Carlos Llamas
Esta noche el cielo ha llorado sobre Madrid. Ha muerto Carlos Llamas. Con su marcha, la radio española pierde a uno de sus grandes comunicadores. Descansa en paz, maestro.
Esta noche el cielo ha llorado sobre Madrid. Ha muerto Carlos Llamas. Con su marcha, la radio española pierde a uno de sus grandes comunicadores. Descansa en paz, maestro.
Hoy ha venido el hombre del traje gris. Sentado frente a mí, entrecierra sus ojos y valora el escenario: otros tres trajes y dos vestidos floreados. Sus ojos, agudos y avariciosos, se esconden tras sus párpados entrecerrados. Oscuros, como el traje gris. Está alerta.
Pero la risa le delata: histriónica y excesiva. Aguda. Si no fuera por ese punto de crueldad que se adivina en las notas finales… casi infantil.
Hoy ha venido el hombre del traje gris.
¿Recordais Barrio Sésamo? Espinete hablaba de muchas cosas y también nos contaba lo que teníamos que hacer y lo que no. Creo recordar que también nos recomendaba lavarnos y cuidarnos los dientes. Yo me debí perder ese capítulo porque tengo los dientes hechos polvo creo que desde hace demasiado tiempo.
Pero lo que ocurre es que los dentistas, que es un bien necesario, se han convertido en un servicio de lujo. Porque, vamos a ver, ¿quién puede permitirse gastar más de 3.000 euros en un implante que sustituya una muela desparecida? ¿Es lícito cobrar ...... muchos mil euros por un puñetero empaste o una limpieza de boca? Que me digan a mi a ver cómo se puede atender los gastos de colegio, las clases extras que siempre hacen falta, la comida (cada día más cara), la hipoteca (vendita hipoteca que nos garantiza un techo bajo el que cobijarnos).... En fin, que afronto el fin de semana con un terrible dolor de muelas y, lo que es peor, un dolor de cartilla de ahorros que no sé si se curará en muchos meses. Pero, por fin, he llamado al dentista y espero que me dé hora la semana que viene.
Perdonad este pequeño desahogo pero la rabia que me corroe me temo que no viene sólo de las muelas. Además, viene el frío... y tengo que arreglar también una ventana de casa.
Pero, como decía Escarlata O'Hara en la escena final de "Lo que el Viento se llevó" cuando el apuesto Clark Gable la manda por fin a escaparrar y se va de casa: "Ya lo pensaré mañana". Mientras tanto, voy a intentar disfrutar de estos dos días de fiesta.
Feliz fin de semana a todos.
Un año más, y tratando de no recordar mi experiencia de años anteriores, he vuelto a tratar de conseguir una plaza en la Escuela de Idiomas de Zaragoza.
Un año más, y recordando repentinamente que llueve sobre mojado, me he quedado de reserva en las diversas listas de espera de los distintos idiomas y niveles en los que había solicitado plaza en un vano intento por culturizarme y ampliar mi bagaje lingüístico.
Un año más, y ya he olvidado cuántos van, he acudido a un hall masificado en el que una funcionaria que parece ser la dueña del edificio y de nuestras vida, ha ido leyendo una lista que, UN AÑO MÁS, no ha llegado a mi número de reserva.
Un año más, vuelvo a renegar de personas que no son personas, gentes que esconden tras un papel sus miserias y desgracias con el único objetivo de ser jueces y verdugos por un día.
Un año más he deseado que esas personas encuentren algún día una justa contraprestación a su displicencia.
Un año más trataré de encontrar una alternativa para esas horas que hubiera preferido dedicar a los idiomas. Ese año, por fin, me concentraré en mis clases de baile.
Dejo por aquí un meme que Nerim ha invitado a contestar. Espero que nos os aburra demasiado. FELIZ FIN DE SEMANA.
Coge el libro más cercano, ve a la página 18 y transcribe la cuarta línea.
"No quisiera estar en el lugar de los herejes. Me temo que si de algo carece este fray Ferrer es de compasión". La frase pertenece a la última novela de Julia Navarro: "La sangre de los inocentes". Me gusta mucho cómo escribe. Ese estilo directo y ágil, que hunde sus orígenes en el periodismo que tantos años ha ejercido, se une a unas historias bien construidas y que te mantienen en vilo hasta un final sorprendente.
¿Cuál fue la última cosa que viste en la TV?
El tercer capítulo de "Hermanos y Detectives", la nueva serie de Tele Cinco que coprotagoniza un chaval con acento argentino, superdotado y tierno. Me encanta.
A parte del ruido del ordenador, ¿qué oyes?
La radio. Siempre la radio. Es una constante en mi vida.
¿Cuando saliste por última vez fuera, qué has hecho?
Mi última salida fuera de Zaragoza fue a Pamplona, a visitar a mi familia. Me gustar disfrutar de su compañía y recorrer las calles de la ciudad en la que pasé mi infancia y adolescencia. Cada vez que regreso, renuevo mi amor por sus calles y parques.
¿Qué llevas encima en este momento?
Pues voy "arreglá pero informal". Como aprovecho un ratito libre en mi trabajo para escribir.... (ya sé que está mal pero también paso muchas horas de lo que debería ser mi tiempo libre aquí).... llevo un pantalón claro con un blusón de flores en tornos malvas, verdes y amarillos. Y, como casi siempre, zapatos de tacón. En este caso abiertos en el talón y con un tacón un poco ancho, para ir más cómoda.
¿Cuándo te reiste por última vez?
Hace muy poquito rato. Tengo mucha suerte con mis compañeros y, a pesar del trabajo, siempre hay un momento para hacer unas risas.
¿Qué hay en la pared de la habitación en la que estás?
Un póster en el que aparece un plano de Zaragoza, atravesado por el río Ebro, y el meandro de Ranillas, donde se va a construir la Expo.
¿Has visto algo extraño hoy?
Eh... eh... eh... no sé, la verdad es que hay muchas cosas raras en el mundo... pero no caigo.
¿Cuál es la última película que viste?
Una de Gerard Depardieu, Chançon d'amour. Una pastelada sobre un cantante caduco y trasnochado que pasea su cuerpo y su arte trasnochado por discotecas tan decadentes como él.
Si esta noche te conviertes en multimillonaria, ¿cuál sería la primera cosa que te comprarías?
Una casa nueva, grande, muy soleada. Con un salón enorme para recibir e invitar a mis amigos a cenar y para que mi peque tuviera un espacio para estar con sus amigos y una cama más en la que compartir confidencias nocturnas con ellos.
Así podría tener también un perro....
Dinos algo que todavía no sepamos.
Si os lo cuento, ya sabréis demasiado. Ja, ja...
¿Te gusta bailar?
¡Me encantaaaaaa! De hecho, por fin he hecho realidad uno de mis sueños y llevo un par de meses en una academia de baile aprendiendo salsa. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien. Y, de paso, hago un poco de ejercicio.
¿Cuál sería el nombre que elegirías para tu niña? Siempre he dudado entre Ainhoa y Adela.
¿Cuál sería el nombre que elegirías para tu niño?
Elegí Francisco Javier, aunque siempre le llamamos Patxi.
¿Te has planteado vivir en el extranjero?
Cuando terminé la carrera solicité una beca para estudiar en Estados Unidos.... Y estuve a punto de marcharme.
Ahora mismo no entra dentro de mis planes.
¿Qué te gustaría que Dios te dijera el cruzar las puertas del paraíso?
Unnnnn.... Nunca lo he pensado.
¿A quien le pasarías este desafío?
A una persona a la que quiero mucho y nunca acabo de saber lo que siente y lo que piensa. De todas formas, a todos los que paséis por aquí y os apetezca contestarlo... ya sabéis.
Esta semana ha comenzado en Madrid la Pasarela Cibeles. Varias decenas de supermodelos van a lucir su palmito en unos salones que, en la mayoría de los casos, suponen un desfile de mujeres escuálidas, muy bellas, y en los que lo único que se valora es su capacidad para lucir con gracia una serie de prendas imposibles que ninguna mujer "real" podrá vestir.
No quiero caer en la tentación de pensar que esas chicas y chicos no encierran nada más que su atractivo aspecto. Afortunadamente, cada vez son más los modelos que unen a un físico escultural una inteligencia más que aceptable y un buen nivel cultural.
Los medios de comunicación llevarán a cabo esta semana la cobertura a la que ya nos tienen acostumbrados mientras otros asuntos más importantes se archivan en la P (de papelera).
Por eso, a mi me gustaría abordar el asunto de las otras super modelos. Esas con las que podemos cruzarnos cada día en la calle y que, sin embargo, no concitan el aplauso del público a pesar de lo bien que gestionan sus propias pasarelas.
Una de ellas es Elena. Tiene dos hijas, una de las cuales tiene una ligera discapacidad. Cada año, al inicio del curso escolar, se enfrenta a la indiferencia de la administración educativa y al boicot (de forma pasiva más que activa) de los padres de sus compañeros. Su hija no coparte juegos en el patio de recreo con los otros niños ni recibe invitaciones para la celebración de cumpleaños. Es una extraña en un ámbito de incomprensión.
Elena comparte puesto destacado en mi ranking particular con Inma, que también lucha por conseguir par su hija espacios de integración que contribuyan al desarrollo personal y educativo de su pequeña.
Es una supermodelo también María Jesús que, a sus 42 años, lucha por vencer un cáncer al que, de momento, le saca ventaja. Junto a ella, una fiel amiga navarra, que ha renunciado a la convivencia con su propia familia para compartir el duro camino hacia la curación que maría Jesús emprendió hace un año y del que todavía le queda una parte por recorrer.
Es una supermodelo también Maite, que durante veinte años renunció a una alimentación adecuada, saltándose todos sus almuerzos, para poder desarrollar su trabajo en un tiempo record y llegar a tiempo de recoger a sus hijos cuando salían del colegio y ayudarles en sus tareas.
Admiro también a María Paz que, después de quedarse viuda con tres hijos pequeños, consiguió no sólo sacarlos adelante y prepararlos para el mundo sino también imbuirles de una serie de principios y valores que han hecho de ellos personas buenas y honestas.
Y supermodelos son, por supuesto, todas esas mujeres a las que un "super hombre" ha abandonado o sometido y, sin embargo, han sido capaces de sobreponerse a situaciones tremendamente duras y difíciles "rehaciendo su vida" (odio cuando los hombres piensan que ese concepto significa pasar a depender de otro macho) y empezando una nueva aventura personal.
A todas ellas quiero dedicar este post que ni saldrá publicado en los periódicos, ni lo emitirán las televisiones en prime-time.
La foto es de Fernando Botero
Cuando las hojas comienzan a viajar, aprovecho su estela y regreso de las tierras del Norte. De nuevo en el valle, un paseo por los blogs amigos ha hecho más dulce la vuelta al trabajo.
Han sido muchos días de descanso. He visitado el mar, he tratado de conquistar el monte, he peleado un poco con mis gentes más queridas, he domeñado mi figura, y vuelvo con nuevas fuerzas a dirigir mi vida por caminos deseados.
De entre los post que he leído, LaMima me ha recordado situaciones familiares, me he alegrado al reencontrarme con la Gata Bru y ese dibujo de un minino azul estilizado y sabio, he disfrutado con la solidaridad de Alas de Plomo y Unjubilado , y -como siempre- ha sido un placer volver a leer a Fernando.
Cuando el otoño enfría los rigores del estío y el cuerpo se encoge anticipando el invierno, comienza un tiempo nuevo: proyectos, hábitos, ideas, relatos... Voy a disfrutar de todo ello y espero que acompañéis mis pasos.
Todo llega... me voy de vacaciones. Pero, para los que paséis por aquí en mi ausencia, os dejo un relato de mar, especialmente para mis amigos Carlos y María Ángeles. Yo me voy a cargar las pilas y buscar nuevas historias. A partir del 9 de septiembre espero volver a contarlas.
"Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir".
(Jorge Manrique, "Coplas por la muerte de su padre")
Invisibilidad. Es un concepto que desde hace décadas ronda mi cabeza y ahora se hace presente. Mientras los campos desaparecen tras la ventanilla del tren sólo mi rostro encuentra reflejo en el espejo imperfecto del doble cristal. Una cortina de lluvia me aísla del universo exterior ocultando al mundo mi propia invisibilidad. Sin embargo, el vidrio moteado me devuelve la imagen de unos ojos oscuros, reconcentrados y taciturnos que censuran mis labios, en los que la risa es sólo un extraño invitado.
Desde que tengo memoria, he sido una extraña para él. Mi presencia siempre le ha incomodado. Sin embargo, una vez alcanzada la madurez, me he dado cuenta de que quizá anhelara obviar mi nacimiento. Para él sólo fui un accidente de la naturaleza. Un desliz imperdonable por parte de mi madre, que concibió una sola hija después de ocho varones llamados a surcar los océanos junto a un padre duro y curtido por la mar. Una niña que, además de ser una boca más que alimentar, ni siquiera haría compañía a su esposa, que falleció al alumbrarme. Una pequeña que, desde la cuna, fue criada al calor de otros brazos y al amparo de la lumbre que la abuela Isabel alimentaba durante las largas noches de invierno.
En cualquier caso, las manos que me acunaron nunca lograron suplir la carencia de una madre ni consiguieron que mi padre -casi siempre ausente- superara la muerte de su esposa. Durante años, nadie osó pronunciar su nombre, ni recordar su memoria, ni mencionar anécdota alguna relacionada con ella. Así crecí, sin conocerla. No supe nunca si me deseó, si me quiso, o siquiera si llegó a conocerme.
El traqueteo del tren ejerce sobre mi un influjo benéfico que me adormece y conduce a un nivel más allá de la conciencia, en el umbral del sueño. Allí donde la realidad sucumbe ante un universo onírico, trato de recordar escenas de una infancia ya olvidada. Esa época en la que Manuel.... las ausencias de Manuel, más bien, marcaban nuestro tiempo. Entonces todavía le respetaba y, en la soledad de mi niñez invisible, lo llamaba papá. Sin embargo, para todos nosotros Manuel era usted y padre. Siempre ausente, en viajes eternos que parecían no tener fin y que, además, configuraban el calendario que regía nuestras vidas.
Manuel Gaztambide, el hombre que nunca fue niño y se enfrentó al mar antes que a la vida, vivía historias imposibles en universos inimaginables, con personajes que -a través de sus relatos- adquirían tintes heroicos. Mi padre, cuyos regresos marcaban la llegada de un nuevo tiempo, viajaba siempre al albur de los elementos. El viento del norte conducía su barco desde el Gran Sol hasta la costa cantábrica para después bregar con las marejadas del Golfo de Vizcaya. Desde el cabo oriental de la bahía mis ojos de niña invisible avistaban el Goizeko Izarra*, un barco de altura con las bodegas cargadas de pescado. Haciendo honor a su nombre, arribaba a puerto con las primeras luces del alba. A esas horas, la lonja despertaba de su nocturno letargo a la espera de los cargamentos que más tarde llegarían y serían subastados entre gritos, disputas y apuestas.
Mientras yo corría por las estrechas calles del Casco Viejo sorteando los puestos de flores y verduras de las caseras, un nuevo temor se abría paso en mi mente. Mi padre volvería a ignorarme, como siempre había hecho. En mi alma infantil la desazón pesaba mucho más que las plúmbeas cajas de madera colmadas de pescado que el avezado lobo de mar ya empezaba a descargar en el puerto. Con el corazón encogido y luchando entre dos sentimientos -el del amor a un padre que echaba de menos y el del miedo a enfrentarme nuevamente a Manuel- recorría el largo paseo que conduce hasta el puerto buscando el mástil del Goizeko. Desde lo más alto, mi padre alentaba a mis hermanos y a sus hombres mientras las bodegas del barco regurgitaban su carga de bacalaos.
Durante todos estos años, el recuerdo de mi padre ha ido siempre unido a una mezcla de olores en la que destaca la estela salobre del mar, los efluvios del pescado y ese leve aroma a loción de afeitado que, según me cuentan, mi madre le regalaba cada año por Navidad y que, primero mi abuela Isabel y después yo misma, hemos seguido comprando para él.
Ni la distancia ni el paso del tiempo han logrado diluir la fuerza de esa evocación. Ahora mismo, mientras dormito en un tren de última generación que inexorablemente me conduce a casa, rememoro una vez más ese aroma inconfundible. Manuel, el padre que yo conocí, no el que ahora describen mis hermanos, era alto como una torre y fuerte como el viento del Cantábrico. Cuando tras la temporada de pesca descansaba en el hogar degustando el txakolí[2] que la abuela había preparado para él con las hondarribi zuri[3] adquiridas en alguno de los caseríos cercanos, yo me sentaba en el suelo, junto a sus piernas, para escuchar los relatos de aquel hombre que era, al mismo tiempo, un extraño y el ser anhelado. Sólo en aquellos momentos, cuando mis hermanos vagaban sin rumbo por los bares del casco viejo, Manuel volvía a ser mi padre. Sus manos, con las palmas laceradas por las cuerdas y las huellas del mar tatuando su piel, acariciaban mi cabello de forma inconsciente. Yo permanecía inmóvil, aguantando la respiración, para que nada alterara esa efímera armonía. Manuel hablaba de luchas desiguales entre el hombre y los elementos, de arduos enfrentamientos con la naturaleza para, con mucho esfuerzo, arrancarle sus frutos. Eran días de felicidad. No había escuela, familia o amigos: yo sólo existía por y para mi padre.
Pero Manuel pronto volvía a la faena. El duro lobo de mar me hurtaba la mirada y las saladas y amargas lágrimas de la despedida empañaban la visión del Goizeko Izarra levando anclas rumbo a nuevas aventuras en mares cada vez más ajenos y distantes. Con cada despedida, yo moría un poquito más. De nuevo volvía a estar sola y vacía. Tal y como había estado siempre. Porque su presencia ejercía el efecto de un espejismo. A pesar de que nunca se ocupaba de mí, su fortaleza y su seguridad llenaban mis sentidos a través de esa mano -entrañable para mí, implacable para el resto-, vehículo de sentimientos y dulce instrumento de tortura. La intensidad de esos momentos hacía que la posterior ausencia fuera aún más insoportable. Y pasaban meses en los que no toleraba caricias que lavaran el calor de aquellas manos fuertes y vigorosas que, sin embargo, soportaban el dolor de quien, a la luz de mis ojos, era ya un anciano.
Mientras bullo inquieta en el asiento tratando de no despertar a mi compañero de viaje, me niego a aceptar los hechos que mi propia madurez ha puesto al descubierto. Ahora, cuando la soledad es alma gemela que camina a mi lado, acierto a comprender la constante ansiedad del marinero que retornaba a tierra para encontrar una niña exigente y consentida, en lugar de su esposa, que siempre dio sin esperar nada a cambio. Algo a lo que Manuel no podía dar respuesta porque los jirones de amor que mi madre dejó al morir desaparecieron bajo las paladas de tierra que cubrieron su cuerpo.
Mi abuela Isabel ha intentado explicarme muchas veces por qué mi padre dejó de ser un joven alegre y lleno de ilusión para convertirse en un hombre amargado, lleno de rencor y en lucha consigo mismo. Así, la necesidad de ocuparse de un bebé recién nacido que constantemente le recordaba la pérdida pudo más que la sangre y lo alejaron para siempre de mi vida.
Manuel, con cada nueva singladura, emprendía un viaje a ninguna parte que siempre iba un poco más allá y duraba más tiempo. Parecía como si esa lejanía impuesta fuera el bálsamo que su cansado espíritu necesitaba. Cuando mis hermanos estuvieron en edad de unirse a él, mi padre botó su propio barco y emprendió una particular travesía de despedida, que está a punto de culminar.
Mientras la lluvia se desliza desde el techo, cruzando los cristales para pintar estelas multicolores, intento recordar de qué manera los viajes de Manuel.... los relatos de Manuel, más bien, contribuyeron a hacer de mí lo que hoy soy. Durante mi adolescencia y posterior vida adulta no he podido olvidar aquellas largas noches ante el fuego escuchando cómo Manuel desgranaba palabras y sonidos que conformaban un relato fantástico sobre otros hombres y lugares tan exóticos como lejanos.
Llegado el tiempo de elegir mi destino, el periodismo fue la mejor opción. El tiempo y la distancia me han enseñado que, durante todos aquellos años, Manuel me indujo a escapar. A huir de una realidad que no me complacía y que era incapaz de cambiar. Él eligió la mar. La escritura es mi barco, un folio mi vela, y la pluma mi timón. En ella mezo mis sueños intentando hilvanar historias de lugares y personas que otros jamás conocerán.
A lo largo de los últimos quince años, el mundo ha sido mi casa. Un cuaderno, un teléfono, mi ordenador portátil y una pequeña maleta me han acompañado, cual fieles compañeros de viaje, a lo largo y ancho del Planeta. Bosnia, Kosovo, Chechenia, Afganistán no son sólo lugares en un mapa. Para mí tienen nombres y apellidos de personas y amigos que perdieron la vida por causas olvidadas. Todo ello me dejó un poso de amargo resquemor y desesperanza.
Esa desesperanza encontró un buen caldo de cultivo en las carencias heredadas de mi infancia, de manera que fue cuajando en mi ser a medida que crecía y los viajes de Manuel continuaban. Fruto de todo ello, soy lo que soy: una mujer incapaz de amar. De nadie pude aprender. Mi padre nunca supo darme el cariño que, a veces intuyo, en algún momento tuvo que sentir. Mis hermanos vivieron para la mar. Mi abuela, que fue sin duda el puntal de mi niñez, tampoco me demostró el amor que su corazón albergaba. Como todas las mujeres de mi familia, la expresión de los sentimientos era un signo de debilidad que se aprendía a doblegar desde la infancia y que sólo en la vejez aparecía, cuando la edad justifica ya cualquier capricho.
En esa dura escuela nunca tuve un espejo en el que reflejarme. Así, cuando Saúl entró a formar parte de mi vida, la espontánea manifestación de amor por mi parte se convertía en una ardua tarea que tamizaba la acción transformándola en un artificio que, no por buscado, tenía escaso valor. No obstante, sus atenciones primero, su cariño después y finalmente su amor, han ido poco a poco haciéndose hueco en mi interior hasta derretir el hielo que me atenaza y que agria mi carácter.
Mientras el tren arrastra su estela camino del mar, no consigo imaginar a qué responde la llamada de mi padre, que me busca pasados tantos años y con quien ya nada me une. Sin embargo, una y otra vez releo la carta que Manuel envió y que, a través de dos continentes, ha seguido mi rastro. Rota por las esquinas tras un viaje constante y sobada por manos ajenas, las palabras que contiene encadenan una preocupación que se agarra a mi corazón como nadie jamás lo hizo. Ni siquiera Saúl, mi amigo, mi amante, mi mentor. Ese hombre que, de vez en cuando, me invita a recordar la esencia de mi vida y, por breves instantes, me hace sentir el amor que creía extinguido. La caligrafía que llena páginas amarillentas, rebelde e indómita, muestra un hombre, joven todavía (Manuel nunca lo fue durante mi niñez), que recala en tascas y tabernas. Un hombre que ha abandonado la mar. Un hombre encerrado en sí mismo, con la sola compañía de un pequeño perro blanco, compañero de copas y soledad.
Cuando el viaje de toda una vida parece tocar a su fin, vuelve su corazón hacia mí: la hija invisible, ignorada y que, hace décadas, renunció al amor de su padre. Una renuncia fruto de los sucesivos viajes que, con cada nueva partida, aplastaban viejas y vanas ilusiones en una muerte amarga e inevitable.
Una mano me acaricia el pelo rozando apenas mi frente. Su calor penetra a través de mis poros y atiza un corazón tan frío como el acero. Curtido a partir del dolor y apenas reconocido. Las lágrimas atraviesan mis párpados mientras Saúl libera su mano y acaricia la mía tratando de consolarme. Han sido tantas las veces en las que ha compartido conmigo ese vacío que ahora también sufre la angustia que me produce la ansiedad del encuentro ineludible. El tren, mientras, continúa su largo camino a casa.
Saúl, mi confidente, mi amigo, mi amante, mi padre. Durante años, fue él quien me enseñó las tácticas básicas de supervivencia, quien me introdujo en la tribu y me enseñó su código. Es él quien durante todos estos años, convertido en mi alter ego, me ha acompañado otorgándome el generoso regalo de su amor. Sin él, mis relatos de los mundos vividos hubieran sido distintos. Sólo gracias a su amor he sido capaz de impregnar mis historias de una cierta humanidad desgarrada fruto de mi propia desesperación.
A pesar de la diferencia de edad, o quizás precisamente por eso, el amor que nos une es más poderoso que una mera atracción carnal. El sexo entre nosotros es sin duda la sublimación de un vínculo que me hace fuerte. Sus manos junto a mis caderas, esos fuertes brazos que me envuelven, me compensan de tantas carencias sufridas.
Ahora, mientras siento sus dedos entre los míos, contemplo unos ojos amables que comprenden, que dan sin pedir nada a cambio. Sin embargo, el cansancio se apodera de ellos. Poco a poco. Lo siento. Por eso viajo en este tren. No quiero seguir muriendo. Yo también quiero pilotar mi propia nave. Quiero doblegar a esa infiel amante que me robó a mi padre: la mar. Sin embargo, tampoco yo soy inmune a su influjo: hipnotiza y doblega mi voluntad conduciéndome a los orígenes, incluso en contra de mis deseos.
En estos momentos el sonido es otro, me saca de mi letargo y creo atisbar las notas de una sirena que anuncia la llegada a puerto. Pero no, cuando la bruma desaparece y las gotas dejan de caer, me doy cuenta de que lo que oigo es la llamada insistente de un teléfono que trae la noticia que llevo esperando toda una vida. Saúl levanta el auricular de la horquilla sobre la que descansa y a través de la lluvia, esas lágrimas que se atraviesan en mi garganta y que me ahogan sin necesidad de soga, observo su rostro. El tren de mis sueños se aproxima a la estación. Desde mi lejana aldea, la noticia del naufragio de Manuel llega a través de la mano amante de Saúl. Esa caricia que hace unos momentos sentía en mi pelo y que me trasladaba a otro momento, a otra estancia, es ahora la única capaz de sacarme de este agujero en el que ya estoy cayendo y del que no sé cómo voy a salir.
No hay lluvia, ni tren, ni carta. Sólo la voz de mi amigo, mi compañero, mi amante, a veces también mi padre. Intenta despertarme. Pero me resisto a abrir los ojos. Mientras estuvo Manuel, siempre confié en que algún día volvería a mí. Ahora ya nada de eso me queda. Todo se ha perdido definitivamente porque Manuel también se ha vuelto invisible. Juntos, en esa invisibilidad, volvemos a encontrarnos y nos queremos. Por eso no quiero salir del sueño. No quiero saber que Manuel no regresará de su último viaje. Aunque cada mañana lo imagine faenando sobre cubierta, su etérea espiritualidad flotará en un lugar incierto esperando el inicio de una nueva travesía.
La mano que me acaricia es ligera. Retira mi cabello con la suavidad que sólo el amor imprime al movimiento. Por primera vez, siento sólo su levedad, sin el peso del recuerdo. Lentamente abro los ojos, a través de las lágrimas que enturbian mi visión descubro a Saúl, que llora. Y esas lágrimas que compartimos nos unen al fin.
* Goizeko Izarra, en euskera, significa Lucero del Alba.
[2] Vino blanco, joven y ligeramente afrutado, de baja graduación.
[3] Tipo de uva que sirve de base para la elaboración del txakolí.
La foto es de Joseba Urretabizkaia, de la página web de la Diputación Foral de Guipuzkoa .
Amor ¿puede ser? No lo sé.
Quizás mañana.
Despierto y estás ausente,
me evado en misterios de luna.
Busco una esperanza.
De día recuerdo promesas calladas.
Al atardecer, cuando el sol se acaba,
tu piel, cuero fibroso, protege mi alma.
Tu brazo en mi espalda; cinturas... opuestas.
Pasos que doy, mi mano en tu rostro.
Mirada profunda.
Fluido de vida que derrama savia.
Camino de nuevo en el alba encendida.
aunque esa luz que atisbo,
soplo victorioso,
me resulta extraña.
Tu mano me enlaza y, haciendo un requiebro,
exhausta abandono el camino de hielo, perlado de escarcha.
En el resplandor de esta madruga,
cuando el rocío lava excesos de almohada,
tu mano en mi espalda calienta mi alma.
“Dime cómo, cuándo y dónde. Que me des tu cariño, Como el mar las olas.
Un minuto me basta, vida,
Para enamorarte”
Suena la bachata con su cadencia binaria. M. evoluciona por la pista al ritmo de la guitarra. Sus pies siguen el dictado de las notas que resuenan en su interior. La música le llena y su cuerpo pasa a ser mero instrumento. Sus manos, sus brazos, sus caderas, sus piernas… ejecutan una partitura completa, real.
A. permanece acodado en la barra. Sostiene una copa y observa. Pero su cuerpo tampoco permanece inerte ante el son que escucha. Le gusta ver a M. girando al dictado de las palabras sobre la música. Se ha enamorado de sus brazos, de sus ojos, de esa pequeña mueca que aparece cuando los dedos no siguen a las manos, se ha enamorado de sus pies, que se mecen sobre los tacones; le gustan sus piernas, torneadas y rotundas. Se ha enamorado de sus caderas, que suben, alternas, en el cuarto compás. A. envidia su pelo, brillante y sedoso, porque acaricia su espalda desnuda.
“Un minuto me basta, vida, para enamorarte”, dice la canción. A. deja su retiro y recoge a M.. M. abre los ojos. La música les envuelve. El brazo de A. se posa sobre la espalda de M. ¡Cuánto tiempo! El calor del abrazo se extiende como una marea y llena el cuerpo de M.
Bienvenida a casa, dice A. Y es cierto, M. siente que ha llegado. Sus brazos la rodean reforzando sus giros. El toque en sus manos le devuelve a la vida. Le acaricia, le agarra, le sostiene, le ama… La música, llega por fin a sus dedos.
El más poderoso hechizo para ser amado es amar.
Baltasar Gracián
(Faltan ocho días. Después, ésta es la imagen que impregnará mi retina)
Arena limpia y brillante. Mar de sal.
Esperanza.
Las olas crecen, se multiplican.
Sobre la playa.
En una avalancha de agua.
Avanza y retrocede. Asustada.
La cresta de espuma mantiene la calma.
Más cuando el sustento reposa en la tierra,
jugo salobre se extiende con calma.
Acaricia mi piel. Crece y se aplana.
Espuma de noche que roza mi Ser.
Mar de esperanza.
Hubo un tiempo en el que sólo fui mujer, después nació en mi la madre y ahora no sé quién soy. Mientras busco una nueva identidad, ante mí se extiende una densa bruma que emborrona los últimos meses de mi vida. De la etapa anterior conservo mi nombre y mi pequeña. Una niña que, a medida que va creciendo, me obliga a tomar consciencia del vacío que se extiende entre el antes y el después. Dos mundos antagónicos y semejantes que oscilan en la frontera de un nombre: Javier.
Cuando le conocí, aunque me negara a admitirlo, mi matrimonio hacía ya aguas. Las excentricidades y peculiaridades de Carlos me pesaban cada día más. A menudo me engañaba pensando que su descontento era culpa mía y asumía la responsabilidad de nuestro fracaso. Sin embargo, el tiempo y las circunstancias me han abierto los ojos, que durante años han estado cerrados a una realidad que los demás intuían y yo rechazaba. Esos ojos que, casi cada noche desde que conocí a Javier, se abren en el sueño a un mundo en el que la culpa no tiene cabida. Cuando el dolor físico atrapaba hoy mi cuerpo, mi espíritu vagaba en otro espacio. Aralar ha vuelto a entrar en mi sueño.
"La lluvia cae fina, en silencio. Se desliza entre las hojas de las hayas para asentarse sobre el lecho que el follaje ha creado en el suelo. La hojarasca forma un manto que acoge las penas antes de disiparse.
El viento, lejano y presente a la vez, trae recuerdos de infancia al tiempo que la sirena de un tren, estertor que atraviesa La Barranca, hiere el silencio de mi alma.
El único ruido que irrumpe en la serena quietud de Aralar es el de mis pies, extremidades casi ajenas que se arrastran entre las hojas y el musgo. El susurro que precede mis pasos es el murmullo que levanta la lluvia derramándose en un fino chirimiri que lava el paisaje y enaltece los colores.
Mis pasos, que aparentan erráticos, me conducen al centro del hayedo. Como un laberinto multicolor -amarillo, ocre, verde, rojo-, los árboles se suceden sin solución de continuidad en una mezcla de ramas, hojas, musgo y hongos. Sin embargo, la espesura me seduce y me protege. Aquí no tengo miedo. No hay dudas. Me siento libre y segura.
Mientras camino sorteando las ramas bajas, siento cómo los sonidos del bosque se apoderan de mis sentidos. Escucho el rumor del viento deslizándose entre las hojas y el baile sensual que éstas emprenden inducidas por una secreta melodía que el aire les dicta; el sonido de la lluvia que se posa sobre los árboles provocando pequeñas cascadas que recorren las copas hasta alcanzar el suelo en el que hunden, firmes, sus raíces centenarias".
Pero la realidad se impone al sueño. Aunque mi mente se resiste, el sufrimiento es tangible. Tan real como el cuerpo que yace tendido a mi lado. Mis ojos ya no contemplan la espesura del hayedo. En el lecho, permanezco inmóvil. Quizás así olvide que estoy aquí. Ojalá esto fuera una quimera y el hayedo la certeza. Sin embargo, Aralar es un sueño.
El dolor, que persiste, trasciende lo físico, proviene de mi interior.
El hombre al que yo amaba dejó de ser él para convertirse en un extraño. Mi corazón se agostó y ahora se enfría. A pesar de los intentos por mantener el fuego, la llama que ardía nos consume y nos aleja al mismo tiempo.
Mientras permanezco a su lado, espiando su respiración, busco razones para seguir junto a él. ¿Convencionalismos sociales? ¿Costumbre? O, ¿acaso es miedo? Miedo a la soledad, miedo a llevar las riendas, miedo a equivocarme, miedo.... a la vida.
Pero hoy el sueño ha desvelado mi secreto. El hombre que rehuye mis días y da vida a mis noches ha traicionado mis sentidos.
Es a él a quien siento junto a mí cuando recorro el hayedo. Es él quien, a mi lado, contempla los cambiantes colores del otoño. En mis sueños, sin quererlo, he suspirado su nombre, lo he besado y acariciado sin presentir que el objeto de mi amor es aquél a quien desde hace tiempo rehuyo.
Sueño y realidad se confunden mientras el odio, la rabia y el desprecio se han apoderado de quien hasta hace poco era mi compañero, mi amante, mi amigo. La ira y el rencor han multiplicado su fuerza. Pero mi pequeña duerme. No escucha mis sollozos, ni mis quejas, ni mi dolor.
Mientras, a oscuras, tendida en el lecho, busco respuestas, Javier vuelve a colarse en mi sueño, de la misma manera que se coló en mi vida.
Cuando aquel día se abrió la puerta de Urgencias, el nerviosismo y el miedo no me permitían atisbar nada más allá de mi pequeña. Nuria tenía uno de esos espantosos ataques de asma que atenazan su cuerpecito y le arrebatan el aire. A pesar de que en sus ocho meses de vida no era la primera vez que habíamos tenido que lidiar con el mismo problema, nunca me había sentido tan alarmada. Ver a mi pobre niñita intentando respirar sin poder hacer nada para ayudarla me estaba haciendo perder los nervios. Sin embargo, el Doctor Goicoechea, en el momento en que llegamos al hospital, se hizo cargo de la situación.
Javier Goicoechea llevaba casi ocho horas de guardia cuando entramos en Urgencias. La escena, cuando menos, debía resultar ligeramente peculiar. A mí no me había dado tiempo a arreglarme y llevaba un jersey puesto de cualquier forma sobre un pantalón vaquero desgastado y mi vieja chaqueta de pijama. Agarraba a Nuria como si en ello me fuera la vida mientras Carlos discutía con todo aquél que se interponía en nuestro camino. Javier cogió a la niña de entre mis brazos y se acercó hacia una de las consultas. Desde el primer momento fui consciente de su presencia. El aplomo y la tranquilidad con que inició las maniobras a las que ya estábamos acostumbrados y que tenían por objeto conseguir que la pequeña volviera a recibir el caudal de oxígeno preciso, me indujeron una sensación de paz que hacía mucho tiempo no experimentaba.
Javier también detectó de inmediato que una gran parte de mi inquietud procedía de la actuación de Carlos, a quien aconsejó que saliera mientras consentía mi presencia al lado de mi pequeña.
Después de tantos meses, todavía puedo volver a sentir la seguridad que sus manos transmitían. El cariño y dedicación que mostró hacia Nuria me conmovieron. La parsimonia con que ejecutaba sus movimientos y su serena actitud provocaron en mi el efecto que ni los desplantes de Carlos ni la situación de la niña habían conseguido. En pocos segundos, gruesos lagrimones comenzaron a deslizarse por mis mejillas mientras trataba de ocultar mi cara a los escrutadores ojos del médico al que nunca antes había visto y cuya presencia, sin embargo, me estremecía hasta límites insospechados.
Sin embargo, la misma razón que me había conducido al llanto, después me confortaba. La mano firme que me tendía un pañuelo, me hizo levantar los ojos para encontrar una mirada profunda, inquisitorial aunque al mismo tiempo cálida. Sin duda fue ese momento el que nos unió.
Cuando Carlos regresó, Nuria dormía plácidamente entre mis brazos mientras yo contemplaba el vacío.
Pasados los días, la necesidad de volver comprobar si la corriente de entendimiento que había surgido entre nosotros era sólo un mero espejismo fue mucho más fuerte que mi sentido común. Gracias a mi trabajo como redactora de "Noticias Hoy" contacté con su secretaria para solicitar una entrevista.
Cuando llegué al hospital pertrechada con mi casete, mi bolígrafo y mi cuaderno, el doctor Goicoechea no dio muestra alguna de reconocerme. Sin embargo, sus ojos volvieron a conmoverme con la misma intensidad.
Es la entrevista que más me ha costado realizar en mi vida. No sé qué preguntas hice ni las respuestas que obtuve. Recuerdo que su proximidad fue tan relajante como un baño en una cálida tarde de agosto. Su voz transmitía la misma sensación de paz que ya antes había notado.
El tiempo pasó volando y, al despedirnos, su mano sostuvo la mía un instante más de lo que hubiera sido socialmente correcto. Me pidió que le enviara una copia de la entrevista antes de su publicación y me dio para ello su correo electrónico.
A partir de ese momento nuestros contactos empezaron a hacerse habituales. Me dio las gracias por la publicación de la entrevista. Yo le trasladé algunas consultas pediátricas y, poco a poco, sin darnos cuenta, nuestros intercambios empezaron a hacerse más habituales.
Fue entonces cuando comencé a soñar con el hayedo.
Aralar había sido, desde siempre, uno de mis lugares favoritos. Paisaje de infancia, fue algo más que un mero lugar de esparcimiento. Aralar es sinónimo de Hogar, Tierra, Raíces. Así, todo con mayúscula. Por aquellos parajes paseaba de la mano de mi padre. Junto a mis hermanos, me deslizaba sobre las hojas y la nieve. Quizá por eso, cuando Aralar comenzó a llenar mis sueños lo hizo proporcionándome una sensación de seguridad largo tiempo anhelada. Me sentía a salvo, guarecida, al margen del mundo y aislada de todos. En definitiva, protegida.
Aunque el sueño vino ligado a Javier, él nunca llegó a pisar el lecho sobre el que se asientan mis hayas. Sin embargo, su presencia era un halo que me envolvía como la niebla que baja de las cumbres cuando se oculta el sol para llenar de vida plantas y animales. Por eso, los amaneceres se convirtieron desde entonces en una amarga experiencia que me devolvía a una realidad odiada.
A pesar de todo, el vacío que me abrumaba encontraba consuelo cada mañana en la pequeña banderita roja que oscilaba en mi pantalla anunciando un nuevo mensaje.
Al principio el contenido era escaso, pocas palabras y muchos convencionalismos: "Estimada Paula.... Un abrazo". Después pasó a los: "Qué tal Paula.... Un abrazo". Para acabar con palabras más cálidas: "Querida Paula....Un beso". Los "con mucho cariño", "espero que pronto podamos tomar un café", "algún día de estos te llamo por teléfono"... fueron llegando más tarde, despacio, con timidez.
Cuando cada mañana acudo a mi trabajo, antes de revisar los periódicos del día, la banderita roja ejerce sobre mi una atracción irresistible. A pesar de que trato de retrasar el momento de leer los mensajes, el rítmico movimiento que, cual metrónomo, marca el paso del tiempo, es un imán que me atrae y al mismo tiempo es un recordatorio. Por eso aguardo. El placer que me produce la espera es casi tan satisfactorio como los pequeños retazos de alegría que Javier me regala cada mañana.
Entre los dos, sin palabras, se ha establecido un vínculo que nos acerca y no precisa compromisos. Sin embargo, la profundidad de nuestra relación se acrecienta cada jornada. Nuevas confidencias, pesares compartidos y anhelos no precisados hacen de nuestros mensajes pedazos de una historia sin final, auténticos retales de una vida que no tiene futuro. Estas conversaciones en dos tiempos nos acercan sin poder evitarlo. Sentimos igual, entendemos lo mismo. Sólo él conoce mi hayedo.
La distancia que crece en mi cama es tan profunda como el sentimiento que me une a Javier. Su presencia cobra intensidad en la medida en que mis paseos se repiten al tiempo que mi relación conyugal se deteriora.
No me puedo mover. El dolor se intensifica. Aralar ha desvelado mi sueño. Lo que anhelaba por fin ha llegado. En definitiva, es lo que vengo deseando desde que visité Albarracín con la intención de iniciar para el periódico una serie de reportajes sobre lugares aragoneses con encanto.
Albarracín, localidad aragonesa de los Montes Universales, se ha convertido en el destino obligado de intelectuales, financieros, músicos y profesionales.
Este idílico reducto de la provincia de Teruel ha conseguido concitar una serie de elementos que lo hacen atractivo para un turismo de élite, que no pone reparos a kilómetros de curvas y malas carreteras.
Albarracín me colmó. Cuando atravesé la ardua cordillera que defiende sus secretos, me encontré con una pequeña localidad en la que el buen gusto y el mimo han regido todo el proceso de restauración emprendido. Las antiguas casonas y palacios conservan el encanto de su construcción original. Las calles, escarpadas y estrechas, siempre tienen su final sobre la árida roca en la que el pueblo hunde sus cimientos. Por un lado, el barranco. Por otro, el río. Más allá, las montañas.
Después de varias horas deambulando por la localidad, escuchando a los guías, atendiendo a los lugareños, observando el paisaje, me retiré a mi alojamiento. A pesar del cansancio, decidí bajar a cenar no sin antes dar un paseo por el hotel. Se trataba de una pequeña casa rural que habían adaptado para acoger al turismo creciente. El espacio era escaso. Sin embargo, el gusto con el que habían decorado no sólo las habitaciones sino también los espacios comunes hacían de él un lugar magnífico para el descanso.
Abandoné mi habitación y subí a lo que la propietaria había denominado el solanar, que no era sino un antiguo desván en el que unos grandes ventanales dejaban entrar la luz y permitían contemplar el espléndido espectáculo que ofrecen los Montes Universales, circundando la localidad.
No pude resistir la tentación de sentarme en una de las confortables mecedoras que, adornadas con cojines multicolores, presidían la estancia. Sobre la mesa descubrí entonces unos libros abiertos en los que los diferentes huéspedes de la casa habían ido plasmando sus impresiones. Tras acomodarme de nuevo, comencé a leer algunos de los pasajes allí escritos.
- "Lo hemos pasado muy bien. Volveremos. Marta y Luis. 12 de julio de 1995" - rezaba uno-.
- "Hemos venido a celebrar nuestro primer aniversario de boda y pensamos seguir haciéndolo siempre que podamos porque aquí hemos sido felices. 23 de septiembre de 1998" - decía otro-.
Pero hubo uno que me llamó la atención por encima de los demás. Sin duda alguna, quien había escrito aquello se encontraba solo y amaba mucho. Quizá por eso lo leí con especial cuidado. Por eso y porque estaba fechado aquella misma mañana.
- "Entre estas montañas siento con más intensidad tu lejanía. Imagino cómo sería caminar contigo por estos parajes y compartir esas noches que anhelo a tu lado. Podríamos imaginar que el pino y la encina son por un momento las hayas de tus sueños. Y creer que esto durará siempre. Por primera vez, con amor, Javier. 20 de julio de 2002".
Javier, el nombre anhelado. Por un momento dejé volar mi imaginación pensando que aquél era uno de los mensajes que recibía cada mañana. Pero eso era imposible. El que para mí era ya mi amor, nunca traspasaba la barrera de lo correcto. Ni una sola palabra que hiciera mención a algo que pudiera sugerir nada más que una respetuosa amistad.
Por un instante, aquellas palabras me habían transportado a kilómetros de distancia. Me levanté despacio. Sin querer.
En la planta baja accedí al comedor. Se trataba de una pequeña estancia con mesas y sillas disformes ubicadas de tal forma que invitaban al recogimiento. Sin embargo, en uno de los rincones habían dispuesto una gran mesa rectangular, preparada para acoger, sin duda, a algunos de los grupos que habitualmente celebran encuentros y convenciones en Albarracín.
Contra mis deseos, el propietario me ofreció la mesa contigua a la que ya estaba preparada, aunque todavía vacía. Mientras observaba la carta y atendía las explicaciones de Santiago, así se presentó, poco a poco fueron accediendo a la estancia el resto de comensales. Hombres y mujeres bien vestidos cuyas risas y conversaciones denotaban camaradería.
Aunque trataba de concentrarme en el menú, no pude obviar la presencia de uno de ellos. Alto, con una espalda fuerte y proporcionada. Algo en su forma de desplazarse me resultaba familiar. Cuando trató de rodear la mesa y se volvió, la copa que yo sostenía entre las manos se escurrió y chocó contra el plato deshaciéndose en mil pedazos. "Podríamos imaginar que el pino y la encina son por un momento las hayas de tus sueños. Y creer que esto durará siempre". Las palabras que hacía escasos minutos había leído en el libro de firmas volvían a mi memoria y no quería imaginar que, por una vez, el sueño acababa siendo una realidad.
Javier tampoco pudo reaccionar hasta pasados unos segundos. Cuando ya el propietario se había abalanzado sobre mi mesa tratando de poner orden en el desaguisado que había organizado y yo intentaba detener la pequeña hemorragia que uno de los cristales había provocado en mi mano, Javier se acercó. Y se hizo cargo de la situación. Me saludó como si nos hubiéramos despedido el día anterior, pidió un botiquín, me curó la mano y se ocupó de que todo volviera a la normalidad.
- "¿Me permites que me siente a tu lado?"- preguntó-.
- "¿Y tus compañeros?"-respondí yo, sin demasiado convicción-.
- "No te preocupes -me tranquilizó-.
Acto seguido se dirigió hacia la mesa en la que el resto de sus colegas habían iniciado ya la cena y se justificó asegurando que había reencontrado a una vieja amiga y, dado que no tendría otra ocasión de volver a estar con ella, les pedía disculpas.
Javier se sentó a mi lado. No enfrente, como habría sido de esperar en alguien con quien nunca antes me había encontrado a solas. A mi lado. Y me besó. Levemente, en la mejilla. Ahora no puedo recordar sobre qué hablamos. Pero sí su olor. Hubo muchos silencios, muchas miradas, muchas palabras sobreentendidas. Ninguno de los dos realizó alusión alguna a Carlos, ni tampoco abordamos los aspectos comentados en nuestra correspondencia electrónica. Éramos él y yo. Solos en nuestro particular hayedo.
Después de la cena salimos al exterior, de mutuo acuerdo, sin preguntarlo. Poco a poco acomodamos nuestros pasos. No sé cuándo ni cómo pero nuestros cuerpos también se fueron acompasando en un caminar tranquilo cuyo ritmo acabó propiciando que nuestras manos se entrelazaran. Al principio, casi con timidez; después, como dos náufragos que se aferran al casco mientras el barco se hunde. La soledad de la noche era testigo de nuestro mudo caminar. Su mirada devoraba mi interior al tiempo que me transportaba a tiempos y lugares imaginados.
Pero el sueño llegó más tarde. Javier me acompañó a mi habitación. Cogiendo la llave de entre mis manos abrió la puerta y se hizo a un lado para que yo pasara.
Esa noche, el hayedo nos acogió. Ambos deslizamos nuestros pies desnudos por entre los guijarros del camino. Ya no era una presencia sugerida ni una existencia imaginada. Él estaba junto a mí. Su calor me trasladaba a otoños soñados. Su cuerpo cubría el mío aportando una pasión que, al consumirme, llenaba mi vida.
Por la mañana, antes de emprender camino, Javier y yo subimos al solanar. En el libro de firmas quisimos dejar nuestro mensaje.
- "Albarracín será para nosotros el paraíso soñado, el hayedo anhelado. Las montañas albergarán en su seno el secreto compartido. Javier y Paula. 21 de julio de 2002".
Un secreto que Carlos atisba pero que no se atreve a desvelar. No sé si habrá más golpes. Se impondrán los silencios. El desprecio crecerá. No me importa. Cada mañana esperaré ese nuevo mensaje que me transporta a otra vida, soñada quizá pero sin duda mejor.
También ahora, cada noche, regreso de nuevo a Aralar. Sin embargo, mis pasos ya no vagan sin sentido ni dirección. Cada madrugada, las hayas me protegen hasta que llega mi amor. Entre la espesura atisbo primero su presencia. La hojarasca delata más tarde sus pasos. Y mis hayas lo acogen a él y nos esconden a ambos mientras soñamos juntos. Porque soñar me hace libre. Y Aralar.... es un sueño.
Este relato lo escribí para M. P., que siempre me apoyó; para P., que iluminó mis peores mañanas; y para M., que me ayudó a crecer.
Nerim ha dejado en su blog un meme por si a alguien que no estuviera de vacaciones le apetecía contestarlo. Como yo sigo al pie del cañón, si nada lo remedia, hasta el próximo 9 de agosto... éste es el resultado.
1.- ¿Cuáles son los olores y sabores que te recuerdan a la infancia?
Mi infancia huele a lluvia. A tardes de domingo paseando bajo el paraguas. A nubes grises y música clásica. Huele a La Casera de naranja que mi padre tomaba con las comidas. Huele a chorizo de Pamplona... Huele a felicidad. Huele a campo, a las altas hierbas que el pastor segaba alrededor de aquella casita que teníamos en las inmediaciones de San Miguel de Aralar. Huele a sábados de solfeo. Mi infancia huele a café con leche. A piedras blancas y latas viejas que se convertían en objetos de compra-venta en inercambios figurados. Mi infancia huele a alegría. Pero, sobre todo, mi infancia huele a veranos de libertad entre montes y pastos.
2.- ¿Cuál es el personaje de alguna historia, novela, cuento o película que te hubiera gustado ser?
Scarlet O'Hara, protagonista de Lo que el Viento se Llevó. Fuerte, valiente, pasional...
3.- ¿Si fueras mascota cuál escogerías y cómo te gustaría que te trataran? No me gusta ser mascota de nadie. Prefiero tenerlas. Sin duda, elegiría un perro. Un golden retriver.
4.- ¿Alguna maña o manía que conserves después de grande?
Odio las cintitas azules o rojas con que cierran las bolsas de chucherías. Se pegan indefinidamente y te dejas los dedos intentando cortarlas. Ah, y odio también, odio, odio y requeteodio culaquier tipo de pegatina sobre un libro (precio, edición...). Sé que exager pero no me gusta agraviar así una historia.
5.- Si volvieras a la adolescencia, ¿qué aspecto o parte de tu vida te hubiera gustado cambiar?
¡Tantas cosas...! Pero todo lo que viví hizo de mi lo que soy.
6.- ¿Cómo imaginaste tu vida cuando eras niña?
Demasiado personal aún para este blog que empieza a mostrar más de mi de lo que yo había deseado en un principio.
7.- ¿Alguna vez se te ha escapado algún sueño? Si son muchos, cuál te hubiera gustado atrapar?
Está muy relacionado con lo anterior.... Quizá algún día os lo cuente.
8.- ¿Cómo te gustaría que te recordaran tus amigos? Como una persona buena. Alguein que les hizo sentirse bien y aportó un poco de luz a su vida.
9.- ¿En qué época de la humanidad te habría gustado vivir? En el Renacimiento.... Aunque si pudiera elegir... una princesa sajona en plena Edad Media.
Espero haberos hecho pasar por lo menos un buen rato y si alguien se anima... ya sabe.
"A menudo una piedra dura protege
un secreto blando".
Es parte de un poema de Maria Wine que Luisa ha colgado en su blog. Aunque no he descubierto la poesía hasta hace muy poco tiempo, lo cierto es que este poema me ha hecho reflexionar y he querido rescatar esta pequeña estrofa.
Acabo de cumplir años... y eso siempre me hace reflexionar sobre mi vida. Acabo de saber también que continúo en mi trabajo (podían haberse producido cambios que, afortunadamente, no se han dado), dentro de unos días podré iniciar mis vacaciones (tampoco estaba muy claro que pudiera hacerlo este año), llevo casi un mes dando clases de salsa (algo que siempre había querido hacer y nunca había encontrado el momento oportuno).... En fin, muchos cambios en poco tiempo. Y todo ello cuando inicio un año nuevo.
La gente hace sus propósitos de nuevo año habitualmente entre la noche del 31 de diciembre y la madrugada del 1 de enero. No es mi caso. Mi frontera temporal la marca siempre mi cumpleaños. Un evento que propago a los cuatro vientos y que me encanta compartir con mi familia, mis amigos, mis compañeros, mis conocidos.... Con el mundo entero.
Este año presiento que va a ser distinto. Por eso creo que me ha llamado tanto la atención el poema. Dice que "a menudo un piedra dura protege un secreto blando".
Durante más de siete años me ido moldeando como un canto rodado arrastrado por la fuerza del río que encierra su secreto blando (o tan duro quizá como el corazón de la piedra). La corriente, en lugar de horadar el canto, no ha hecho sino depositar capas de sedimento que han ahogado anhelos, deseos, aspiraciones....
Como si de una cebolla se tratara, empiezo a quitar las llaves que encierran el secreto. Y me doy cuenta de que ya no duele... Es sólo una cicatriz, un recuerdo.
Hace unos días recibí un correo electrónico de una persona de la que hacía mucho tiempo que no tenía noticias. Su correo sólo decía: Y vendrá el verano, decía... Y llegó. Y quedaremos algún día...
Hemos quedado la semana que viene. Os dejo aquí mi respuesta a su correo.
Y vendrá el verano, decían... Y llegó.
Y quedaremos un día....
El tiempo pasa de largo... la luna llena mi alma.
Cuando volvamos a vernos... amigo....
El sol llenará mi casa.
El viento sopla a favor. Viajo en un velero blanco.
Tiene las velas de humo y el casco...
baúl de recuerdos que pesan y después se alejan.
La brisa que empuja mi barco rebulle, suspira y se enrosca
en los palos de madera que pintan cuadros en el aire.
Sobre la proa me mezo
girando en nubes de bruma, durmiendo en sábanas de agua.
Cuando miro al horizonte, la espuma ciega mi alma.
Un suspiro de plata me ancla al fondo del mar.
Mientras, el viento que sopla,
suave, leve, ala y espada,
no me deja avanzar por la estela dorada
que la luna refleja entre los vientos del alba.
No puedo escribir....
Estoy esperando.
La espera llena mi vida en estos momentos.
Vive bajo mi almohada. Suave, es la respuesta esperada. No sé cuándo viene ni hacia dónde va. No sé si duerme y espío su ausencia. Indago su origen.
No sé. Ya está en mi alma.
Duerme bajo mi alcoba. Lo intuyo y no sé quién es. Su música alcanza mi suelo y se derrama con una cadencia exacta. Do, Re, Mi, Fa, Sol, La... Por la mañana.
Él vive desnudo. Y no sabe nada.
Si cierro los ojos, desciende la noche sobre mi almohada y mis labios se enganchan en muda plegaria. Añoro sus besos, anhelo su cara.
Pero él... Él no sabe nada.
Cada madrugada, la niebla aparece y me alcanza. Me viste, me envuelve y me llena de savia, corriente de vida que ensancha mi alma.
Él vive desnudo y.... no sabe nada.
El alba ha llegado y despierto en la playa. Sus ojos me miran, acarician mi cara. Detengo un suspiro, que roban las olas.
Pero él... Él no sabe nada.
Cada madrugada, cuando la noche se extiende velada, imagino sus manos acariciando la playa. Deseo sus besos, siento su llamada.
Él vive desnudo...y no sabe nada.
Cuando la noche entregada, cubre con su manto de estrellas mi casa encantada, él puebla mis sueños, llenando mi alma. Una vez y otra, recorre mi cuerpo, camino del alba.
Y cuando me entrego al amor, valiente y de cara, me encuentro vacía.
Porque él... vive desnudo. Y no sabe nada.
María Pacheco, una mujer rebelde. Así es como define Toti Martínez de Lezea a la protagonista de su novela "La Comunera ". A través de los comentarios que intercambio con amigos y compañeros he constatado que la escritora vitoriana no es demasiado conocida a pesar de sus excelentes novelas, en las que recrea situaciones históricas de la España anterior. Sus obras tienen siempre como protagonistas a mujeres fuertes, hembras que sufren la incomprensión de las sociedades en las que viven, féminas capaces de enfrentarse a las más duras condiciones para proteger lo que aman y defender aquello en lo que creen. "La Comunera" es una buena novela en la que destaca, por encima de todos los personajes, la figura de María Pacheco, hija de nobles y casada con un hidalgo contra sus deseos, y en la que el amor impulsa sus actos más nobles.