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Volver a enamorarse

Volver a enamorarse

Podría volver a enamorarse de él. Eso es lo que Renata pensaba mientras, estática, contemplaba la luz del teléfono temblando como lo hace el hilo que teje la araña. Podría volver a mirarle a los ojos como hacía antaño y hundirse en un mar de tonos malvas. Podría, de nuevo, dejar que sus brazos la atrajeran despacio, desde su espalda, mientras sus labios, pegados al cuello, susurraban aquellas canciones de Serrat que tanto le gustaban. Podría volver a sentarse a su lado en el cine y esperar que él le ofreciera un pañuelo cuando las lágrimas se deslizaran por su rostro viendo partir a La Flaca. Podría volver a cantar con él, apenas vestida, mientras la mañana avanzaba al ritmo que marcan las gotas de lluvia cayendo en cascada. Sin duda, podría volver a enamorarse de él. Con facilidad. Sin hacer esfuerzo. Porque en su memoria, y ahora recordaba, aún se escondía una nota que hacia que su corazón canturreara.

 

Sin embargo Renata cerró la puerta. Hace tiempo. Con un golpe duro y seco. Como corta el carnicero. Un mazazo certero que dejó un hematoma. Oscuro y doloroso, primero. Amarillo, más tarde, para tornarse después en un mero recuerdo.

 

Renata vivía. Soñando, pero vivía. Porque a ella nunca le había gustado su realidad y siempre, desde que era una niña pequeña y escapaba, había creado una historia paralela en la que los sueños eran concretos, más incluso que la materialidad en la que se hallaba. Sin embargo, el viaje de la vida había tenido un precio: Renata, en algún momento, dejó de soñar que volaba. No por decisión propia sino porque los guijarros del camino, que herían sus pies descalzos, la habían obligado a volver los ojos hacia el suelo. Aunque las nubes pasaban, casi azules y a veces blancas, Renata avanzaba sin verlas. Ya no soñaba. Pintaba su realidad con azabache oscuro y pinceladas gualdas.

 

Ahora que él ha vuelto, Renata mira a su espalda y recuerda otras noches y muchas madrugadas. Añora esa voz que destaca y su mirada franca. Pestañas oscuras que velan historias añejas. Y vuelve a soñar con unas manos tiernas que acarician su pelo. Sólo él pudo hacerlo. Y el teléfono suena. Podría volver a enamorarse de él. Sería tan fácil...

 

¡Renata!... ¡Escapa!

Ventana al Mar

Ventana al Mar

El mar ha vuelto a entrar en mi sueño. Poco a poco, sin estridencias, como llegan todas las grandes cosas. Una vez más me ha sorprendido el color. Azul, añil, verde, ¿o era acaso rojo? Puede ser. Y el olor, ese olor salobre que impregna la piel y los cabellos y que el agua transforma en una capa áspera que arrastra viejos y eternos sueños.

Cuando el mar ha llamado a mi puerta, el sueño vagaba entre tinieblas y lóbregas sombras. Sólo la noche arroja a mi espíritu esa quietud que el alma busca en el bullicio. Pero la calma no siempre llega cuando yo quiero. A veces mi sueño fluye entre antiguas y vanas ilusiones y un futuro incierto que no augura sosiego.

Mientras antes ansiaba el porvenir, como el viajero anhela la fuente que calma su sed, ahora, cada noche, ¿o también de día?, mis ensoñaciones se regocijan en un mañana que ya es ayer.

El mar va y viene, va y viene. Las olas susurran a mi oído y ni aún en sueños puedo obviar su fatiga. Cuando la espuma burbujea en la cima, diseminándose después a través de la bruma, en mis deseos atisbo otro tiempo.

¿Era el momento en que soñaba con ser libre? ¿Era el instante que hoy se me escapa entre las manos como los granos de arena que las olas arrastran mar adentro?

El mar se ha llevado todo. Todo lo que me quedaba. Incluso ha arrancado de mis entrañas ese pequeño y diminuto ser que, en una sucesiva multiplicación de células, pugnaba por subsistir.

Han pasado muchos días y muchas noches. Días de coraje y sentimientos ocultos. Noches de lágrimas y soledad. Pero la intensidad con la que llegó el vacío se mantiene e incluso crece con el transcurrir del tiempo.

El mar no sólo se ha llevado una nueva vida. Las olas, en su devenir eterno, arrancaron de mi lado aquello que más quería: mi amor, mi compañero, mi amante. Fluido regenerador, el agua no ha querido borrar el amargor de mis días.

En sueños, desde la playa, veo la espuma que baña la arena. Una espuma que se riza en la superficie del mar para acabar suspirando sobre la orilla.

Hubo una época en que soñaba despierta. Yo, juventud y libertad, saltaba alegre sobre rocas y arrecifes. Me batía contra los acantilados una y otra vez, una y otra vez, intentando alcanzar lo imposible. Pero la fuerza me sostenía y nada hacía flaquear mis anhelos.

Sin embargo, la lucha me agotó. El vacío creció en mi seno y el viento arrastró mi fuerza. Mi amor se marchó cuando llegó la calma. Mi compañero nunca lo fue y mi amante se perdió en el tiempo.

El mar ha vuelto a entrar en mis sueños, una vez más. Azul, añil, verde, ¿o era acaso rojo? Bermellón como el niño que nunca será. Carmesí como la vida que se escapaba a raudales entre dolores estériles.

Pero la pérdida de esa vida me ha dado una nueva existencia. Los sueños vuelven en la persona de otro niño. Ese ser, que me quiere y me anhela. Ese motor, que impulsa mis deseos. Como el mar, cuando suspira sobre la playa, mi vida se desliza sin estridencias, en silencio.

Pero el silencio, que me llena, no colma mi ansiedad. El corazón late de nuevo ante el amor imposible. No el perdido, sino el que jamás hallé.

Hubo un momento de mis sueños en el que la luz brilló otra vez. Era una luz tímida, apenas visible. Sin embargo, me quemaba como una antorcha de fuego. Esa llama que a veces arde en nuestro interior y que, cuando crece, nos devora arrastrándonos en una caída sin límite.

Pero, una vez más, el miedo me paralizó y alejó la luz de mi sueño.

Esta noche la claridad ha vuelto. Ahora, libre de ataduras aunque todavía llena de soledades, ese pequeño rescoldo que he descubierto en mi corazón se aviva con la brisa. La luz, el viento y el sol se funden en un solo elemento para iluminar la senda por la que camino. El mar vuelve a susurrar su nombre, suavecito, como sin querer. Y yo sigo mi camino sin mirar atrás. Sin atender una llamada que me golpeó el espíritu, una vez, hace ya tiempo, y que yo desatendí por miedo al dolor. Ese dolor que desde hace meses atenaza mi garganta y que, sin embargo, no aporta más que sufrimiento estéril y soledad. Sin embargo, el dolor que la sola mención de su nombre me provoca no es comparable con la impotencia que siento al saber que jamás osé averiguar hacia dónde nos hubiera conducido el viento.

Un torbellino, ciclón quizá con el tiempo. Pero el mar todavía susurra: "no está bien, no está bien...". Cuando las olas vuelven de ese breve viaje que emprenden allende la arena para instantes después desplomarse en la orilla, todavía despliegan su manto salobre para acoger mi recelo.

¿Y qué fue de ti? ¿Acaso rehuyes mi miedo?

Cuando a veces mi sueño rememora aquel primer encuentro, sigo buscando en la sombra la razón de nuestro acercamiento. ¿Fue real o acaso imaginario?

El mar ha vuelto a entrar en mi sueño.

 

 

¡Un premio!

¡Un premio!

Gerardo, desde su Imaginaria , ha seleccionado el blog de Lamia para su Premio Paracelso. Quiero darle las gracias. Un agradecimiento enorme porque creo que valora sobre todo mi voluntad ya que los resultados a veces no son los esperados. Y prueba de ello es que, aunque trato de hacerlo, soy incapaz de insertar en el post la imagen del Premio. Por eso, todos los que estéis interesados, podéis hacerlo en la página de Gerardo... que sabe hacerlo mucho mejor... además de escribir muy bien.

Insisto, muchas gracias.

 

 


Gorda

Gorda

Hola, me llamo I. y "soy gorda". Esto, que es casi una declaración de principios, podría recordar a cualquier reunión de alcohólicos anónimos o de ex drogadictos.

A mí me ha costado mucho tiempo darme cuenta de que la comida constituye para mi una adicción igual que puede llegar a serlo el tabaco, las drogas o el sexo para otros. Posiblemente me doy a la comida porque no me puedo dar a ninguna de las otras tres opciones. El tabaco lo dejé hace muchos años (casi al mismo tiempo que dejé de morderme las uñas), nunca he probado las drogas y siempre he sido bastante "antigua" en el tema del sexo (cuando digo "antigua" léase fiel, comprometida, respetuosa....).

Desde la perspectiva que me da la madurez, soy consciente de mis defectos y debilidades. A pesar de una fuerza de voluntad férrea para desempeñar mi profesión y atender a mis deberes más inmediatos, la fragilidad e inseguridad que acompañan mi vida se cuelan por pequeñas grietas que el blindaje que he llegado a establecer se ha olvidado de cerrar. Por ellas se escapan las dudas en la educación de mi hijo. Por esas rendijas se deslizan mis inseguridades laborales. También por esos huecos pasan mis deseos más ocultos... que tienen que ver con palabras que empiezan por mayúscula: Amor, Familia, Amistad, Lealtad...

Desde que tengo memoria, todos mis retos han terminado con una comilona. Al igual que ha ocurrido con mis fracasos. Cuando estudiaba en la Facultad mis semanas de exámenes se saldaban con cuatro o cinco kilos de más porque sólo la comida era capaz de calmar la ansiedad con la que afrontaba las pruebas. Al recibir las notas, celebraba comiendo mis excelentes resultados. Comiendo olvidaba mis primeros fracasos amorosos y ahogándome en comida solucionaba mis dudas e inquietudes.

Con el paso del tiempo, y después de ver cómo mi cuerpo ha ido cambiando a lo largo de los años, me he dado cuenta de que yo no "parecía" gorda. Yo sólo "era" gorda en mi mente. De tal forma me empeñé en serlo que finalmente lo conseguí.

Mi gran fracaso vital se saldó con un aumento de veinte kilos, que consiguió situarme por fin entre las féminas de "talla grande", con los problemas que ello conlleva. Durante siete años he tenido problemas para encontrar ropa de mi talla, para -una vez adquirida- no verme bien con lo que conseguía ponerme.

Desde ese profundo pozo en el que he vivido una larga temporada, finalmente recordé esa fuerza que desde siempre me acompaña y, paso a paso, escalé las paredes hasta casi llegar al brocal. Desde ahí, sentada a horcajadas, contemplo en este momento lo que me rodea. Todavía sufro riesgo de caídas. Algunos días, aunque me agarro con fuerza a los bordes, noto como resbalo y vuelvo a atisbar la negrura del fondo. Sin embargo, trato de que esa fuerza que me acompaña prevalezca al canto de sirena que me confunde y me lleva hacia otros mundos.

Hola. Me llamo I. y "sigo siendo" gorda.

 

20 de abril del 90

Esta es una deuda que tengo desde hace días conmigo misma. Tengo pendiente escribir una cosilla al respecto pero hasta ahora no he tenido tiempo. Sin embargo, como una asignatura pendiente es ver si soy capaz de colgar vídeos en el blog, voy a ir adelantanto éste, al que, en unos días, espero poder añadirle el texto. Espero que os guste. Como podréis ir comprobando, mis gustos musicales son bastante anárquicos.

El Dardo en la Palabra

El Dardo en la Palabra

Este post tiene como único destinatario a D., a quien pido perdón por mis errores y con quien deseo poder compartir la luz y el calor que emana de esta fotografía que me regala Miguel Ángel Latorre. Espero que ambos sepamos sobreponernos, como hemos hecho siempre, al hedor que nos rodea.

Hay un famoso libro de Fernando Lázaro Carreter que, bajo el título de "El dardo en la palabra", lleva a cabo un pormenorizado análisis del uso de las palabras.

Habitualmente no otorgamos importancia al lenguaje que, en cada una de sus variantes, se convierte en la más importante herramienta de comunicación que tenemos los humanos. No le prestamos atención porque, como muchos otros, es un elemento cotidiano de nuestro devenir. Sin embargo, constituye un instrumento de valor incalculable. A través de la palabra somos capaces de consolar a un amigo que sufre. Merced a ella también podemos calentar el corazón afligido de un hijo. Utilizando el lenguaje llegamos al ser amado. Tejiendo palabras desgranamos un cuento. Hilando sintagmas componemos un verso. Uniendo sílabas transmitimos una herencia...

Sin embargo, las palabras a veces se convierten en un dardo que hiere, una espada que corta, una maza que golpea. Y allí donde inciden queda una cicatriz que sólo con el tiempo llega a sanar aunque permanece alerta y supura al menor indicio de un nuevo ataque. La herida que infligen las palabras es más honda y dolorosa quizá por la intangibilidad de sus efectos. Aunque no puede servir de excusa, la presión, los estados de ánimo, las prisas, las malas noticias... nos juegan malas pasadas y nos inducen a depositar "El dardo en la palabra".

Sirva esta exposición como una confesión de culpa y un propósito de enmienda. Aunque los dardos cortaron el aire, y eso nada puede evitarlo ya, espero que esta primavera que comparto contigo, ayude a cicatrizar la herida. La mía ya no la siento porque el viento se llevó las palabras al tiempo que me susurraba esta canción .

Semana Santa

Siempre asocio la Semana Santa con esta canción . Y también porque Serrat me trae los mejores recuerdos.

La Carta

La Carta

Se escucha el viento. Sopla moviendo las hojas de los árboles al tiempo que la pluma rasguea el papel en trazos dudosos. Las manchas de tinta sobre la hoja blanca son como borrones inciertos de nubes tempranas. Recta la espalda, el brazo doblado. La cabeza reposa a un lado tratando de encontrar el camino adecuado. Entre el corazón y la palabra. No obstante, la senda que une ambos mundos es ardua, no exenta de errores. Y en los márgenes acechan pensamientos traidores a la espera de un desliz. Un resbalón inesperado que permita a la palabra verbalizar ideas inconexas que prostituyen la realidad del corazón.

Mientras el viento agita el paisaje, el alma se debate por llegar a la palabra. Pero la hoja sigue blanca. La savia que fluye a través de la pluma no dota de vida a un papel que permanece exangüe y agotado. El corazón bombea: sentimientos, deseos, esperanzas, anhelos. La palabra atisba imágenes de todo ello más no contribuye a ponerles un nombre. Por eso, una carta sigue sin ser escrita.

Ella se sienta cada tarde. Contempla las flores del alfeizar mientras atisba el susurro que producen las hojas en una caricia leve, temerosa, de la que espera que aprendan el corazón y la palabra. Sin embargo, cuando cada tarde coge el papel y prepara la pluma, la senda que une ambos mundos se llena de obstáculos que impiden el paso de ideas y las llenan de broza y añaden cargas inútiles en un viaje demasiado largo y cuando al final un sentimiento llega al papel ha cambiado tanto que el corazón no lo reconoce. Sin embargo, la palabra lo hace suyo, lo asume y traslada.

Cuando la carta llega a su destinatario, las palabras han manipulado el corazón y todo se ha vuelto una gran mentira.

(Como sigo sin saber insertar la música en la página, los que queráis podéis pinchar en este enlace y escuchar lo que yo quiero transmitir)

La foto es de F. González

Silencio

Silencio

Silencio, porque si hablara.......  

 

La foto es de F. González

La Búsqueda

Un poema que Gerardo publica en su blog Imaginaria me trae a la memoria una llamada que recibí la semana pasada. En el contestador de mi teléfono encontré un mensaje que me condujo años atrás en el tiempo, a una época casi olvidada. Como en el poema de Gerardo, "Te he buscado por doquier/y a cada instante te buscaré para encontrarte", la llamada hace referencia a una búsqueda que no sé cuándo se inició pero que, evidentemente, ha llegado a su fin.

Después del tiempo transcurrido no me produce sino miedo la búsqueda de alguien que, después de dieciocho años de ausencia, vuelve a mi vida pensando que quizá tendré la misma sonrisa, el mismo amor y el mismo candor.

Evidentemente, nada queda de todo aquello. Sólo algunos recuerdos y una duda que me asalta: ¿Qué razón puede llevar a alguien, después de un tiempo tan largo, a buscar a otra persona que a lo largo de estos años no ha dado ninguna muestra de querer tener noticias suyas? ¿Cómo alguien puede tener la desfachatez de dejar un mensaje en un contestador sin saber si realmente corresponde a la persona que busca? ¿Cómo se puede dejar un mensaje en un contestador automático sin conocer la situación en la que esa persona se encuentra en la actualidad?

Y el poema de Gerardo se titula... "Te encontraré". Historias personales al margen, el poema es precioso. Os recomiendo su lectura.

La luciérnaga

La luciérnaga

Espero que os guste esta pequeña fábula, que dedico a Alas de Plomo para que me disculpe por mis despistes.

 

Cuenta la leyenda que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. Esta huía rápido con la feroz predadora y la serpiente al mismo tiempo no desistía.

Huyo un día y ella la seguía, dos días y la seguía... Al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paro y le dijo a la serpiente:

- ¿Puedo hacerte tres preguntas?- dijo la luciérnaga.

- No acostumbro dar este precedente a nadie pero, como te voy a devorar, puedes preguntar- contestó la serpiente.

- ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?- pregunto la luciérnaga.

- No- contestó la serpiente.

- ¿Yo te hice algún mal?- dijo la luciérnaga.

- No- volvió a responder la serpiente.

- Entonces, ¿por que quieres acabar conmigo?

- ¡¡¡Porque no soporto verte brillar...!!!

Nana de amor

Nana de amor

Desde hace varias semanas el eco de una melodía incomprensible martillea insistentemente mi interior. Ahora, que he vuelto al útero materno, percibo sonidos atravesando la densa bruma que me rodea y atenaza mis sentidos. El sonsonete se repite una y otra vez hasta convertirse en una sucesión de pitidos que me arrastra hacia el exterior sacándome del letargo protector en el que tan cómoda me encuentro. Floto de nuevo en el líquido amniótico mientras, en la lejanía, atisbo la voz de mi madre: suena como un tierno arrullo que calma mi aflicción.

Sin embargo, el sonido se impone a su amor. La nana que resuena en mi cabeza pierde fuerza para cederla a ese eterno ruido que taladra mis sentidos, o lo que queda de ellos. Pasa a primer plano y vuelve la consciencia. Aunque me resisto, mi cerebro percibe mensajes del exterior. El coche que ha destrozado mi cuerpo, arrastrando consigo parte de mi ser, no me ha robado la capacidad de escuchar, la de sentir o la de amar. Unos dones a los que gustosamente renunciaría a cambio de la seguridad que proporciona este refugio temporal.

A duras penas, sin querer y a pesar de mí, la consciencia penetra y con ella descubro que no estoy sola. Una piel roza la mía. Miles de neuronas se ponen en alerta: está junto a mí. La textura que percibo no se parece a la de aquellas manos que me acariciaron y amamantaron mientras fui un bebé, ni a aquellas otras fuertes y seguras que me alzaban al cielo para después recogerme en la caída. Éstas, de las que me gustaría huir, se parecen más a las de aquél de quien me enamoré porque me hacía reír, las de quien me rompió la imaginación y luego destrozó mi corazón induciéndome al llanto.

Suspendida en la humedad, mis lágrimas se funden con las de mi madre. Escucho su voz. Percibo su angustia. Pero mis labios están sellados y ni siquiera sus caricias consiguen hacerlos reaccionar.

Yo te oigo, madre. Y, aunque te escucho, no puedo responder. En el nuevo refugio que me has otorgado escucho tu nana y evoco mi vida. Me amamantaste, me cuidaste, me protegiste y me escuchaste. Me apoyaste cuando lo necesité y me animaste cuando no tuve fuerzas. Me respetaste siempre y me comprendiste. Me trajiste la calma cuando la confusión se instauró. Reímos y lloramos juntas. Pero siempre, siempre, me quisiste.

Cuántas veces hubiera podido hablarte y no lo hice. Y ahora que lo intento no lo consigo. Siento que la vida se me escapa a raudales y yo la dejo ir. No hay nada que la retenga. A tí te esperaré al otro lado.

Mientras tu voz me acompaña, atisbo una luz al final de la oscuridad. De los muchos caminos que hemos recorrido juntas, éste es, sin duda, el más difícil. Aunque siento tu mano junto a la mía, la senda que ahora recorro sólo más tarde la iniciarás tú.

Madre, ¡cómo hubiera deseado evitarte estos momentos amargos! Porque yo ya no padezco pero siento tu dolor. Tu desconsuelo empapa cada poro de mi piel. Tu desesperación me hiere tanto que huyo de nuevo a mi refugio para aguardar el final de mi viaje.

La bruma vuelve. No distingo los objetos pero mi mente, traicionera, vaga entre recuerdos vividos o imaginados. ¿Es real la huida? ¿Es imaginado el desprecio? ¿Acaso la humillación, el desánimo y el menosprecio son una mera ilusión? ¿También cuando caigo entre las ruedas del coche? Creo que todo fue un sueño.

En algún momento sentí dolor. Probablemente cuando rodé bajo la cama tratando de protegerme. Seguro que cuando abandonó la habitación para volver con la correa y arrastrarme hasta el balcón. Qué importa que el coche fuera demasiado rápido. A quién le interesa si yo escapaba de una condena... Dentro de poco sólo seré una breve reseña periodística: "C.A. ha fallecido esta mañana en el Hospital Miguel Servet a consecuencia de las heridas recibidas el pasado fin de semana cuando fue arrollada por un conductor que transitaba por la Avenida Hispanidad en el cruce con Gómez Laguna. Fuentes policiales han confirmado que el conductor del vehículo no pudo evitar el atropello ya que la víctima apareció de repente y se arrojó a la calzada. En el momento del suceso, C.A., y a pesar de las bajas temperaturas que Zaragoza registra estos días, sólo llevaba puesto un pijama".

De nuevo, está junto a mí. Lo siento. Oculta la verdad porque, si no, madre ¿consentirías su presencia? A veces, a través de la niebla, siento sus manos atenazar mi cuerpo. Y el miedo vuelve hasta que escucho tu nana y llega el amor verdadero. Después nada de eso tiene importancia porque mi condena toca a su fin. A partir de ahora empieza su calvario.

Ese sonido vuelve... y me conduce al exterior.

Madre, no llores. Te escucho y me entristece. Vuelve a cantarme esa nana que tanto me gusta. Así, despacito... El sueño vuelve. El sonido se empaña. Las palabras ya no llegan. Al fin, ESTOY SOLA.

 

La foto es de F. González

Los Panchos

Los Panchos

 

"Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo.

¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?

Na, na, na, na, na.. La, la, la, la.

No quisiera yo morirme sin tener algo contigo".

 

 

 

¡Qué penita mora! Siempre había sido incapaz de recordar las letras de las canciones. A lo largo de su vida, a duras penas había conseguido retener en su memoria algunas letras inglesas que, merced al esfuerzo que había tenido que hacer para entenderlas, permanecían en su memoria inmunes al paso del tiempo. Lo mismo le ocurría con algunas nanas que desde pequeña había aprendido a cantar en euskera y que, a falta de una traducción exacta, llevaba grabadas en su corazón, donde se esconden los recuerdos más dulces.

 

Pero con esta vieja canción de Los Panchos le ocurría una cosa extraña. Era capaz de recordar el principio y el final de las estrofas pero perdía todo el intermedio. Vamos, casi lo mismo que había ocurrido con su vida. Un vacío de siete años que había desaparecido de su memoria pero que seguía grabado a fuego en su interior.

 

El yo consciente de Melisa recordaba entre brumas lo acontecido siete años atrás. Su yo inconsciente, sin embargo, revivía una y otra vez las escenas que le habían conducido a una nueva vida que trataba de sacar adelante con esfuerzo y sacrificio.

 

Había llegado un nuevo tiempo y la luz parecía inundarlo todo. Sin embargo, Melisa seguía sin ser capaz de articular palabras y a su mente acudía sólo, de forma reiterada, la vieja canción de Los Panchos. Una canción que parecía tener vida propia y que sonaba una y otra vez siempre que él se acercaba. Melisa quería mirarle a los ojos pero él hurtaba su mirada, temiendo lo que vendría después. Ella también recelaba pero se dejaba llevar por la música, que la envolvía en un nudo de bruma espesa y cálida.

 

La foto está aquí

Violencia de género

Violencia de género

Escucho la noticia de una mujer que ha muerto a manos de su excompañero.

¿Cómo puede ser compañero semejante condena?

Lágrimas de sangre no son suficientes para llorar su pérdida.

Un baúl dorado

Un baúl dorado

Tengo un baúl dorado, repleto de tesoros.

Ha pasado un amigo y le he regalado una flor.

Rosa, que me ha llamado para recordarme que sigue esperando, se ha llevado un libro.

Javier, al que hace tiempo que no veo, debería quedarse con mi cuaderno. Así sabría cuánto lo quise y cuánto lo quiero.

Carlos, con esa timidez que barniza los primeros encuentros amorosos, no sabe qué pedirme. Ni tampoco sé yo qué darle.

Mi madre se ha quedado con toda la gratitud que guardaba.

Para mis hermanos, amor, amor, amor.

Para los niños.... un montón de serpentines, luces de colores y globos que guardaba en el fondo del cajón.

Para mis jefes... comprensión, mucha comprensión y tolerancia.

A mis compañeros les guardo una sonrisa, que cada mañana nace en la comisura de mis labios y a medida que avanza la jornada se desliza por mi garganta dejando un regusto amargo.

A Dios... gracias eternas por la vida que me dio y las pruebas que establece para hacerme avanzar.

 

Todo esto y todos ellos permanecen en mi baúl.

 

Dentro también tengo letras, pensamientos y canciones que me hacen soñar y que evitan que me hunda en la realidad que me rodea.

A mis primas, a las que quiero siempre, letras eternas que a veces se cansan de leer pero sin las que me extrañan.

Para mis maestros guardo proyectos, escritos, leyendas, actuaciones que siempre esperaron de mi y que me esfuerzo en ejecutar.

Para mi maestra, que casi es una madre, gratitud y respeto.

A mis profesores, por el tiempo invertido en esa educación que me ha permitido ser lo que soy, un recuerdo que guardo bajo un mantel que hizo mi madre y que algún día heredará la niña Leire.

 

Tengo un baúl dorado, que guarda tantas cosas buenas, que reluce y brilla tanto que daña la vista de aquellos que pasan sin mirarlo.

Es mi baúl.

En él, seguro que también guardo algo para ti.

Los marineros son las alas del amor

Luisa anda estos días paseándose en volandas de una campana. Con cariño, le dejo aquí un poema de Luis Cernuda.

 

Los marineros son las alas del amor,
son los espejos del amor,
el mar les acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.

La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.

Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero sólo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.


 

Feliz once cumpleaños

Feliz once cumpleaños

Este cuento, que nació a partir de una fotografía de Miguel Ángel Latorre, es para Patxi.

Es el regalo de cumpleaños que no espera y que siempre quiso. He escrito historias para otros, relatos de ficción que a veces parecen reales y que nunca ha leído... Muchas veces me ha pedido que escribiera un cuento para él.

Aunque mañana cumple once años y ya es lo suficientemente mayor como para no reconocer a los duendes de mi hayedo, seguro que todavía es capaz de atisbar, tras esa hoja tan brillante que hay en primer plano, las manitas de Píplim, el protagonista de SU cuento.

Felicidades, hijo, y gracias por tu luz.

 

Píplim es un duende.

 

¿Qué dices? ¿Qué no existen los duendes?

 

Me parece que estás equivocado. Los duendes siempre han existido y siempre existirán. Pequeños, alegres, traviesos, juguetones... A veces también renegones. Los hay de muchas clases. Igual que las hadas. Todo depende del bosque en el que vivan.

 

Otra cosa son los ogros, los dragones, los gigantes... Eso ya son cuentos de niños pequeños para escuchar a la hora de dormir.

 

Pero tú eres grande. Hoy cumples once años y, por tanto, te mereces una historia de duendes.

 

¿Once años he dicho?

 

Casi los mismos que Píplim si los años de los duendes se contaran igual que los de los humanos, que, por supuesto, no es así.

 

He dicho Píplim, si. ¿No te gusta el nombre? Pues es uno de los nombres de duende más bonitos que he oído. Porque Píplim, te vuelvo a decir, es un duende. Demasiado alto para su especie, demasiado listo para sus vecinos, demasiado rubio para su familia, un poco torpe pero muy simpático.

 

Tampoco tiene las orejas como sus hermanos. Cuando era pequeño, en la edad en la que a los duendes les empiezan a picar las orejas y conforman esa apariencia tan característica de pirámide resbaladiza, Píplim no sentía nada. Es más, sus orejas seguían siendo redondas mientras las de sus hermanos, amigos y vecinos, poco a poco, pasaban a lucir unas bonitas formas puntiagudas.

 

Por más que el pequeño duende recorriera el hayedo buscando ortigas para frotarse la barriga (alguien, no sé muy bien quién, le había dicho que si se pasaba las ortigas por su ombligo tendría las orejas más bonitas de todo su árbol), la forma de sus orejas permanecía invariable. Anda que... vaya cabecita la suya. Resulta que, además de ser el único duende de su edad con las orejas redondas, resultaba doblemente singular con su pequeño ombligo puntiagudo eternamente irritado. Todos los niños de su árbol se mofaban de él. Salvo Pinim y Píbim, sus dos mejores amigos, que siempre recogían las mejores hojas de su barboyedo (el barrio que rodeaba su árbol, para que me entiendas) para hacer un ungüento sanador que reparara su ombligo de tal manera que volviera a recuperar su estado original.

 

Y ya que estamos hablando de su aspecto, la nariz... ¡Vaya qué nariz! Redonda y pequeña. Nada de esa puntita tan elegante que mostraban sus amigos. Nada de las pecas que resbalaban por las napias de sus hermanos. Él ni pecas ni puntita. Vamos, un desastre de nariz. Según todos los del barboyedo... claro.

(Continuará.....)

Poema

Poema

Para él, pues aún ignorándolo, ha calentado mi corazón devolviéndole la vida.

La foto es de Miguel Ángel Latorre y el poema, que traigo desde el blog de Le Mosquito , es de Nizar Kabbani, traducido por María Luisa Prieto.

 

Cada vez que viajo en tus ojos

siento que monto en una alfombra roja,

me eleva una nube rosa

luego otra violeta

y giro en tus ojos, amor mío,

giro, como la tierra.

Tarde de domingo

Tarde de domingo. Un Nocturno de Chopin. Tristeza y melancolía.

El cielo ha nacido azul pero hoy todo parece cubierto de un vaho de niebla y sombra.

Incluso el agua del río que recorre la ciudad se asemeja al mercurio gris.

Un vaho de luz opaca esconde hoy la alegría. Me ahogo en mi soledad.

Soñaba anoche que encontraba una nueva luz, un faro que el sol anula porque resulta ser espejismo.

Pena de domingo. Tarde de Chopint. Nocturno... "Melancolía".

Fernando Sarria

Fernando Sarria ha montado una orgía de poemas en este mes de febrero. Quiero unirme a su iniciativa reproduciendo aquí uno de los suyos: Me gusta especialmente porque las palabras también caen sobre mi como una lluvia... a veces incluso como una pedregada.

Hoy las palabras no significan nada, son palabras.
En su lluvia descienden sobre mí
con un caudal que sólo me desnuda,
pero no significa nada, son palabras.
Te digo que el día se guarece en su plomada oscura
y en la piel no me queda ni esperanza,
pero no significa nada, son palabras.
La tarde nos traerá su versículo de muerte,
un lacerado olvido cubriéndonos la espalda,
una canción que el viento soporta en su derrota,
pero no significa nada, son palabras.
Por eso hoy me deshago y sólo me sustento
volcado en el silencio,
hoy sólo deseo dormir en tu silencio.