Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2008.
Fernando Sarria
Fernando Sarria ha montado una orgía de poemas en este mes de febrero. Quiero unirme a su iniciativa reproduciendo aquí uno de los suyos: Me gusta especialmente porque las palabras también caen sobre mi como una lluvia... a veces incluso como una pedregada.
Hoy las palabras no significan nada, son palabras.
En su lluvia descienden sobre mí
con un caudal que sólo me desnuda,
pero no significa nada, son palabras.
Te digo que el día se guarece en su plomada oscura
y en la piel no me queda ni esperanza,
pero no significa nada, son palabras.
La tarde nos traerá su versículo de muerte,
un lacerado olvido cubriéndonos la espalda,
una canción que el viento soporta en su derrota,
pero no significa nada, son palabras.
Por eso hoy me deshago y sólo me sustento
volcado en el silencio,
hoy sólo deseo dormir en tu silencio.
Tarde de domingo
Tarde de domingo. Un Nocturno de Chopin. Tristeza y melancolía.
El cielo ha nacido azul pero hoy todo parece cubierto de un vaho de niebla y sombra.
Incluso el agua del río que recorre la ciudad se asemeja al mercurio gris.
Un vaho de luz opaca esconde hoy la alegría. Me ahogo en mi soledad.
Soñaba anoche que encontraba una nueva luz, un faro que el sol anula porque resulta ser espejismo.
Pena de domingo. Tarde de Chopint. Nocturno... "Melancolía".
Poema

Para él, pues aún ignorándolo, ha calentado mi corazón devolviéndole la vida.
La foto es de Miguel Ángel Latorre y el poema, que traigo desde el blog de Le Mosquito , es de Nizar Kabbani, traducido por María Luisa Prieto.
Cada vez que viajo en tus ojos
siento que monto en una alfombra roja,
me eleva una nube rosa
luego otra violeta
y giro en tus ojos, amor mío,
giro, como la tierra.
Feliz once cumpleaños

Este cuento, que nació a partir de una fotografía de Miguel Ángel Latorre, es para Patxi.
Es el regalo de cumpleaños que no espera y que siempre quiso. He escrito historias para otros, relatos de ficción que a veces parecen reales y que nunca ha leído... Muchas veces me ha pedido que escribiera un cuento para él.
Aunque mañana cumple once años y ya es lo suficientemente mayor como para no reconocer a los duendes de mi hayedo, seguro que todavía es capaz de atisbar, tras esa hoja tan brillante que hay en primer plano, las manitas de Píplim, el protagonista de SU cuento.
Felicidades, hijo, y gracias por tu luz.
Píplim es un duende.
¿Qué dices? ¿Qué no existen los duendes?
Me parece que estás equivocado. Los duendes siempre han existido y siempre existirán. Pequeños, alegres, traviesos, juguetones... A veces también renegones. Los hay de muchas clases. Igual que las hadas. Todo depende del bosque en el que vivan.
Otra cosa son los ogros, los dragones, los gigantes... Eso ya son cuentos de niños pequeños para escuchar a la hora de dormir.
Pero tú eres grande. Hoy cumples once años y, por tanto, te mereces una historia de duendes.
¿Once años he dicho?
Casi los mismos que Píplim si los años de los duendes se contaran igual que los de los humanos, que, por supuesto, no es así.
He dicho Píplim, si. ¿No te gusta el nombre? Pues es uno de los nombres de duende más bonitos que he oído. Porque Píplim, te vuelvo a decir, es un duende. Demasiado alto para su especie, demasiado listo para sus vecinos, demasiado rubio para su familia, un poco torpe pero muy simpático.
Tampoco tiene las orejas como sus hermanos. Cuando era pequeño, en la edad en la que a los duendes les empiezan a picar las orejas y conforman esa apariencia tan característica de pirámide resbaladiza, Píplim no sentía nada. Es más, sus orejas seguían siendo redondas mientras las de sus hermanos, amigos y vecinos, poco a poco, pasaban a lucir unas bonitas formas puntiagudas.
Por más que el pequeño duende recorriera el hayedo buscando ortigas para frotarse la barriga (alguien, no sé muy bien quién, le había dicho que si se pasaba las ortigas por su ombligo tendría las orejas más bonitas de todo su árbol), la forma de sus orejas permanecía invariable. Anda que... vaya cabecita la suya. Resulta que, además de ser el único duende de su edad con las orejas redondas, resultaba doblemente singular con su pequeño ombligo puntiagudo eternamente irritado. Todos los niños de su árbol se mofaban de él. Salvo Pinim y Píbim, sus dos mejores amigos, que siempre recogían las mejores hojas de su barboyedo (el barrio que rodeaba su árbol, para que me entiendas) para hacer un ungüento sanador que reparara su ombligo de tal manera que volviera a recuperar su estado original.
Y ya que estamos hablando de su aspecto, la nariz... ¡Vaya qué nariz! Redonda y pequeña. Nada de esa puntita tan elegante que mostraban sus amigos. Nada de las pecas que resbalaban por las napias de sus hermanos. Él ni pecas ni puntita. Vamos, un desastre de nariz. Según todos los del barboyedo... claro.
(Continuará.....)
Los marineros son las alas del amor
Luisa anda estos días paseándose en volandas de una campana. Con cariño, le dejo aquí un poema de Luis Cernuda.
Los marineros son las alas del amor,
son los espejos del amor,
el mar les acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.
La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.
Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero sólo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.
Un baúl dorado

Tengo un baúl dorado, repleto de tesoros.
Ha pasado un amigo y le he regalado una flor.
Rosa, que me ha llamado para recordarme que sigue esperando, se ha llevado un libro.
Javier, al que hace tiempo que no veo, debería quedarse con mi cuaderno. Así sabría cuánto lo quise y cuánto lo quiero.
Carlos, con esa timidez que barniza los primeros encuentros amorosos, no sabe qué pedirme. Ni tampoco sé yo qué darle.
Mi madre se ha quedado con toda la gratitud que guardaba.
Para mis hermanos, amor, amor, amor.
Para los niños.... un montón de serpentines, luces de colores y globos que guardaba en el fondo del cajón.
Para mis jefes... comprensión, mucha comprensión y tolerancia.
A mis compañeros les guardo una sonrisa, que cada mañana nace en la comisura de mis labios y a medida que avanza la jornada se desliza por mi garganta dejando un regusto amargo.
A Dios... gracias eternas por la vida que me dio y las pruebas que establece para hacerme avanzar.
Todo esto y todos ellos permanecen en mi baúl.
Dentro también tengo letras, pensamientos y canciones que me hacen soñar y que evitan que me hunda en la realidad que me rodea.
A mis primas, a las que quiero siempre, letras eternas que a veces se cansan de leer pero sin las que me extrañan.
Para mis maestros guardo proyectos, escritos, leyendas, actuaciones que siempre esperaron de mi y que me esfuerzo en ejecutar.
Para mi maestra, que casi es una madre, gratitud y respeto.
A mis profesores, por el tiempo invertido en esa educación que me ha permitido ser lo que soy, un recuerdo que guardo bajo un mantel que hizo mi madre y que algún día heredará la niña Leire.
Tengo un baúl dorado, que guarda tantas cosas buenas, que reluce y brilla tanto que daña la vista de aquellos que pasan sin mirarlo.
Es mi baúl.
En él, seguro que también guardo algo para ti.
Violencia de género

Escucho la noticia de una mujer que ha muerto a manos de su excompañero.
¿Cómo puede ser compañero semejante condena?
Lágrimas de sangre no son suficientes para llorar su pérdida.
Los Panchos

"Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo.
¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?
Na, na, na, na, na.. La, la, la, la.
No quisiera yo morirme sin tener algo contigo".
¡Qué penita mora! Siempre había sido incapaz de recordar las letras de las canciones. A lo largo de su vida, a duras penas había conseguido retener en su memoria algunas letras inglesas que, merced al esfuerzo que había tenido que hacer para entenderlas, permanecían en su memoria inmunes al paso del tiempo. Lo mismo le ocurría con algunas nanas que desde pequeña había aprendido a cantar en euskera y que, a falta de una traducción exacta, llevaba grabadas en su corazón, donde se esconden los recuerdos más dulces.
Pero con esta vieja canción de Los Panchos le ocurría una cosa extraña. Era capaz de recordar el principio y el final de las estrofas pero perdía todo el intermedio. Vamos, casi lo mismo que había ocurrido con su vida. Un vacío de siete años que había desaparecido de su memoria pero que seguía grabado a fuego en su interior.
El yo consciente de Melisa recordaba entre brumas lo acontecido siete años atrás. Su yo inconsciente, sin embargo, revivía una y otra vez las escenas que le habían conducido a una nueva vida que trataba de sacar adelante con esfuerzo y sacrificio.
Había llegado un nuevo tiempo y la luz parecía inundarlo todo. Sin embargo, Melisa seguía sin ser capaz de articular palabras y a su mente acudía sólo, de forma reiterada, la vieja canción de Los Panchos. Una canción que parecía tener vida propia y que sonaba una y otra vez siempre que él se acercaba. Melisa quería mirarle a los ojos pero él hurtaba su mirada, temiendo lo que vendría después. Ella también recelaba pero se dejaba llevar por la música, que la envolvía en un nudo de bruma espesa y cálida.
La foto está aquí
Nana de amor

Desde hace varias semanas el eco de una melodía incomprensible martillea insistentemente mi interior. Ahora, que he vuelto al útero materno, percibo sonidos atravesando la densa bruma que me rodea y atenaza mis sentidos. El sonsonete se repite una y otra vez hasta convertirse en una sucesión de pitidos que me arrastra hacia el exterior sacándome del letargo protector en el que tan cómoda me encuentro. Floto de nuevo en el líquido amniótico mientras, en la lejanía, atisbo la voz de mi madre: suena como un tierno arrullo que calma mi aflicción.
Sin embargo, el sonido se impone a su amor. La nana que resuena en mi cabeza pierde fuerza para cederla a ese eterno ruido que taladra mis sentidos, o lo que queda de ellos. Pasa a primer plano y vuelve la consciencia. Aunque me resisto, mi cerebro percibe mensajes del exterior. El coche que ha destrozado mi cuerpo, arrastrando consigo parte de mi ser, no me ha robado la capacidad de escuchar, la de sentir o la de amar. Unos dones a los que gustosamente renunciaría a cambio de la seguridad que proporciona este refugio temporal.
A duras penas, sin querer y a pesar de mí, la consciencia penetra y con ella descubro que no estoy sola. Una piel roza la mía. Miles de neuronas se ponen en alerta: está junto a mí. La textura que percibo no se parece a la de aquellas manos que me acariciaron y amamantaron mientras fui un bebé, ni a aquellas otras fuertes y seguras que me alzaban al cielo para después recogerme en la caída. Éstas, de las que me gustaría huir, se parecen más a las de aquél de quien me enamoré porque me hacía reír, las de quien me rompió la imaginación y luego destrozó mi corazón induciéndome al llanto.
Suspendida en la humedad, mis lágrimas se funden con las de mi madre. Escucho su voz. Percibo su angustia. Pero mis labios están sellados y ni siquiera sus caricias consiguen hacerlos reaccionar.
Yo te oigo, madre. Y, aunque te escucho, no puedo responder. En el nuevo refugio que me has otorgado escucho tu nana y evoco mi vida. Me amamantaste, me cuidaste, me protegiste y me escuchaste. Me apoyaste cuando lo necesité y me animaste cuando no tuve fuerzas. Me respetaste siempre y me comprendiste. Me trajiste la calma cuando la confusión se instauró. Reímos y lloramos juntas. Pero siempre, siempre, me quisiste.
Cuántas veces hubiera podido hablarte y no lo hice. Y ahora que lo intento no lo consigo. Siento que la vida se me escapa a raudales y yo la dejo ir. No hay nada que la retenga. A tí te esperaré al otro lado.
Mientras tu voz me acompaña, atisbo una luz al final de la oscuridad. De los muchos caminos que hemos recorrido juntas, éste es, sin duda, el más difícil. Aunque siento tu mano junto a la mía, la senda que ahora recorro sólo más tarde la iniciarás tú.
Madre, ¡cómo hubiera deseado evitarte estos momentos amargos! Porque yo ya no padezco pero siento tu dolor. Tu desconsuelo empapa cada poro de mi piel. Tu desesperación me hiere tanto que huyo de nuevo a mi refugio para aguardar el final de mi viaje.
La bruma vuelve. No distingo los objetos pero mi mente, traicionera, vaga entre recuerdos vividos o imaginados. ¿Es real la huida? ¿Es imaginado el desprecio? ¿Acaso la humillación, el desánimo y el menosprecio son una mera ilusión? ¿También cuando caigo entre las ruedas del coche? Creo que todo fue un sueño.
En algún momento sentí dolor. Probablemente cuando rodé bajo la cama tratando de protegerme. Seguro que cuando abandonó la habitación para volver con la correa y arrastrarme hasta el balcón. Qué importa que el coche fuera demasiado rápido. A quién le interesa si yo escapaba de una condena... Dentro de poco sólo seré una breve reseña periodística: "C.A. ha fallecido esta mañana en el Hospital Miguel Servet a consecuencia de las heridas recibidas el pasado fin de semana cuando fue arrollada por un conductor que transitaba por la Avenida Hispanidad en el cruce con Gómez Laguna. Fuentes policiales han confirmado que el conductor del vehículo no pudo evitar el atropello ya que la víctima apareció de repente y se arrojó a la calzada. En el momento del suceso, C.A., y a pesar de las bajas temperaturas que Zaragoza registra estos días, sólo llevaba puesto un pijama".
De nuevo, está junto a mí. Lo siento. Oculta la verdad porque, si no, madre ¿consentirías su presencia? A veces, a través de la niebla, siento sus manos atenazar mi cuerpo. Y el miedo vuelve hasta que escucho tu nana y llega el amor verdadero. Después nada de eso tiene importancia porque mi condena toca a su fin. A partir de ahora empieza su calvario.
Ese sonido vuelve... y me conduce al exterior.
Madre, no llores. Te escucho y me entristece. Vuelve a cantarme esa nana que tanto me gusta. Así, despacito... El sueño vuelve. El sonido se empaña. Las palabras ya no llegan. Al fin, ESTOY SOLA.
La foto es de F. González
