javier seguía sin entender nada. Oía la cháchara aguda y nerviosa de Pablo sin llegar a entender que la persona a la que se refería era la misma a la que él había amado infinitamente. La misma con la que había compartido sus primeros sueños e inquietudes. La única mujer que había conocido sus más íntimos deseos. La misma a la que él casi había matado de un golpe.

 

Javier se levantó derramando el contenido de su copa por encima de la mesa. Pablo trató de impedir que se marchara pero él ya no escuchaba. Había estado mucho tiempo ciego y sordo y no podía consentir que nadie, ni siquiera Pablo, resquebrajara el precario equilibrio que tanto tiempo le había costado conseguir. Balbuceó una excusa y trató de buscar una salida. Pablo se interponía insistiendo en que no podía abandonar en ese momento y que había llegado la hora de que se enfrentara a sus viejos demonios. Javier le apartó sin miramientos y salió a toda prisa sin saber dónde se encontraba ni hacía dónde encaminarse.

 

A esa hora de la tarde, la calle Alfonso era un hervidero de gente. Javier era uno más entre muchos. Sin rumbo fijo, las palabras de Pablo sobre el accidente, como él lo calificaba, le habían transportado diecisiete años atrás. Una tarde de invierno.

 

Ese fin de semana Javier había llegado a Zaragoza tremendamente cansado. Estaba compaginando sus estudios con un trabajo de ordenanza que había conseguido en el Ministerio de Industria. Aunque no le exigía un gran esfuerzo, el hecho de tener que compatibilizar clases, trabajo y estudio, además de los viajes de fin de semana, estaban mermando sus fuerzas. Cuando llegó a la estación se encontró con que Marga no había acudido a esperarlo. Eso sucedía con frecuencia. A veces su trabajo en el periódico le impedía planificar su tiempo libre e iba improvisando en la medida de lo posible. Javier tenía la llave del piso que compartía con otras dos compañeras y sabía que Marga le habría dejado la cena preparada y se habría preocupado de cambiar las sábanas de su cama, que pronto arrugarían. Sin embargo, por algún motivo que él no había sido capaz de identificar a lo largo de todo el tiempo transcurrido, sintió como una ira sorda e inexplicable iba creciendo en su interior. Todo el esfuerzo que había venido realizando con el fin de ahorrar el dinero suficiente para poder seguir viajando los fines de semana, los continuos desplazamientos, la necesidad de compartir el piso con alguna de las compañeras de Marga y la convicción de que esa situación tendría que prolongarse en el tiempo actuaron como detonante de la discusión que Javier inició en cuanto ella regresó a casa.

 

En todos esos años no había podido olvidar su cara. Los ojos abiertos por la sorpresa ante la inesperada explosión de ira con que la recibió. Muchas otras veces, Javier había tenido que esperar hasta bien entrada la madrugada a que Marga llegara cuando se tenía que quedar al cierre de la edición. Su jefe estaba empeñado en que de esa manera aprendería mucho más. Sin embargo, aquel día la espera no hizo sino acrecentar su enfado.

 

Cuando Marga entró en la habitación, Javier reprodujo una de las escenas que con más frecuencia había sufrido en su casa y que se había jurado a sí mismo jamás protagonizar ni consentir. Cuando ella, aturdida por los gritos y completamente desorientada, se fue a la cocina escapando de sus reproches, Javier la siguió tratando de que prestara atención a sus invectivas y amenazas. En un momento aciago, Marga se dio la vuelta y Javier, perdiendo completamente el control, la empujó. Un golpe seco y rotundo. El que nunca debió dar. Ella se dio la vuelta con sus grandes ojos interrogando, rechazando...

 

La caída se produjo de inmediato. Y en ella se interpuso la esquina de una mesa.

 

Diez días después, cuando Marga se recuperó del coma, se negó a volver a verle. Nada ni nadie consiguió que atendiera las súplicas de Javier. Nunca aceptó una explicación.

 

De eso hacía ya diecisiete años. Un tiempo que Javier había pasado tratando de perdonarse a sí mismo y estudiando los motivos que llevan a una persona hasta el extremo de someter a un igual por medio de los golpes. Sin embargo, ni el tiempo ni años de terapia habían conseguido mitigar el dolor que sentía. Las palabras de Pablo le habían devuelto el amor que creía enterrado así como un sentimiento de culpa que nunca le había dejado y que permaneció agazapado esperando el momento de volver a atenazarlo.

 

Para cuando Javier quiso darse cuenta, volvía a encontrarse en la puerta del hotel. Faltaban tres cuartos de hora para el inicio del congreso. Sin pensarlo, porque sabía que la alternativa era inexistente, se dio una ducha, se cambió de ropa y cogió un taxi para dirigirse hacia el Auditorio.

 

Media hora más tarde, se reencontró con Pablo -que había pasado de la exaltación de la palabra a un completo mutismo- y algunos otros colegas que conocía de otras citas académicas. Una vez dentro, y sin tiempo para poder prepararse, descubrió a Marga. El paso de los años había dejado su huella. El pelo, todavía rizado, ya no brillaba como antaño. Pero tampoco entonces se lo recogía con la severidad con que ahora lo hacía. Salvo por la cicatriz que rápidamente reconoció en su rostro, el resto de su cuerpo aparecía como algo ajeno a él. La Marga que el había conservado en su memoria era rubicunda, generosa. La mujer que tenía ante si había disciplinado su cuerpo, al que el vestido de gasa se adaptaba perfectamente. Unos estilizados zapatos de tacón completaban un atuendo que sólo por los rizos que escapaban entre las horquillas le traían retazos de lo que alguna vez fue.

 

Javier quiso acercarse a ella pero su cuerpo se negó a obedecerle. Como siempre ocurre en estos casos, los organizadores del encuentro salieron rápidamente a su encuentro. ¿Cómo no? El Doctor Gorraiz llegaba precedido por su prestigio. Era un especialista en su campo, uno de los mejores. Por encima del corrillo de trajes y corbatas que le envolvió sus ojos seguían fijos en Marga. A duras penas conseguía mantener una conversación coherente con quienes le rodeaban mientras ella se mantenía a un lado, expectante. ¿Expectante? A pesar de que sus miradas seguían entrelazadas, Javier se sentía incapaz de descifrar su expresión. Poco a poco, como respondiendo al nudo en el que sus ojos habían quedado trabados, Marga se acercó y los organizadores aprovecharon para presentársela

 

- Marga Andreu -dijo el presidente del Colegio de Psicólogos de Aragón- es quien se encargará de presentar el acto. Hemos preparado una introducción a partir del currículum que nos envío.

 

Diecisiete años más tarde, Javier volvió a tener entre sus manos aquellos dedos que una vez estrechó con amor. Un toque fugaz, porque ella retiró la mano con presteza, que trajo a su memoria momentos, olores, sensaciones y, por encima de todo, Serrat. Aquellas largas tardes de domingo en las que acariciaba sus oídos con letras y músicas robadas que los mantenían atados. Igual que atadas seguían sus miradas. En sus ojos, Javier pudo entrever la profundidad de su dolor y una eterna negación. Un muro de reproches que siempre se interpondría entre ambos.

 

Su larga experiencia, los años de clases en la Universidad, su probada disciplina no fueron suficientes para afrontar la conferencia más difícil que había tenido que impartir en su vida. La vergüenza atenazaba sus entrañas ahogando las palabras. La culpa envolvía su actitud. Javier desgranó sus razones. Explicó cuáles son las condiciones que llevan a un hombre a cometer un acto de sometimiento tan execrable. Y, mientras tanto, sentía el dolor de Marga que se acaba fundiendo con el suyo propio. Un dolor que se mantenía estéril.

 

Cuando finalizó, entre la muchedumbre, Javier sólo llegó a atisbar un hombre alto que se acercaba a ella rodeando su cintura. Marga levantó su cara -Javier seguía amando ese perfil- para que él la besara. En su interior, sintió una nueva oleada de ira que rápidamente trató de someter porque los muertos, estaba claro, no tenían sentimientos. Él había muerto hacía diecisiete años y aunque, una vez más, había emprendido el viaje...... era un viaje de ida y vuelta.