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1 de noviembre. Todos los Santos
Del blog de Fernando Sarría tomo prestada hoy la música para el día de Todos los Santos. Chopin, siempre Chopin. Un hermoso acompañamiento para el final. Todo acaba.
Llueve
El agua sigue cayendo impenitente sobre Zaragoza. Empezó ayer por la tarde-noche y sigue sin parar. La lluvia y la nostalgia. Porque el otoño entierra sus raíces a medida que se prepara para dar paso al invierno pero la nostalgia que ha traído no cede espacio.
Psicodelia

Luisa Miñana acaba de publicar un nuevo capítulo de La Arquitectura de tus Huesos. En esta ocasión el tema, que parte de la obra fotográfica de Miguel Ángel Latorre, aborda el tema de la arquitectura y la psicodelia. A mi, que me gusta ir picoteando en los blogs amigos, me gusta especialmente esta foto que contextualiza el capítulo.
Noviembre
A María no le gusta noviembre. Vuelve a llover. Igual que aquel día. Y que los otros que siguieron. Llovía sin cesar. El cielo estaba oscuro y las jornadas llenas de pesar. Llovía continuamente: fuera, el agua caía en un manto incontenible que lo arrugaba todo, y dentro, el corazón, desgarrado en su tristeza, desbordaba el dolor en lágrimas infinitas.
Cuando llega noviembre María recuerda las prisas bajo la lluvia, sin paraguas, cargada con sus bolsas, de taxi en taxi. Los nervios. El miedo. La angustia. La tentación que llega ante un coche veloz que casi roza su ropa. Rememora sensaciones antiguas, encogida en vehículos ajenos para evitar que la reconocieran y delataran su presencia. Evitando lugares habituales, sitios conocidos, los pocos amigos que quedaban. Aislada del mundo. Porque cualquiera da pistas a aquel que sabe encontrar abrigo junto al poderoso. Siempre escondida en espacios cerrados. Sin apenas atreverse a pisar la calle por miedo a encontrar aquello de lo que huye.
María recuerda también noches eternas. Días inacabables. Jornadas en las que el teléfono sonaba sin cesar al abrigo del sol o la luna. Llamadas repetitivas que se anunciaban con una melodía que jamás ha querido volver a escuchar y que ha quedado soldada a fuego con el dolor de aquel tiempo.
En este noviembre, lluvioso y frío, de un otoño caduco, ella rememora los días de espera, sin destino, sin ocupación, sólo aguardando. En la confianza de que, uno tras otro, aquello tendría fin. Recuerda las mañanas. Final de un periodo en el que el sueño llegaba tarde y preñado de imágenes odiosas, de miedo. En los que el despertar sólo traía más angustia. Un corazón acelerado que despertaba antes que el resto del cuerpo anticipando el dolor que iba a llegar con la conciencia.
María recuerda ahora aquel hostal que fue su primer refugio. Sucio, frío. Inhóspito. Lleno de extraños. De ruidos ajenos. Donde las miradas no eran buen augurio y rehuía las palabras para no tener que dar explicaciones. Y allí estaba. Avergonzada. Porque estaba de prestado. Junto a ella, otras. Solas. Con niños... Y María sigue recordando las lágrimas del pequeño. Sus sueños interrumpidos, sus llantos. Y recuerda el otro sitio. Aquel que, compadeciéndose de su desesperanza, les ofreció quien menos esperaba. Y no puede olvidar las noches de frío que siguieron. La lluvia constante, los viajes en un coche prestado por una carretera desconocida y el peligro que acechaba en cada esquina. Y la lluvia. Que caía sin cesar. Impenitente. Derramándose en lágrimas sueltas.
Y recuerda su extrañeza, cuando escapaba un momento de su escondite, porque para el resto del mundo la vida continuaba. Y ella, María, contaba sus monedas. Porque no sabía cuánto tiempo durarían. Buscaba una salida, un refugio más seguro. Porque el cerco se estaba cerrando.
Y era noviembre. Y ningún noviembre ha vuelto a ser lo mismo desde entonces. Y menos cuando llueve. Porque la lluvia trae el recuerdo, que vuelve una y otra vez con toda su crudeza. Porque el paso del tiempo no ha borrado las escenas que regresan con la misma intensidad de entonces.
Y María, porque ya lo sabe, ensaya el mismo método. Pasa las noches esperando una nueva mañana. Un día tras otro. Aguardando que el tiempo transcurra y que, cuando el 19 no sea más que un recuerdo, el dolor se esconda hasta el próximo noviembre.
Más silencio
La mente tiene recursos inexplorados. Es curioso cómo hace enmudecer las cuerdas vocales cuando queremos decir aquello que no podemos o no debemos. No me llaméis. No podré contestar. Una oportuna afonía me ha hecho enmudecer de momento. Sólo puedo seguir escribiendo.
Obama
Supongo que esto que ha pasado en Estados Unidos es muy importante. Y lo supongo porque mi hijo, de once años, cuando esta mañana se ha levantado me ha dicho, antes del beso matutino:
- ¿Qué ha pasado, mami?
- ¿Cómo que qué ha pasado?, he contestado yo.
- ¿Quién ha ganado?
Y me he ido a la radio para saberlo.
Julio Cortázar
"Nada está perdido, si tenemos el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo".
...a star alone
Innisfree, que nos mantiene informados de todo aquello que tiene relación con Irlanda, su actualidad, música y costumbres, nos recuerda hoy ha salido a la venta el nuevo disco de Enya: And winter came.
No puedo subir la canción, aunque lo intentaré más tarde, pero si la letra de uno de los temas que Innisfree gentilmente transcribe y que tiene mucho que ver con este mes de noviembre.
Trains and winter rains
(Letra de Roma Ryan)
City streets passing by
Underneath stormy skies
Neon signs in the night
Red and blue city lights
Cargo trains rolling by
Once again someone cries
Trains and winter rains
No going back no going home
Trains across the plains
And in the sky a star alone
Every time it’s the same
One more night one more train
Everywhere empty roads
Where they go no-one knows
Trains and winter rains
No going back no going home
Trains across the plains
And in the sky a star alone
Trains and winter rains
No going back no going home
Trains across the plains
And in the sky a star alone
Trains and winter rains
No going back no going home
Trains across the plains
And in the sky a star alone
Trains and winter rains
No going back no going home
Trains across the plains
And in the sky a star alone
El último silencio virgen
De todos es sabida ya mi pasión por los bosques de hayas. Ellos constituyen mi refugio y mi inspiración. Hoy me gustaría conduciros al bosque de Larra de la mano de Cosas de Cumbres, un blog de un pamplonica al que conocí hace muchos años y cuya casa me encanta visitar por sus fotos y sus crónicas.
Niebla

La niebla esconde las flores. Todas y cada una de ellas. Las que resisten el otoño y aquellas que, escondidas en los libros, vivieron el calor del verano.
La niebla ha llegado esta mañana. Como el velo de una novia, ligero y sutil, sostenido en el viento. Como el vaho que trae la emoción a los ojos. Con su silencio. Polvo de estrellas.
La niebla -que transforma paisajes, sonidos y personas desdibujando la memoria- permanece. Aire denso y pesado. Recuerdos antiguos. De otras vidas. Fueron existencias en las que el sudor helado del rocío llegaba cada mañana para quedarse. Y el sol, que no estaba, alentaba pasiones imperfectas. Emociones muertas. Resecas por el viento. Y sólo la niebla, con el poder que el agua instila, despertaba del sopor una piel arrugada, marchita, ahogada.
La niebla ha llegado esta mañana y el frío que le acompaña ha herido las hojas de muerte. Batían en lo alto, lastimando pensamientos y emociones. Bañadas en un sudor frío. Su olor, humedad y primavera, recordaba que el invierno está cerca.
Pero antes, este noviembre reseco, callado, pesado, certero, resistirá un poco más. A pesar de las flores, de las hojas que reniegan del frío que les impele al letargo. La niebla, que atenúa la luz, oculta todo. Y adormece. La niebla esconde las flores. Todas y cada una de ellas. Y, en silencio, caen. Despacio. Dañadas. Muertas.
De la hora de la cena a la amistad, pasando por el corazón
La hora de la cena es el momento que mi hijo aprovecha para contarme algunas de las cosas que le preocupan. Hoy hemos abordado el tema de los amigos. En un momento en el que los colegas empiezan a tener una importancia vital, siente que alguno de los que componen su círculo más íntimo no responden a las expectativas que él ha puesto sobre ellos.
Ha seguido una "profunda" conversación sobre la amistad, la necesidad de cultivarla y la conveniencia de trabajar para que ese sentimiento no se pierda sino que, con el paso del tiempo, profundice y se fortalezca. Y sobre la conveniencia, también, de cortar aquellas ramas que surgen podridas porque podrían llegar a contaminar toda la planta.
La conversación me ha hecho reflexionar sobre mis propios amigos y, una vez más, he vuelto a ser consciente de lo afortunada que soy y de cómo mis propios "colegas" me han acompañado en los mejores y los peores momentos.
Es cierto que en la vida de uno acaba habiendo muy pocos amigos verdaderos. Quizá podrían contarse con los dedos de la mano. Tengo una amiga que es como si fuera una hermana. Nos conocemos desde nuestra niñez y juntas hemos vivido nuestros primeros amores, la preocupación por los estudios, el descubrimiento del mundo, aquellos viajes surrealistas llenos de risas, los desamores, los éxitos y los fracasos, los anhelos más íntimos... Ella es mi AMIGA.
Es verdad que hay otros que, en mi círculo de confianza, ocupan lugares destacados. Pero también es cierto que, a estas alturas de mi vida, hay muy pocos a los que yo les permita reconvenirme o "renegarme".
Sin embargo hay uno que no por reciente es menos amigo. Él me hace llorar a veces, con él me río, es un ángel de la Guarda en muchas ocasiones, me tomo muchos cafés alegres, sombríos, serios, relajados... Compartimos muchas cosas. Y sólo él conoce secretos que los demás ignoran. Nuestro grado de confianza ha llegado a tal punto que ambos podemos permitirnos el lujo de decirnos cosas que a otros no osaríamos siquiera insinuar y también consentirnos palabras que en el resto constituirían una ofensa imperdonable.
Mi amigo, mi compañero, hoy me ha reñido. Me ha reconvenido porque escribo. Y, más que nada, lo ha hecho por lo que escribo. Supongo que, como alguno de vosotros, preferiría que abordara otros temas o relatara cuestiones menos sombrías. Y, por encima de todo, sé que está preocupado por mi bienestar.
Sin embargo, el mes de noviembre pesa como una losa. Y aún queda un buen trecho de subida y toda la bajada. Y, a pesar de que también otra persona me ha dicho hoy que -dada mi vocación/profesión- no debería tener ningún problema a la hora de escribir acerca de cualquier tema, la verdad es terca y la página en blanco no puede ser ajena a lo que pasa por mi corazón y por mi mente. Por eso, y aunque me empeño, los temas no acuden y relleno el espacio con esa música que en este tiempo me ayuda a cubrir las ausencias.
Cada noche repito el mismo ritual. En la habitación donde él duerme, ajeno a mis cuitas, me siento. Porque es ahí donde me gusta escribir. Porque por un oído escucho música y por el otro esa respiración pausada que me habla de un niño sano, feliz. Y es ahí, sin embargo, donde me siento más sola. Frente a la página en blanco. Y cada noche es una batalla. Porque, sin orden ni concierto, las ideas llegan a las yemas de mis dedos, que vuelan veloces sobre el teclado, vertiendo sentimientos profundos y sinceros. Y muchos días, sin el filtro de la noche, que pone las cosas en su sitio y las devuelve al lugar que les corresponde, subo los textos al blog. Piezas que, cuando leo más tarde, casi no reconozco salvo por un eco lejano. Por eso, y porque he querido hacer caso de mi amigo, he empezado escribiendo acerca de la amistad y he terminado hablando de otras cosas. No obstante, porque sus consejos siempre son certeros, voy a perseverar y trataré de seguir sus indicaciones. Sin embargo, y aún cuando he tratado de renunciar a la escritura, la necesidad es más grande que mi determinación y las palabras surgen en cada momento y las ideas se agolpan en los dedos a la espera de encontrar esa senda blanca que las conduce al papel, donde toman forma y conciencia y se convierten en una realidad ajena a la mía.
En cualquier caso, muchas gracias t., porque has conseguido que la tarde fuera más alegre que la mañana. Y te prometo que voy a intentar escribir en los próximos días sobre esa estampida a la que nos referíamos el otro día y que tantas carcajadas nos arrancó.
Turrones
No hay más que darse una vuelta por cualquier centro comercial para darse cuenta de que la Navidad está cerca. Da igual que estemos en crisis, que cada vez seamos más descreídos. Sin embargo, una de las muchas cosas buenas que tiene es el turrón. Mi querido Alas de Plomo hacía estos días una referencia a unos dulces que se hacen precisamente en Zaragoza. Y como estoy un poco harta de esta globalización que nos machaca, voy a reivindicar lo zaragomaño. Os invito a que visitéis su blog y os deis un banquete dulce para ir abriendo boca.
La boda de mi mejor amigo
He visto esta tarde La boda de mi mejor amigo. Debe ser la tercera o cuarta vez. No puedo evitarlo. Soy fan de Julia Roberts. Aunque me encantan las películas con final feliz, con ésta hago siempre una excepción. Y, claro, según se vea, esta peli también tiene un final feliz, desde otra perspectiva. Las cosas no siempre salen como uno desea sino tal y como deben ser. De la peli hay dos momentos que me gustan mucho: ambos relacionados con la música. El primero de ellos es éste, cuando los invitados entonan "I say a little prayer for you":
Y me gusta mucho también la escena final. Porque, tal y como me ocurre a mí, el baile acaba extrayendo la sonrisa más escondida. Sonrisa que al final es casi una carcajada de felicidad. Porque la música es un bálsamo aplicable a todas las heridas.
Las zapatillas de baile
Cuando era pequeña, había un cuento que me gustaba mucho y que hablaba de una princesa a la que su padre había encerrado en su casa y no dejaba salir. No recuerdo muy bien los términos en que se desarrollaba la historia pero sí tengo claro que ella escapaba por las noches, a través de una puerta secreta, para ir a bailar. Bailaba, bailaba, bailaba y bailaba hasta la madrugada. Y su padre sólo descubrió la historia cuando se dio cuenta de que las zapatillas de baile de su hija se desgastaban con una rapidez inusual.
Yo me siento también como esa princesa del cuento que se escapa por las noches y gira al compás de la música mientras desgasta las zapatillas de baile. Mientras giro, al compás de la música, vivo.
La Arquitectura de tus Huesos

Luisa Miñana, como cada semana, acaba de deleitarnos con un nuevo capítulo de La Arquitectura de tus Huesos.
En esta ocasión, el punto de partida es un relato titulado "Omnia Vincit Amor" (El amor lo puede todo) que aborda la desigual relación que se inicia entre un adolescente de catorce años y una mujer de 28. Luisa explica que el origen del relato es una historia real que, como la vida misma -digo yo-, podría no serlo.
En esta labor de contextualización que Luisa lleva a cabo con cada uno de los capítulos de La Arquitectura de tus Huesos, voy a aportar un granito de arena transcribiendo un fragmento de la novela El filo de la navaja, de W. Somerset Maugham (que, por cierto, tomo prestada, y espero que no se moleste, del blog de Luisgui):
"Si un amor no es pasión, no es amor, sino otra cosa; y la pasión no prospera siendo satisfecha, sino estorbada [...] porque la pasión no piensa en las consecuencias. Dice Pascal que el corazón tiene razones que la razón no toma en cuenta. Si quiso decir lo que yo supongo, opinaba que cuando la pasión se apodera del corazón, inventa razones que no solamente parecen plausibles, sino convincentes, para demostrar que vale la pena perder el mundo por salvar un amor. Y nos convence de que vale la pena sacrificar el honor y de que no es precio caro el sentir oprobio y vergüenza".
Y termino mi personal contextualización con la siguiente cita: Amor animi arbitrio samitur non ponitur (Elegimos amar, pero no podemos elegir cuándo dejar de amar).
Aún noviembre
Noviembre, en silencio,
impone sus reglas.
Y el dolor que trajo el otoño
no cede espacio al invierno.
Hay una herida profunda,
que traspasa incluso la niebla más densa.
En la noche, que corre lenta, el alma busca razones que el corazón desprecia.
La bruma cubre el espacio.
Y por debajo, pidiendo excusas,
quedan palabras:
escritas, susurradas, ignotas.
Sin embargo yo... No tengo nada.
Sólo silencio.
Sólo la niebla, el corazón, el alma.
Y la pregunta.
Incorrecta. Suspendida. Sin respuesta.
19 de noviembre
19 de noviembre. 19. 1 y 9.
A pesar del tiempo transcurrido, no consigo despojarlo del vestido de odio, dolor, desesperanza, de miedo. No es sólo un número. Ni un solo día. Porque el 1 y el 9 se conjuran dando paso al 20. Y así... hasta el 8. Jornadas habitadas por el dolor y el miedo. Lágrimas. Muchas lágrimas. Y el corazón descarnado, devorado, rasgado, arañado, desgarrado en mil jirones.
El dolor, todavía, permanece agazapado y, cuando vuelve noviembre, antes de que lleguen los números, anticipa la fecha tatuada en mi alma. Y, sin querer, aparece el odio; ése que me costó tanto tiempo desterrar. No por nada, sino porque dañaba tanto que sólo sumaba horror al lamento que expresaba. Y lo enterré. Tan profundo, que a veces tengo que recordar que existió. Porque aún debo protegerme. De sus ojos, sus palabras, sus acciones, sus lamentos, sus cantos de sirena varada. Porque esta mañana lo he visto. Como casi todos los días. Después de tanto tiempo sigue tan presente... La sombra que proyecta ensombrece todo lo que toca. Y cae sobre mí como la losa de una tumba. Que oculta la luz. Para siempre.
Pero intento recordar que hoy sólo es 19. 1 y 9. Nada más.
Y me levanto, otro día, con la esperanza de que sople el cierzo, llevándose la niebla tan lejos... Y con ella el odio. Y el miedo. Y el temor. Y la inseguridad que se instaló en mi vida.
Ésa que me hace dudar de una sonrisa tan dulce...
Que me hace sentir que no soy nada. Ni nadie. Y regreso al pasado. Y lo veo de nuevo. Y no me permito avanzar. Porque prefiero el dolor al sentimiento. Porque siempre me equivoco. Porque nunca es lo que quiero.
E intento pensar que el resto del tiempo no es sólo una espera de este regreso. Que lo que ocurre no es sueño. Que existe. Que es cierto.
Cada mes de noviembre, cuando las nieblas traen el susurro de otro tiempo, me envuelvo en la bruma, me escondo, me cierro. Para que nadie llegue tan hondo que vea en mí el odio que hierve esperando la chimenea que construyen el 1 y el 9. Y que surge: violento. Con la fuerza de los elementos. Casi tan puro como cuando fue concebido. Con la misma intensidad con la que antes amé, todo mi ser se volcó en construir un bloque compacto, denso, macizo, impenetrable. Una arquitectura perfecta en la que enterrar el pasado. Una edificación sólida para guardar y ser guardada.
Y cuando inquieres cómo estoy, te respondo sonriendo porque te hurto esa parte de mí. Tan oscura. Tan profunda. Tan ajena a mi ser. Tan extraña que a penas la reconozco. Sin embargo, sigue ahí. Aletargada.
Vuelve siempre en noviembre. Cuando las hojas caen, cuando las flores mueren.
Hoy es 19 de noviembre. 19. 1 y 9.
(No me busquéis, no me llaméis....pero no me ignoréis. Aunque yo estaré por ahí, mi alma se ha ido lejos, tratando de olvidar que cada hora, cada minuto, cada lugar... siguen ahí a pesar de que es 19).
No a la pornografía infantil

Sólo los niños tienen la capacidad de creer en ogros y dragones. Hagamos que estos aniden sólo en los cuentos. Que ningún pequeño tenga que ser víctima de esos delincuentes que olvidan que los niños son solo niños y que nuestra obligación es protegerlos y cuidar de ellos. Mi contribución a la campaña "No a la pornografía infantil", que nació de la mano de Vagón-Bar y La Huella Digital, es este cuento, y la ilustración que ha realizado mi hijo, que tiene once años. Él también ha querido aportar su propio texto (que titula "Los Derechos del Niño") y que coloco en primer lugar.
Los derechos del niño
Todos los niños tenemos derecho a una serie de cosas: a la educación, a una vivienda digna...
Por eso hoy reclamamos nuestros derechos. También tenemos obligaciones, pero eso no viene a cuento.
Los mayores no os dais cuenta de que hay cosas que no deberíais hacer: gritar a los niños, maltratarlos y, sobre todo, no mimarlos.
Por eso he escrito este poema:
Saltar, correr, jugar,
cantar, reír y bailar.
Nuestros derechos defendemos
hoy bastante reclamaremos
más convenceros intentaremos.
Este mundo es muy injusto.
Todo él, todo junto.
Cuando mañana te levantes
niños perjudicados habrá bastantes
Cuac, cua, cuac, cuac.
Este poema lo cierro con un muac.
Lortu, el dragón del humo naranja
(Con todo mi cariño, para Daniel y Ainhoa. Son felices, con sus guantes y manoplas)
Érase una vez un país lleno de montañas en el que las nubes, cuando oscurecía, bajaban despacito por sus laderas para tapar a los árboles y los animales que entre ellos se escondían. En aquel país vivían todo tipo de especies: ciervos, conejos, búhos, abejarucos... algunos pequeños gnomos también y muchas hadas. Aunque estos últimos no se mostraban habitualmente y habitaban las partes más boscosas del reino.
Había también un animal que los habitantes del lugar decían que existía pero pocos habían visto. Se trataba de un gran dragón de color verde que se alimentaba de galletas y zanahorias. O al menos eso creían los aldeanos porque cada mañana encontraban sus huertos arrasados solo en la parte en la que habitualmente plantaban sus tubérculos. Y habían notado también que las galletas que ponían a enfriar en las ventanas de sus casas desaparecían por las noches. Todo ello lo achacaban a Lortu, así se llamaba el dragón, que debía comer todos los días muchas galletas y zanahorias para no perder la enorme fuerza que le permitía mover sus alas y recorrer los cielos del país vigilando a los niños. Porque Lortu, cuando todavía no era más que un pequeño dragón, se había caído del nido en el que sus hermanos y él vivían, y se había roto los pequeños dientes que empezaban a salirle.
Afortunadamente para él, en aquella época lejana, poblada de caballeros legendarios y bellas damas, un noble señor que se encontraba de viaje por aquellas tierras, encontró al pequeño dragón semiescondido entre unos altos matorrales. Al principio, se acercó con mucho cuidado porque no tenía muy claro de qué tipo de animal se trataba. Lortu era un cuerpo redondito cubierto de escamas, en cuya parte superior asomaban dos pequeñas alitas que hacían la competencia a los ojillos brillantes que asomaban en una cabeza redonda y chiquita.
El caballero, que había luchado en múltiples batallas con desigual resultado, nunca antes había visto un dragón pero había vivido lo suficiente como para distinguir a uno de ellos cuando lo tenía delante. Aunque, al principio, el temor fue grande, la curiosidad pudo más y se acercó, asegurándose antes de que la madre dragona no se hallaba en las proximidades. Lortu, que había experimentado la dureza del suelo después de haber tratado de poner en práctica el mismo vuelo que había visto realizar a sus hermanos, estaba acurrucado esperando que pasara el tremendo dolor que había experimentado en la boca cuando aterrizó contra aquella roca que, al saltar, no había descubierto. Todavía seguía preguntándose por qué, al volar de la misma manera en que lo había visto hacer a su hermano mayor, él había tenido peor suerte. Lo que Lortu no sabía es que el primogénito de los dragones de la camada hacía tiempo que tenía sus alas y cola desarrolladas al tamaño preciso para emprender el vuelo. Sin embargo, él sólo disponía aún de un remedo de cola y alitas, germen de lo que más tarde llegaría a ser.
Y aún se hacía esas preguntas y trataba de recuperarse del golpe recibido cuando sintió cómo unas manos fuertes lo atrapaban y lo sacaban de entre los matorrales.
Lortu sintió miedo al principio de ese ser misterioso, cubierto de metal, que le transportaba subido en un hermoso corcel castaño. Sin embargo, a medida que la cabalgada avanzaba, comenzó a sentirse cómodo sobre sus piernas y se dejó arrullar por el vaivén del trote corto que caballo, caballero y dragón habían emprendido.
El pequeño ser fantástico despertó con el ruido de los cascos sobre el patio del castillo. Habían llegado a la que a partir de ahora sería su nueva casa. Pero Lortu no veía nada. Parecía como si se hubiera hecho de noche. Aunque no podía serlo porque escuchaba perfectamente el bullicio que caracteriza un patio de armas. Y, aún sin reconocerlo, se asustó mucho al comprender que el caballero lo había metido en una especie de saco y no podía escapar por muchos esfuerzos que hacía. Además, sus constantes movimientos sólo obtuvieron como resultado un pescozón de advertencia que le disuadió de seguir intentándolo.
Lortu, asustado y hambriento, sólo podía esperar a que el caballero decidiera liberarlo de su encierro. Cosa que no tardó mucho en ocurrir. Cuando el pequeño dragón sintió que la luz llegaba a través de una pequeña abertura, se lanzó con todas sus fuerzas hacia ella para encontrarse de bruces en el suelo de una amplia estancia en la que el fuego procedente de una chimenea caldeaba el ambiente. Lortu, menudo como era todavía, rodando prácticamente sobre su gruesa panza, se escondió bajo la cama tratando de protegerse de la presencia del caballero que le observaba con tanta curiosidad como el pequeño dragón comenzaba a manifestar por él ahora que gozaba del cobijo del lecho.
Dragón y caballero se estudiaron mutuamente mientras ambos decidían si podían confiar uno en el otro. Fue el noble quien primero trató de acercarse al dragón. Poco a poco. Intentando no asustarlo. Lortu sin embargo no tenía muy claro qué hacer pero el hambre y el miedo provocaban que por su boca escaparan sin control pequeñas lenguas de fuego que en breve produjeron una serie de ligeros incendios por toda la estancia. Primero una pata de la cama, luego una pequeña alfombra ubicada a los pies del lecho, después un zapato olvidado junto a un arcón... El caballero se olvidó por un momento de la presencia de Lortu e inició un baile desenfrenado a lo largo y ancho de la habitación tratando de apagar las llamas que amenazaban con invadir todo el espacio.
La situación se tornó tan divertida que Lortu, como buen dragón que era, comenzó a reírse con esa especio de rugido chirriante que todos los dragones emiten cuando se están divirtiendo. El caballero primero y, después, el propio Lortu, se quedaron tan asombrados de esa risa dragona que por un momento se olvidaron de las llamas, del hambre y del miedo que ambos sentían uno del otro.
Podríamos decir que ése fue el inicio de todo. A partir de ese momento, caballero y dragón se convirtieron en grandes amigos. El noble señor, preocupado por la supervivencia del dragón, y no sabiendo muy bien qué podría gustarle, cogió lo primero que encontró. Su sirvienta había dejado sobre la mesa una bandeja con verduras cocinadas y un montón de galletas recién horneadas. Probó primero con las patatas pero Lortu torció el gesto. Estaba claro que aquello no le gustaba. Insistió después con los nabos. Quizá el olor que desprendían hizo que el pequeño dragón reculara de nuevo. Probó a continuación con las zanahorias. Pensó que el color del tubérculo podría actuar como un atractivo adicional. Unas pocas zanahorias, entremezcladas con las galletas, como si de un bocadillo se tratara, fueron definitivamente el manjar que acabó por tentar a Lortu. Ante el olor tan estupendo que desprendían las galletas y el color anaranjado que asomaba entre ellas y que, de alguna manera, le recordaba la panza amplia y confortable de su madre, hicieron que se acercara al caballero. Primero tímidamente y, al ver que el noble señor aguantaba estoicamente las pequeñas llamaradas que lamían sus zapatos con cada paso que daba el dragón, con un poco más de atrevimiento, Lortu arrancó la comida de manos del caballero.
A partir de ese día, Lortu, a quien meses más tarde volverían a salirle los dientes, se convirtió en la mascota secreta del caballero. Ante la posibilidad de que nadie comprendiera que había adoptado a un dragón, el caballero decidió recluirlo en la biblioteca del castillo, un lugar poco frecuentado por los habitantes de la mansión. Desde allí, y dado que se encontraba en la parte más alta del edificio, el dragón tenía una amplia visión del reino de manera que, en el momento en que sus alas estuvieran preparadas para volar, pudiera emprender el camino de una nueva vida.
Aunque, como ya he contado, Lortu recuperó sus dientes, ningún manjar consiguió superar el placer que le proporcionaban las galletas y las zanahorias, de manera que, a partir de entonces, se convirtieron en su único sustento. Algo que al caballero, a la larga, le traería algunas complicaciones porque era difícil explicar las ingentes cantidades de zanahorias y galletas que el noble señor, supuestamente, engullía cada día.
Lortu fue creciendo y, desde su privilegiada atalaya, aprendió a no temer a los aldeanos. Su señor le instruyó también en la necesidad de proteger y cuidar a los niños del reino. Y, cuando estuvo en disposición de volar, dejó el castillo para buscar un espacio escondido en lo alto de la montaña. Un lugar desde el que seguir vigilando para que ninguno de los ogros que poblaban la región pudiera atacar a ninguno de sus niños ni acabara con las cosechas de los aldeanos. A cambio de ello, Lortu siempre tenía zanahorias y galletas recién hechas para alimentar la enorme panza que apuntaba tener siendo un pequeño cachorro de dragón y que finalmente, con el devenir del tiempo, había acabado convirtiéndolo en un precioso dragón de cola estrellada y cuernos dentados que era el orgullo de la región.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado. No sé si os he contado que Lortu ha aprendido a controlar su fuego pero cuando pasa por encima de las casas donde hay niños siempre expulsa un humo de color naranja que los protege de los ogros porque estos odian el humo y más el que tiene color zanahoria.
Las tierras del norte (I)

El chirimiri, denso, constante e insistente, ha alimentado mis sueños durante todo el fin de semana.
La foto está aquí
La Arquitectura de tus Huesos

Luisa Miñana publica esta semana un nuevo capítulo de La Arquitectura de tus Huesos. Y la cosa vuelve a ir de fotos: de fotos de barcos, de pagodas y, cómo no, de arquitectura. En concreto, parte de una imagen del Flying Cloud, un cliper que surcó los mares en la primera mitad del siglo XIX.
Siempre me ha atraído el mar. Prueba de ellos son los relatos, poemas y ensoñaciones (o como queráis llamarlos) que habitan mi blog además de algunos otros que esperan llegar a esta casa algún día. Hay uno que escribí hace mucho tiempo y que ha estado durmiendo en un cajón esperando el momento oportuno para salir a la luz.
La filosofía de La Arquitectura de tus Huesos es, según comentaba hace unos días Luisa, desarrollar una red cibernética a partir de un relato, foto o poema, y abordar el tema desde distintos puntos de vista.
Desde esta premisa, y con la esperanza de que ella lo considere oportuno, he pensado que el capítulo de esta semana podría ser una buena ocasión para compartir mi relato. Porque el barco de mi historia era el Silver Maid, pero también podría haber sido el Cutty Shark, el Scotish Maid o incluso el Flying Cloud si este cuento se hubiera parido en otro momento.
Espero que os guste.
MAR DE SOLEDAD
Cuando embarqué en el "Silver Maid" tuve la impresión de que el viaje acabaría mal. Desde el principio pensé que no debería haber cedido a aquel primer impulso que me hizo llevar a mi hijo Dennis conmigo. El pequeño siempre había sido un niño retraído pero a raíz de la muerte de su padre todavía se había encerrado más en sí mismo. Dennis y James siempre habían estado muy unidos. A pesar de que mi esposo viajaba mucho y de que el niño no lo veía tan a menudo como hubiera sido deseable, entre ambos, desde que nuestro hijo dio sus primeros pasos, se estableció una relación de la que yo me sentía excluida.
Con la desaparición de James, mi mundo se hizo añicos. Nada era como yo había dispuesto. Todos me daban consejos, todos sabían bien qué debía hacer, qué me convenía y cómo tenía que actuar. Pero nadie me hablaba de la soledad, de la desesperación, de la añoranza que atenazaban mi corazón y me impedían ver nada más allá de mi dolor.
En ese vacío no podía encontrar un lugar para Dennis. Mi pequeño se iba alejando cada vez más de mí y yo no quería darme cuenta.
Cuando recibí la carta de Gina, pensé que un cambio de aires nos vendría bien a los dos y el contacto con otros niños de su edad le beneficiaría. La querida Georgina nos recordaba que teníamos otra familia que reclamaba nuestra presencia en Buenos Aires.
Aunque al principio dudé, finalmente decidí que un largo viaje podría ayudarnos a superar los angustiosos momentos que habían precedido y rodeado la muerte de James. Nunca antes había viajado en barco. Tampoco Dennis. Pero la perspectiva de conocer a una familia, que para nosotros había sido completamente ajena, se planteaba cuando menos sugerente y se imponía a la sensación de que algo nefasto estaba a punto de suceder. En realidad, no sabía muy bien qué más podía ocurrir tras haber perdido a la persona que más quería en este mundo y alrededor de la cual giraba toda mi vida.
Aquellos lejanos primos que James -Jaimecito, según ellos- había dejado en Buenos Aires cuando sus padres decidieron volver al hogar patrio, nos ofrecían ahora un mundo nuevo que, al menos, contribuiría a desdibujar nuestro dolor. La fotografía de la prima Gina, sonriente junto a su hijo pequeño, que adjuntó en su misiva fue el argumento definitivo que me animó a comprar los pasajes y embarcarnos rumbo a Argentina.
La carta llegó en el momento oportuno. La soledad de Inglaterra, la lluvia y el frío estaban haciendo mella en mi carácter. Aunque yo siempre había sido una persona alegre y dicharachera, la muerte de James convertía cada jornada en una lucha contra la molicie que pugnaba por instalarse en nuestra casa. Las travesuras y aislamiento de Dennis estaban haciendo que me alejara de él y abandonara su atención en manos del servicio. Su presencia, además, era un constante recordatorio de la ausencia de su padre. Y eso era algo para lo que todavía no estaba preparada. No podía aceptar que James se había ido para siempre. Cada mañana me levantaba imaginando que había vuelto a salir de viaje y que dentro de poco recibiría una carta anunciando su vuelta.
Pero la misiva no llegaba y la soledad se iba posando sobre mi alma, tan ligera y definitiva como un sudario. Cada tarde repetía un ritual que durante años había seguido. Me vestía, bajaba al salón y -con mis labores en el regazo- me preparaba para recibir las visitas que se acercaban a tomar un té y calentarse junto al fuego de la chimenea, al resguardo de las adversas condiciones meteorológicas que azotaban las nebulosas tardes londinenses.
Sin embargo, las visitas que antes aguardaba con impaciencia, pues me traían los últimos chismes de la city, ahora se me antojaban aburridas y superficiales. Los amigos que antes entretenían mis tardes constituían ahora una incómoda presencia que debía soportar con estoicismo mientras mi mente se alejaba vagando por lugares imaginados.
Las noticias que llegaron de Argentina resultaron providenciales. La foto que Gina habían incluido en su carta fue como un soplo de aire puro en un escenario viciado y decadente. La luz, el agua que corre libremente entre la espesura y el verde que se impone en la instantánea ejercieron sobre mí una atracción difícil de describir.
Gina había sido siempre la prima preferida de James. Ella era quién poblaba sus recuerdos de infancia y juventud. Hasta el punto de que los celos, un buen día, quisieron hacer mella en nuestra relación. Sin embargo, el tiempo me confirmó que Gina era a James lo que las nanas son a los bebés. Ella había sido su punto de referencia, formaba parte de su paisaje infantil. Teniendo en cuenta que los padres de mi marido habían viajado a lo largo y ancho del continente sudamericano, su prima había sido una especie de madre, compañera, hermana, amiga... En fin, todo.
Cuando la foto llegó a mis manos, casi podía adivinar la conversación de Gina con su hijo. Y las risas del pequeño bromeando y haciendo muecas: "¿Me pongo así?". Aventuraba también la dulce reconvención de su madre pidiéndole formalidad para hacer la foto que luego enviarían a la prima de Inglaterra, pobrecita, que había perdido a su marido. "¿Igual que tu, mamá?". "Igual que yo, cariño". Quería imaginar también el dolor de Gina ante la muerte de James y su deseo de ayudar a una familia que había perdido el sustento y el puntal de apoyo.
Una vez embarcamos en el "Silver Maid" las cosas, lejos de mejorar, fueron empeorando de manera directamente proporcional a las condiciones meteorológicas. El viento y la lluvia que atacaron los costados del barco nada más partir de Portsmouth serían una constante a lo largo de toda la travesía.
Aunque nuestro abogado, el querido George, había intentado conseguir los mejores pasajes que pudo con tan poco tiempo de antelación, la travesía no presagiaba nada bueno.
1913 no había sido un buen año. James había fallecido en noviembre y era enero de 1914 cuando el "Silver Maid" inició la singladura. Corrían vientos de guerra en el continente y todo hacía pensar que, si finalmente estallaba el conflicto, Inglaterra tendría que tomar partido. Eso estaba provocando que muchas familias emigraran hacia el Nuevo Continente con la intención de iniciar una nueva vida lejos de Europa.
La falta de espacio y el mal tiempo hacían que nuestro carácter se fuera agriando a medida que avanzaban los días. Dennis cada vez resultaba más insoportable y yo me sentía incapaz de contenerlo. La consecuencia era que el pequeño campaba a sus anchas por el barco sin que nadie supiera nunca muy bien dónde se encontraba.
Quizá si yo no hubiera estado tan obsesionada con mi propio dolor podría haber detectado a tiempo las inconscientes señales que el niño enviaba desde hacía semanas.
Aquella mañana, a punto de avistar tierra firme, noté la falta de Dennis. Desde la hora del desayuno no lo había vuelto a ver. Yo me había retirado a mis aposentos para descansar y él, como cada día, había desaparecido escaleras arriba hacia la cubierta. No quise darme cuenta de que quizá no era lo más conveniente que el pequeño correteara por la proa con el viento y la lluvia azotando el casco con fuerza. Pero, el dolor, nuevamente, pudo más y me abandoné a mis recuerdos.
Sin embargo, cuando al filo del mediodía me dispuse a arreglarme para acceder al comedor, no pude ignorarlo por más tiempo: Dennis había vuelto a desaparecer y, desde hacía horas, nadie tenía noticias suyas. Salí en busca de mi hijo: ese pequeño que hacía un tiempo había llevado en mi interior y que ahora se había convertido en un extraño al que no sabía cómo ni de qué manera tratar.
Cuando salí a cubierta, la fuerza del viento casi me arrojó al suelo. Pequeñas gotas de agua se adherían a mis ropas. El vestido se enroscaba entre mis piernas como una trampa mortal que me impedía avanzar. Mientras luchaba contra la fuerza de los elementos y trataba de alcanzar la popa, fui consciente de lo egoísta que había sido con mi dolor y mi vida. Mi pequeño podía estar en esos momentos en grave peligro y a mí ni siquiera me había preocupado averiguarlo.
Mis gritos trataban de sobreponerse al ruido que me ensordecía. El viento agitaba las velas en un baile diabólico mientras el mar interpretaba una melodía furiosa y, al tiempo, arrebatada. Mientras recorría el barco gritando el nombre de mi hijo, completamente empapada, aún pude aventurar lo que sería mi vida sin Dennis. El legado de James, mi amor hacia él, todo lo que me quedaba estaba representado en la figura de un niño al que yo había ignorado durante meses.
Al escuchar mis voces, algunos otros viajeros se habían unido a la búsqueda. A medida que pasaba el tiempo yo perdía los estribos y trataba de imaginar dónde podría haberse escondido mi hijo. En aquel instante recordé que, en otro tiempo, Dennis adoraba reptar bajo las telas que a menudo utilizaba para realizar mis trabajos de costura, mientras su padre y yo charlábamos a la vuelta de uno de sus innumerables viajes. Y traté de pensar qué sitios albergaría el "Silver Maid" que pudieran servirle de escondite. Mi mente se negaba a aceptar que el pequeño quizá ya no estuviera en el barco.
Jadeando por el esfuerzo de luchar contra el viento y la lluvia que azotaban la cubierta del barco, me detuve un instante al lado de los botes de salvamento, intentando orientarme. A través del ruido pude escuchar un débil quejido que procedía de debajo de las gruesas lonas que cubrían las barcazas. Con cuidado, a fin de no asustarlo, levanté una de las esquinas para descubrir a Dennis, acurrucado y tembloroso en el interior del bote.
Con la ayuda de algunos pasajeros, conseguí llevarlo hasta el camarote. Allí, entre lágrimas y sollozos, entendí que la soledad no es sólo cosa de adultos y que mi indiferencia le había herido tan hondo o más que la muerte de su padre.
Mis brazos rodearon aquel cuerpecillo menudo que temblaba de miedo y de frío.
El amor que pudiera darle en los años venideros no sé si, en algún momento, llegaría a compensarle de las carencias anteriores. En cualquier caso, la travesía tocaba a su fin y un mundo nuevo, lleno de oportunidades, se abría ante nosotros.
Mientras abrazaba a mi pequeño tratando de recuperar el tiempo perdido, soñaba con una nueva vida en la que tanto Dennis como yo pudiéramos hallar el consuelo que ahora nos faltaba.
A punto de arribar a tierra, sin embargo, supe que nunca más podría volver a mirar el océano sin sentirme angustiada. Sin sufrir el vacío que durante un momento había llenado mi corazón al temer que, después de la muerte de James, también había perdido a nuestro hijo. Y, por una vez, pensé que quizá lo mejor fuera dejar atrás para siempre ese mar de soledad.
De Z a S pasando por AC
De Z a S pasando por AC
Esta mañana he visto paisajes que a veces he soñado. Partiendo de Z, donde la lluvia empezaba a colarse por los resquicios que dejaban algunos tímidos rayos de sol, he llegado a AC. Pero en el trayecto, dentro y fuera de las nubes, he visto escenarios imaginados.
Al iniciar el vuelo, fragmentos ajedrezados de tierras oscuras y grises formaban un puzzle continuo de espacios desconocidos. Sobre ellos, alternando con la claridad del día, cúmulos blancos y grises adornaban una tierra yerma.
A medida que hemos ganado altura, las estelas que forma el río horadando el valle han quedado desvaídas. Sus bordes, desdibujados por la distancia. Y en lo alto, mantos de algodón que mantienen el calor de un otoño que está cediendo el paso al invierno sin recato, a destiempo.
Y de repente, me he sentido flotar. La cabeza ligera, el corazón libre de ataduras. Era nieve entre las nubes, espuma de mar en la cresta, copos de hielo escarchado creando estrellas imperfectas. Y entre los cúmulos he descubierto la barba de Santa Claus, y el humo que hace el indio con su manta en la cima de la montaña, y un conjunto de iglúes. Y, de repente, un muro de agua escarpado. Un trozo de mar en el cielo. Una ola terrible. Una montaña líquida que nos ha engullido hacia la Nada. Y la Nada era blanca. Y no dolía. Sólo había paz. Pero también silencio. Mucho silencio. Y, al igual que el nonato flota en el vientre de su madre, he sentido que el vacío me acunaba. Suavemente. Y en él he querido mecerme. Al son de una melodía ascendente. Luego descendente. Un giro a derecha. Un poco más cerca.
Y, de pronto, ese manto lechoso ha dado paso a una cierta espesura que, congregándose en bloques, permitía atisbar otro abismo, el de Finisterre. El Océano Atlántico se ha hecho presente. Primero al filo del terreno, creando cicatrices de espuma revoltosa, para después, tras una nube derretida, asomarse en todo su esplendor. Una exhuberancia oscura porque el temporal se cernía sobre la costa, de dentro hacia fuera. Y las nubes se derramaban en lienzos antiguos y espesos.
AC nos esperaba. Y desde allí a S. Por un camino jalonado de un color tan verde como yerma era la tierra que habíamos dejado.
Y en S. una voz del pasado, con la que ya no contaba, ha hecho que el día mereciera la pena.
De S a Z pasando por B
He cruzado la tierra que se extiende entre dos mares. Bajo las nubes, nieve y agua. Por encima, el sol luce a pesar de que hoy se celebra el Día contra la Violencia de Género.
NOCHE
Música: Amaia Montero y Xabi San Martín
Letra: Xabi San Martín
Otra noche por delante
y demasiadas por detrás
confesándole a mi almohada
que nadie me ve llorar.
Cuando llegan las estrellas
temo que mi sensatez
subestime mi manía
de querer volverte a ver.
Y una vez duerma mi cabeza
tomará el mando a mi corazón.
Soñaré que tú me despiertas,
que aún vive tu apuesta,
por nosotros dos.
Son tan fuertes mis latidos que
el sonido de mi voz
no se escucha cuando a gritos pide
que me haga mayor.
Por eso cada noche yo muero
y después me encuentra un rayo de sol,
se quedan en la cama mis sueños
y me salgo yo.
En cuanto cierro los ojos
se me encoge el corazón
lo que dura un parpadeo
es ya una foto de los dos.
Y aunque sé que nuestra historia
es la que nunca pudo ser,
en algunos de mis sueños
ser valiente es tu papel.
Y una vez duerma mi cabeza
tomará el mando el corazón.
Soñaré que tú me despiertas,
que aún vive tu apuesta,
por nosotros dos.
Son tan fuertes mis latidos que
el sonido de mi voz
no se escucha cuando a gritos pide
que me haga mayor.
Por eso cada noche yo muero
y después me encuentra un rayo
de sol,
se quedan en la cama mis sueños
y me salgo yo.
A veces al hablar de mi vida
termino por romper a llorar
supongo que es ahí cuando
empiezo
a contar lo que quiero decir de
verdad.
Son tan fuertes mis latidos que
el sonido de mi voz
no se escucha cuando a gritos pide
que me haga mayor.
Hasta siempre compañero
nuestra historia se acabo,
hasta siempre amigo mío,
ya no hay sitio para dos.
Por eso cada noche yo muero
y las mañanas me hacen vivir,
así de día tengo mis años
y en cambio de noche
mis años veloces
me tienen a mí.
Una de citas
En mis paseos por los blogs amigos he encontrado esta cita:
"Sólo porque alguien no te ame como tu quieres no significa que no te ame con todo su ser".
Silencio

He descubierto que en la vertiente en la que el sol se pone la aurora llega perezosa. Y más cuando un manto de lluvia humedece la madrugada. En la penumbra, y en medio del silencio que llena la plaza, los pasos perdidos resuenan sobre las piedras con el eco infinito de los muros.
Rodeando su perímetro, he franqueado la puerta, tras subir la escalinata que guarda el silencio. Una vez dentro, ese mutismo del que vengo escapando, me golpea con la fuerza de una ola enfurecida. Y el miedo, sujeto hasta ahora bajo siete llaves, aprovecha la sorpresa para instalarse en mi alma.
Casi a punto de volver sobre mis pasos, el calor de la Casa del Padre ha plantado batalla al temor que envuelve el espíritu. Y, poco a poco, como siempre ocurre, Él ha ganado la batalla.
Despacio vadeando el tiempo silente que rodea los bancos, he elegido uno cerca del lugar en el que los susurros conjuran el arrepentimiento. La luz roja habla de una presencia humana.
Aunque he descubierto que en la vertiente en la que el sol se pone hay un lugar para la reflexión, el espíritu está tan agitado que no encuentra el camino hacia a luz y prefiero el encuentro directo. Conversación nueva con un Amigo antiguo, el diálogo surge a trompicones. Con excusas. Y, a medida que el tiempo transcurre y el corazón espera, la paz me llena. Y sin la carga de pesos ajenos y sueños perdidos aprendo de nuevo a dar las gracias. Por lo que hay. Por lo que tengo. Por lo que vendrá.
Y después, mucho silencio después, pido valor. Más. Para olvidar que una vez anhelé lo que no era mío. Para saber mantener lo que siempre fui. Para cultivar lo que siempre tuve.
Y al levantarme, junto al lugar en el que los susurros generan paz, respiro de nuevo. Y sonrío. Y la luz me llena de nuevo a pesar de que la escalinata tras la que se esconde el silencio está más húmeda, más resbaladiza a causa del sirimiri que cae sin cesar. Sin embargo, desciendo segura, sin miedo. Porque el silencio, que me pareció muy largo, fue bueno.
La foto, aquí.

