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Sombra Loca
Brrr... rac, rac, brr, crrrrrri, crrrrri, brrrr...
No, que no me he equivocado con las teclas del ordenador. Sólo estoy tratando de reproducir el ruido que hace mi cerebro. Está un poco oxidado y parece que le cuesta arrancar después de estos días de descanso.
Con la vuelta, parece que uno se plantea retomar su rutina diaria y volver a esos pequeños hábitos que hace que nuestra vida vaya teniendo sentido. El problema es que yo tengo sentido también estando de vacaciones y me cuesta volver a la cotidianeidad.
En cualquier caso, estoy tomándome la vuelta con mucha calma y a ello, una vez más, me ayuda el baile. Aprovechando que soy dueña de todo mi tiempo, trato de mejorar mi estilo de baile cada tarde. Vuelto hacia el trópico cada día y me reencuentro con la salsa. Después no podrá ser pero, y nunca mejor dicho, que me quiten lo bailado.
Ayer evolucionaba al ritmo de la música de Gilberto Santa Rosa. Me gusta especialmente este "Sombra Loca".
Cuando bailamos somos libres
Mi afición por el baile, o más bien mi dedicación al baile, nació prácticamente al mismo tiempo que este blog. En algunas ocasiones he tratado de ilustrar, a través de relatos, poemas u opiniones, lo que el baile ha aportado a mi vida. Sin embargo, nunca seré capaz de plasmarlo de una manera tan hermosa como Paulo Coelho lo hace en este artículo del 18 de noviembre del año pasado que publicó en su habitual columna de un suplemento semanal. Mientras el maestro habla, guardo silencio.
"Todo se mueve"
Todo se mueve. Y todo se mueve con un ritmo. Y todo lo que se mueve con un ritmo produce un sonido. Esto está ocurriendo aquí y en cualquier lugar del mundo en este momento. Nuestros ancestros percibieron esto mismo cuando procuraban huir del frío en sus cavernas: las cosas se movía y hacían ruido.
Los primeros seres humanos tal vez advirtiesen esto con espanto, e inmediatamente después con devoción comprendieron que ésta es la manera que una Entidad Superior tenía de comunicarse con ellos. Empezaron entonces a imitar los ruidos y los movimientos de lo que les rodeaba, con la intención de comunicarse también con esta Entidad: el baile y la música acababan de nacer.
Cuando bailamos somos libres.
Mejor dicho, nuestro espíritu puede viajar por el universo mientras el cuerpo sigue un ritmo que no forma parte de la rutina. Así, podemos reírnos de nuestros grandes o pequeños sufrimientos y nos entregamos a una nueva experiencia sin miedo. Mientras la oración y la meditación nos conducen hasta lo sagrado a través del silencio y del viaje interior, en el baile celebramos junto con otras personas una especie de trance colectivo.
Se puede escribir lo que se quiera sobre el baile, pero no servirá de nada: es necesario bailar para saber de qué se habla. Bailar hasta quedar exhausto, como su fuésemos alpinistas subiendo una montaña sagrada. Bailar hasta que, en virtud de la respiración agitada, nuestro organismo pueda recibir oxígeno de una manera a la que no está acostumbrado, lo que acaba llevando a la disolución de la identidad y a la pérdida de nuestras referencias del tiempo y del espacio.
Claro que podemos bailar solos, si eso nos ayuda a superar la timidez. Pero, siempre que sea posible, es preferible bailar en grupo, pues unos estimulan a los otros y acaba creándose un espacio mágico, con todos conectados en la misma energía.
Para bailar, no es necesario aprender en escuelas: basta con dejar que nos enseñe nuestro cuerpo, pues bailamos desde la noche de los tiempos, y eso no lo olvidamos. Cuando era adolescente, los grandes "bailarines" de mi pandilla del barrio me daban envidia, y en las fiestas fingía tener cosas más importantes que hacer, como quedarme charlando, por ejemplo. Pero en realidad lo que yo tenía era pavor al ridículo, y por eso no me arriesgaba a dar ni un paso dentro de la pista. Hasta que un día una chica llamada Marcia me dijo delante de todo el mundo: "Ven aquí".
Yo dije que no me gustaba, pero ella insistió. Todos los del grupo se quedaron mirando, pero como estaba enamorado (¡el amor es capaz de tantas cosas!) no pude escaquearme más. Hice bastante el ridículo, no sabía seguir los pasos, pero Marcia no cejó en su empeño: continuó bailando, como si yo fuese un Rudolf Nureyev. Poco a poco entendí que mi cuerpo se estaba liberando.
"Olvídate de los demás y presta atención al bajo -me susurró al oído-. Intenta seguir su ritmo".
Centré mi atención en el bajo. Y la sensación de libertad fue aumentando sin parar, mientras los demás iban perdiendo su interés en nosotros y nos dejaban en paz. Cuando más se movía mi cuerpo, más se mostraba la luz de mi corazón y más aprendía yo, no sé si conmigo mismo o con los fantasmas del pasado. Al final de la noche yo ya era otra persona: había vencido un bloque y había conseguido una novia que sería muy importante en mi vida.
En ese momento entendí que siempre es necesario aprender las cosas más importantes: éstas suelen formar parte de nuestra propia naturaleza. En la juventud, el baile es un rito de pasaje fundamental: alcanzamos por primera vez cierto estado de gracia, un éxtasis profundo, aunque los menos sagaces apenas vislumbren un grupo de chicos y chicas pasándoselo bien en una fiesta.
Cuando nos hacemos adultos y cuando envejecemos, tenemos que continuar bailando. El ritmo cambia pero la música es parte de la vida, y el baile es la consecuencia de la penetración de este ritmo en nuestro ser.
Continúo bailando siempre que puedo. En el baile, el mundo espiritual y el mundo real consiguen convivir sin conflictos. Como dijo alguien que no recuerdo: los bailarines clásicos se mueven sobre la punta de los pies porque están al mismo tiempo tocando la tierra y alcanzando los cielos.
Mis vacaciones
Quiero mostraros sólo algunas fotografías de los sitios que he visitado estas vacaciones. Como ya conocéis mi proverbial falta de habilidad informática, las iré pegando de manera consecutiva en distintos post con la indicación del lugar al que corresponden. Espero que os gusten.
Empezamos por Aralar (Navarra). ¡Tenía que ser!
El Parrizal de Beceite
¿No os lo había dicho? Soy un desastre.
He copiado las fotos en un CD de tal forma que ahora no hay manera de subirlas al blog....
En fin, hasta que no hable con mi asesor particular me temo que no voy a poder enseñaros nada.
Lo siento.
Intentaré escribir algo mientras tanto.
Reencuentros
(La banda sonora de este post es una canción de los Celtas Cortos que he posteado alguna vez más y que, además de gustarme mucho, creo que viene a cuento del tema)
Debe ser cosa de los cuarenta... Bueno, de los cuarenta y un poco más.
Este verano ha sido un poco raro. Distinto a otros, cuando menos.
Por primera vez en muchos años, y obligada por las circunstancias, he fraccionado mis vacaciones casi hasta el infinito. Eso ha hecho que, como un pajarito, fuera picoteando migajas de espacios ociosos por los que transitar. Ese devaneo veraniego que está a punto de finalizar me ha proporcionado un par de reencuentros que me han aportado una enorme felicidad.
El primero de ellos me ha conducido a la vera de una amiga a la que hacía mucho tiempo daba por perdida. Ana B. y yo compartimos adolescencia y parte de juventud. Ambas descubrimos juntas el mundo, disfrutamos de la música, visitamos Alemania en un viaje inesperado del que hace unos días recordábamos los mejores momentos, compartimos confidencias, conocimos los primeros amores, asistimos a nuestras bodas respectivas.... Y lo que ha venido después nos ha mantenido alejadas: distintas ciudades, los niños que crecen, el trabajo, los problemas...
Ambas pasamos la barrera de los cuarenta no hace mucho... de verdad, no hace mucho. Dicen que es la edad de la crisis. De todas las acepciones que el Diccionario de la Real Academia Española ofrece para la palabra crisis me quedo con ésta: "Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales". Horas de charla con mi recién reencontrada amiga nos han llevado a la conclusión de que pasada la cuarta década ambas hemos pasado una crisis que nos ha llevado a "crecer". Nos conocemos mejor, aceptamos mejor nuestras limitaciones y defectos, somos más indulgentes con lo que nos rodea, tenemos una idea más clara de lo que esperamos de la vida y aún disponemos de la suficiente energía y ganas como para intentar pequeños cambios de rumbo que enderecen nuestro barco y lo empujen hacia un horizonte más brillante.
El segundo reencuentro, por inesperado, ha sido también muy placentero. Han pasado veinte años. Pero guardo un buen recuerdo de él. Paco S. fue uno de los profesores que tuve en el último año de carrera. Cuando ahora, dos décadas más tarde, vuelvo la vista atrás, a duras penas recuerdo los nombres de mis compañeros o de los que intentaron inculcarme los principios básicos de lo que hoy constituye mi profesión. Recuerdo a Gonzalo R., que en los primeros días de clase del primer año de carrera, desde la seriedad de su sotana, me amenazó con suspenderme si no dejaba de comerme las uñas (cosa que conseguí hacer cuatro años más tarde y que no dudé en recordarle cuando pasé a despedirme de él). No puedo olvidar al profesor Gómez A., quien traspapelando un examen brillante me privó de una merecida nota que habría ahorrado a mi madre la matrícula de una asignatura el curso siguiente. Recuerdo también a Rafael A., de quien nunca he sabido muy bien el papel que desempeñaba en la Universidad pero que me enseñó a escribir y que, una vez finalizada la carrera, durante mucho tiempo corrigió mis trabajos cuando en verano volvía a casa.
Y, por supuesto, recuerdo a Paco S. Porque aunque el resto de los profesores se refería a él como Don Francisco, para todos nosotros fue siempre sólo Paco.
Han pasado los años y, tal y como le he confesado a él, aunque no recuerdo la asignatura que nos impartía, no he olvidado sus clases. Y, sobre todo, no le he olvidado a él. Recuerdo que sabía nuestros nombres, y se preocupaba por nosotros, y nos ayudaba con los trabajos, y nos preguntaba por las notas... Y eso, teniendo en cuenta que fuimos más de 150 alumnos los que terminamos ese curso, constituye toda una hazaña. Recuerdo de Paco que, ya terminada la carrera, mantuvimos un breve contacto epistolar que se diluyó con el tiempo.
En este verano extraño, de renacimiento y renovación también, me alegra haber podido reestablecer el contacto con dos personas que retornan de mi mejor pasado. Del pasado bueno que no quiero olvidar.
"Salgari"

Este relato nació, supongo, en el transcurso de algún viaje. Esos que me gusta hacer sola, con la única compañía de un fondo musical y dejando que mi mente se sumerja en el mundo onírico en el que duermen la mayoría de mis ideas.
Cuando Pedro Iturralde bajó la ventanilla del coche para abonar el importe del peaje, una bofetada de calor invadió el interior del coche.
- Suerte con los toros, maestro.
Sonrío al mozo del peaje y arrancó su Audi antes de que el otro se atreviera a sugerir que le firmara un autógrafo. Se apresuró a subir la ventanilla y continuar el viaje. Estaba claro que ni en el peaje de la autopista pasaba desapercibido.
Pedro Iturralde había decidido hacer el viaje a Pamplona en coche y reunirse con su cuadrilla en la capital navarra. Quería disponer de un tiempo para si mismo antes de tener que enfrentarse a sus viejos recuerdos. Pero no le iba a resultar nada fácil. Estaba claro que la excelente temporada que venía realizando y los éxitos en Méjico le precedían haciendo que los aficionados lo reconocieran en los lugares más insólitos. Acababa de tener una prueba de ello. Nada más salir de Zaragoza.
Aunque nadie discutía sus éxitos en el ruedo, el hecho de que en las últimas semanas hubiera sido fotografiado junto a una guapa actriz, protagonista de una de las series de más éxito de televisión, sin duda había contribuido a dinamitar, definitivamente, su ansiado anonimato. Pero Pedro no quería ese tipo de fama. Ni siquiera la otra, la que había llegado con sus éxitos taurinos. Sin embargo, su arte no podía ser discreto.
Eran las últimas horas de una calurosa tarde del mes de julio. Pero en el interior del vehículo Pedro podría haber imaginado que se encontraba en cualquier otro mes de no haber sido por el impenitente sol que hería sus ojos traspasando el cristal de sus gafas.
El maestro viajaba como más le complacía. Sólo, con sus pensamientos y las viejas melodías de Los Panchos por única compañía. A Pedro, que cada temporada recorría miles y miles de kilómetros, le gustaba conducir. Cuando toreaba prefería que fuera su mozo de espadas quien se hiciera cargo del volante. Sin embargo, en las distancias relativamente cortas, Pedro siempre viajaba solo mientras aprovechaba para dejarse llevar por sus pensamientos.
Por primera vez en diez años, volvía a Pamplona. Durante todo ese tiempo había vivido en Francia, mientras se preparaba para tomar la alternativa de manos del maestro Esplá; en Salamanca, donde aprendió a lidiar los toros de raza a los que después se enfrentaría en las plazas de primera categoría; en Sevilla, donde dio sus primeros pasos en el verdadero mundo del toreo, en el de los grandes cosos taurinos con tremendas exigencias. Durante algunos periodos de tiempo vivió también en Méjico. Allí estableció una especie de cuartel general desde el que se desplazó por todo lo largo y ancho de la geografía Iberoamericana.
Finamente, cuando el éxito le sonrió, se compró una amplia casa en Zaragoza porque no se atrevió a hacerlo en Pamplona. La capital del Ebro le ofrecía un refugio lo suficientemente seguro y anónimo, a la vez que cercano, que le permitía estar al tanto de cuanto acontecía en su tierra de origen manteniendo, sin embargo, una distancia saludable.
Después de años negándose, había llegado el momento. No podía dilatarlo más. Su apoderado le había dado un ultimátum:
- Pedro, no puedes dejar de torear en Pamplona. Es una de las plazas de primera categoría y es la única del escalafón en la que todavía no has lidiado.
Y, por eso, Pedro de la Fuente, "Salgari", había sido semanas atrás la gran baza de la Casa de la Misericordia en el cartel que ofrecía para los Sanfermines.
Pedro Iturralde hacía mucho tiempo que había perdido su apellido. Ni siquiera en los primeros tiempos, durante su estancia en Francia, había conservado su nombre. Los franceses fueron los primeros en ponerle el apodo. Era un torero letrado. Los libros tenían en su equipaje un sitio igual de importante que los trastos de matar. Tuvo una época, nada más llegar a Francia, en la que haciendo una especie de regresión a su infancia releyó toda la saga de Emilio Salgari. Aquellos protagonistas aventureros, fuertes, valientes... Pedro quería emularlos a todos. Por extensión, sus compañeros empezaron a denominarlo "Salgari" y así fue cómo, años más tarde, su nombre completo comenzó a imprimirse en los carteles. El maestro se había distanciado tanto de sus orígenes que cambió el apellido vasco (Iturralde, que significa junto a la fuente) por el De la Fuente, que se había convertido en una segunda piel. Años más tarde, nadie se acordaba ya de dónde procedía su sobrenombre y todo el mundo creía que lo había adoptado del primer toro que lo envío al hospital.
Pedro de la Fuente, "Salgari", torearía la tarde siguiente en la plaza de toros de Pamplona, el coso taurino que siempre había rehuido por motivos muy personales y al que finalmente se iba a enfrentar. Tenía que dar lo mejor de si. Enfundado en una casi nueva identidad, confiaba despistar cualquier atisbo de reconocimiento por parte de su familia. Aunque durante los últimos diez años algunos amigos y conocidos habían tratado de hacerle llegar distintos mensajes de su madre, Pedro había decidido que su pasado murió el día que partió para Nimes..
Los inicios no fueron fáciles. Aunque Pablo Hermoso de Mendoza, confidente y amigo, le había recomendado a uno de los empresarios de la plaza francesa, cuando Pedro llegó no tenía nada que ofrecer salvo su arrojo y valentía. Su tierra de origen no le había proporcionado demasiadas oportunidades para aprender su arte. Pese a algunos cortos periodos en los campos de Andalucía acompañando al rejoneador, su preparación era absolutamente insuficiente. Por eso, los primeros meses en Nimes fueron tremendamente difíciles. Pedro vivía en un pequeño ático en el centro de la ciudad, que se abría sobre un patio de vecinos en el que los olores, los sabores, la historia de cada uno de sus moradores era compartida y sufrida por todos los demás. Cuando no estaba entrenando o trabajando en una multiplicación infinita de trabajos sinsentido que le permitían subsistir, Pedro permanecía asomado a su ventana tratando de combatir la nostalgia que le producía un cielo permanentemente encapotado con la visión de futuras tardes de gloria granadas de sol. Meses y meses de férrea disciplina y continuo entrenamiento.
Desde su ventana soñaba con volver a España. Al principio, quería contar a los cuatro vientos que Pedro Iturralde, un pamplonés de toda la vida, había sido capaz de acabar con todos los prejuicios que existían en su tierra y convertirse en uno de los mejores toreros del escalafón. Porque Pamplona era así. Vivía los toros pero ninguno de sus hijos -hasta ese momento- habían pasado a formar parte de un mundo tan duro, de viajes constantes y peligro perenne.
Aunque en casa de Pedro siempre había habido tradición torista, no mantenía recuerdos más allá de las conversaciones que sus padres sostenían cuando finalizaba la corrida. Hasta donde le alcanzaba su memoria, ambos tenían un abono en grada de sombra que habían adquirido cuando fueron conscientes de que los años pasaban y ya no tenían ni edad ni ganas para aguantar los excesos de los peñistas. Pedro, en el tiempo que duraba la corrida, veía los toros desde la barrera, nunca mejor dicho. Televisión Española, la única tele que entonces existía, retransmitía varias corridas de San Fermín. Si no, la radio les avisaba cuándo era el momento de prepararse y salir corriendo a esperar a sus padres en aquella esquina del buzón del Colegio de María Inmaculada, el Servicio Doméstico para todos los pamploneses, donde la mitad de la ciudad esperaba a que la otra mitad saliera de los toros.
Pedro todavía conservaba en su retina el color de las pancartas de las Peñas, el blanco impoluto de las madres empujando carritos de bebé y sujetando a los niños firmemente por la muñeca mientras los mozos salían de plaza cubiertos con plásticos azules, amarillos y rojos que, lejos de protegerlos de la suciedad, se habían convertido en un amasijo de harina, vino y huevos que resbalaba por las mangas y perneras convirtiendo su atuendo sanferminero en un campo de batalla sobre el que las madres guerreaban cada día en un intento por devolverle una blancura imposible que ya nunca más lo sería más allá del 14 del julio.
Mientras cruzaba el puente de la autopista sobre el río Ebro a la altura de Castejón recordó una vez más, como siempre que atravesaba la localidad, las tardes del mes de agosto que, gracias a su amigo Vicente, pasó junto al agua imaginando tardes de gloria y aplausos. Porque Vicente fue testigo de sus primeros capotazos. Junto a la casa que sus abuelos tenían, a la que se accedía por una pequeña vereda que discurría entre el río y la vía del tren, había un pequeño cercado en el que un ganadero local criaba reses bravas que luego vendía a los ayuntamientos de las localidades vecinas para solaz de los lugareños durante las fiestas patronales de cada pueblo.
Cenaban junto a los abuelos de Vicente, a quienes siempre tendría que agradecer veranos felices compartiendo confidencias y enseñanzas con el que acabaría siendo su mejor amigo, para después salir a la calle con cualquier excusa. La verdad es que, en aquellos agostos tórridos de sueño imposible, cuando todos los chavales jugaban en la calle mientras sus padres reposaban la cena en el umbral de las casas, no les resultaba demasiado difícil justificar unas ausencias que Pedro aprovechaba para dar unos cuantos capotazos a las reses que después llegarían a los ruedos "espabiladas" por un chaval de a penas diecisiete años que utilizaba un viejo mantón de la abuela de Vicente para citar a aquellas vacas de escaso porte y cuernos casi ausentes mientras el amigo vigilaba para salir corriendo ante la menor señal que indicara la presencia del ganadero.
Cuando ahora recordaba aquellos momentos no podía hacer sino sonreír y revivir el calor de la sangre bombeada a toda velocidad por sus venas como consecuencia de la adrenalina descargada. Todavía hoy, tras una tarde de gloria, cuando todos se retiran y sólo Vicente permanece junto a él apurando un último gin-tonic, ambos ríen a carcajadas rememorando anécdotas de aquellos veranos. Como cierta vez que un gran perro les sorprendió en su camino hacia el cercado y Pedro se escudó tras Vicente sin pensar en las consecuencias.
- Todavía no sé cómo no dejé de hablarte aquel mismo día-, termina siempre Vicente riendo a carcajadas. .
Para Pedro fueron sin duda los mejores días antes de iniciar un viaje en el que tendría que afrontar sinsabores y dificultades, una vez aceptado el hecho de que la feroz oposición de sus padres a su deseo de convertirse en torero no remitiría nunca.
Mientras Los Panchos llenaban el agradable compartimento en el que había convertido su coche, "Salgari" volvió por unos momentos a convertirse en Pedro Iturralde, el tímido estudiante de Medicina que, solamente en verano y con la excusa de visitar a algún compañero de universidad, abusaba de la amabilidad de su mentor para bregarse en los campos de Andalucía ante fieros astados descartados para la lidia pero que sin embargo a él le permitían ir aprendiendo los entresijos de un oficio al que, sin duda alguna, finalmente se dedicaría.
Nunca iba a olvidar las lágrimas de su madre y la violenta reacción de su padre cuando les anunció su decisión de abandonar la carrera y dedicarse al toreo. No sirvió de nada que durante seis años de su vida se hubiera dedicado a obtener las notas más brillantes de su promoción. Ni que blandiera ante ellos el título que tanto habían ansiado ambos para él. Siempre querrían más. Cualquier cosa antes que los toros. Después de muchos años, habían renunciado incluso a sus abonos de la plaza de toros con el objeto de "no alentar esa idea de mil demonios que vete a saber quién te ha metido en la cabeza".
Pero Pedro, que sólo con recordarlo volvía a sufrir el mismo lacerante dolor que aquel día le hurgó las entrañas, se mantuvo firme, preparó sus maletas y emprendió un viaje sin retorno. Supo cuando abandonó la casa de sus padres que nunca volvería. Sólo entonces se dio cuenta de que nunca nada sería suficiente. Nunca estaría a la altura de las expectativas que sus progenitores habían puesto en él. Y dolió. Y siguió doliendo durante mucho tiempo. Y todavía dolía.
Sin embargo, había llegado la hora de enfrentarse a sus viejos demonios. Vicente tenía razón. Era el momento de volver a casa. Aunque sólo fuera para triunfar en esa plaza ante cuyas puertas tantas veces había soñado. Quizá consiguiera cruzar el callejón por el que, contracorriente, tendría que salir abrigado por las peñas. Unos mozos que, según le había anunciado su amigo, ya coreaban su nombre cada tarde en el coso. Sólo esperaba estar a la altura de las circunstancias. Nunca se perdonaría un fracaso en Pamplona.
El Audi se deslizaba ya por la Avenida de Zaragoza cuando fue consciente del contraste de rojo y blanco en el que la ciudad se sumerge cada 6 de julio. Le habían reservado una habitación en el Hotel La Perla. Porque, aunque la mayoría de los toreros se hospedaba en el Hotel Yoldi, Pedro no quería perderse la oportunidad de disfrutar de las buenas carreras que el Encierro le proporcionaría por la mañana y ver cómo se desenvolvían en la calle aquellos morlacos a los que, después, tendría que enfrentarse en la plaza. Un buen desayuno en el Belagua y un paseo por el Casco Viejo hasta la hora de la comida esperaba que le ayudaran a superar la nostalgia que, como una bofetada, le había golpeado en el momento en que fue consciente de su llegada a Pamplona.
Vicente casi le había insultado después de hacer la reserva y comprobar el precio de la habitación. Pero a Pedro eso le daba igual. Había llegado un momento en el que sólo quería disfrutar de todos aquellos pequeños placeres que el fruto de su esfuerzo podía proporcionarle. Y aún lamentaba que los suyos no pudieran compartirlo con él. Sabía cuánto hubiera disfrutado su madre en la casita que recientemente había adquirido en Zarautz, junto al Restaurante Arguiñano, en primera línea de playa, y con la que ella siempre había soñado. Cada vez que podía, Pedro dejaba Zaragoza para disfrutar de una visión privilegiada del Cantábrico. Nunca se cansaba de pasear la vista entre el promontorio sobre el que se asienta el camping y la abrupta silueta del "ratón" de Guetaria.
Tras aparcar su Audi en el reservado que el hotel tenía en el aparcamiento de la plaza del Castillo, Pedro se dirigió hacia el establecimiento. Aunque estaba acostumbrado a los tumultos que habitualmente le rodeaban al llegar a las plazas, no estaba preparado para los abrazos, saludos, gritos y aplausos que los pamplonicas le prodigaron nada más salir del aparcamiento, después de que una señora con su abanico y su pañuelico rojo anudado al cuello le reconociera.
Pedro agradeció el refugio fresco e íntimo que le proporcionó el hall del hotel. La recepcionista le anunció que su cuadrilla había llegado ya y que estaban dispuestos a reunirse con él en cuanto "el maestro" se hubiera aseado y descansado un poco. Pero "el maestro" no estaba dispuesto a compartir su tiempo con nadie. El día anterior le había dejado muy claro a Vicente que no deseaba cumplir con la rutina habitual de las horas previas y que sólo estaría con ellos cuando tuviera que vestirse para salir hacia la plaza.
Esa tarde y la mañana siguiente Pedro volvió a reencontrarse con una ciudad que, al igual que él, había madurado. Cada rincón, cada calle, cada local le resultaban familiares. Sin embargo, el paso del tiempo había tenido un efecto beneficioso sobre la población. Todo aparecía más nuevo, más limpio, más organizado. Y eso teniendo en cuenta que los Sanfermines nunca es el mejor momento para visitar Pamplona. La excesiva afluencia de visitantes, a pesar de los titánicos esfuerzos de su Ayuntamiento, siempre tiene consecuencias nefastas para la ciudad.
Exactamente a las cinco de la tarde, Vicente cruzaba la puerta seguido por toda la cuadrilla. Para esa tarde, Pedro había elegido un terno grana y oro. Entre las filigranas que adornaban la chaquetilla, el maestro había pedido a las Madres Recoletas que bordaran un pequeño San Fermín casi oculto en un lateral bajo su brazo izquierdo. En la taleguilla, las iniciales S. F. J., casi a la altura de la faja, para invocar la protección de San Francisco Javier, copatrón de Navarra.
Vicente colocó sobre la cama la montera, las hombreras, la camisa, los machos, el corbatín, los cabos, el chaleco, la casaquilla, la faja, la taleguilla, las medias y las zapatillas. Y, después, tal y como venía haciendo desde hacía casi diez años, transformó a Pedro Iturralde en Pedro de la Fuente, "Salgari".
"Salgari" llegó a la plaza y saludó a sus compañeros de corrida: Enrique Ponce y Julián López, "El Juli". Después de pasar por la capilla, "Salgari", envuelto en su capote de paseo y con la montera en la mano, se colocó entre sus compañeros y se dispuso a salir al coso. Notaba en sus entrañas el retumbar de los bombos. Pero el ruido de la plaza, casi ensordecedor, estaba actuando como un calmante, adormeciendo las emociones que hasta hacía unos segundos habían galopado sin freno llevándolo al extremo de pensar que no podría hacer el paseíllo.
Ahora, en la misma puerta de acceso al coso ya sólo quería que los caballos de los alguaciles iniciaran el camino hacia la Presidencia. Pedro de la Fuente, "Salgari", adelantó su pie. No había marcha atrás. Al son de la música, con el sol brillando sobre las lentejuelas que adornan su traje de luces, "Salgari" pisa con autoridad la arena y avanza. Junto a la Presidencia, donde siempre estuvieron, sus padres aplauden. Pero el torero está ya en el callejón, desplegando sus trastos, esperando la salida de "Embajador", un cebada gago negro bragao meano, de 579 kilos de peso.
La ilustración corresponde al grabado titulado "El famoso Martincho poniendo banderillas al quiebro". Aguafuerte, aguatinta, punta seca y buril. 249 x 357 mm. De la serie "La Tauromaquia", de Francisco de Goya. Podéis encontrar toda la serie aquí.
Zapatos

El Magazine que "El Mundo" edita el fin de semana recogía hace unos días una entrevista de Víctor Rodríguez titulada "La horma de mis zapatos". La protagonista era Silvia Munt, que aparece retratada con unos zapatos carísimos que asegura haberse puesto por primera vez en el estreno de una de sus películas.
A la pregunta de ¿cómo se ve el mundo desde unos tacones "made in Suecia"?, Munt responde lo siguiente:
"Muy frágil. Porque puedes caerte enseguida, al mismo tiempo pareces más alta y estás con una aparente seguridad. Pero es mentira... "
Una de las cosas que no he confesado aún en este blog es que soy una auténtica loca de los zapatos. Me muero por ellos. Ambos mantenemos una auténtica historia de amor apasionada. He de reconocer que cuando "me enamoro" de unos zapatos, no paro hasta verlos puestos en mis pies.
A estas alturas de mi vida sé de dónde proviene esta afición pero no es el momento de desvelarlo. Sin embargo, si es cierto que mi gusto por los zapatos ha determinado muchas veces la ropa que he llevado a una boda o acontecimiento. Últimamente, cuando alguien me invita a una fiesta o similar... procuro no mirar los escaparates de las zapaterías hasta que no he decidido la ropa que voy a llevar. Y, después, me compro los zapatos.
Hasta ahora siempre era al revés.
Me encantan los zapatos: con tacón, con mucho tacón, los modernos, los de salón, los de colores, las botas con cordones, las que no los llevan, las sandalias, los zapatos bajos, los deportivos... Y me muero por las bailarinas... me compraría miles. Toda mi seriedad se pierde en los zapatos. Lo que jamás me pondría en el cuerpo mis pies lo aceptan sin complejos. Porque ellos son atrevidos, alegres, vistosos, sensuales, juguetones, soñadores, extrovertidos, elegantes, llenos de vida.
Tal y como dice Silvia Munt, unos buenos zapatos de tacón me proporcionan una seguridad que estoy muy lejos de sentir. Sin embargo, es verdad que cuando uno ve el mundo diez centímetros por encima de lo que está acostumbrado a mirar, la perspectiva es distinta. Y, también es verdad, en este mundo de hombres por el que transito, que cuando una puede sostener su mirada no desde abajo sino a la misma altura la actitud cambia.
Lo de los tacones también tiene sus inconvenientes porque no soy especialmente pequeña. Por lo tanto, cuando me pongo tacones mi altura intimida a muchos de los que me rodean. No hace mucho me comentaba un conocido lo difícil que es acercarse a mí. El envoltorio de seriedad que cubre una tremenda timidez parece alejar a quienes no me conocen. Sin embargo, quien lograr superar esa barrera, me ha ganado para siempre. Y lo que hay detrás de esa imagen es lo que vierto en mi blog. Por cierto, confío en no parecer seria ni distante. Porque mi blog es como mi casa: pequeño, cálido y lleno de luz. Quienes llegais a él sois siempre bienvenidos.

El autor del blog "Los Evangelios de la risa absoluta" realizaba días atrás una reflexión sobre el placer de escribir. En el post aludía a una cita de Paco Umbral sobre como él entendía el acto de escribir:
"Escribo por el placer de desaparecer. Es mi forma de transparencia. Todos hemos querido ser invisibles alguna vez. El éxtasis, la levitación. El mundo y la escritura se intercambian reflejos, luces, y yo estoy en medio, entre dos fuegos, desaparecido, sin peso. Escribir es ausentarse. Escribir es perder peso. Un adelgazamiento súbito".
Cuando yo me siento a escribir también tiendo a desaparecer. Quedo anulada en una especie de limbo empañado en el que las ideas se derraman a través de mis dedos, ausente a cuanto me rodea. Mis historias se construyen a medida que avanzan los relatos. Sin un final preconcebido.
Por eso, asumo como propia la idea de que escribir es ausentarse, escribir es perder peso, un adelgazamiento súbito. Y, añado, una liberación para el inconsciente oscuro. Porque las ideas que se vierten sobre el papel acaban siempre empañadas de sentimientos profundos que anidan en el interior. Y expulsarlos me libra de una carga física que determina mi actitud.
