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Azul sobre blanco

¿Cuántas palabras quemamos en unas horas?
Recorrimos el sendero tan deprisa
que mi alma, desnuda y velada por el duelo,
se resiente ante el silencio.
No aprecié los matojos del camino
y me hirieron,
ligeros rasguños que supuran amalgama de sueños y anhelos.
Y aún queda la vergüenza.
Nuda mi conciencia ante ti, he visto los deseos.
Y entre tanta palabra, blanca y honesta,
me he sentido frágil.
¿Cuántas quedaron en el tintero?
Me resisto a olvidarlas.
Cada letra, tesoro vertido en un mar de expresiones,
se hace laberinto rizado e insondable.
Y me envuelve. Y me escondo.
Durante un tiempo, ese dédalo impenetrable de ideas
me guiará hacia otro piélago de emociones.
Azul sobre blanco.
Porque sólo en ellas encuentro consuelo.
Linaje extenso de términos que me arropan mientras los vierto:
azul sobre blanco.
Y unidos, palabras, expresiones, términos y letras,
recrean un paisaje familiar en el que descanso
mientras mis rasguños sanan.
Azul sobre blanco.
Pero seguirás ahí.
Escuchándolas cuando me acunan.
Esperando. Aguardando.
Apoyándose en ellas renacerá una amiga.
La que siempre fue. La que no se ha ido.
Porque siempre estuvo.
Porque así ha ocurrido.
Quizá sólo, por un momento,
estuvo soñando con un fondo azul.
Azul sobre blanco.
La foto es de M. Á. Latorre, de la serie "La otra Expo". La instantánea corresponde a la escultura "El Alma del Ebro"
Un paso atrás
Doy un paso atrás para, a partir de ahí, volver a caminar.
La palabra
Esto sí que es un pedazo de poema... y no esos divertimentos sentimentales que escribo yo...
Banda Sonora
Uno encuentra fuerzas para seguir adelante donde menos lo espera. No obstante, está fuera de toda duda que la energía parte siempre de nosotros mismos aunque, a veces, necesitamos una pequeña mecha que la prenda y otorgue el impulso inicial que cualquier motor necesita para funcionar.
Las palabras que el hombre de las amplias alas vertía el otro día en la roca junto a mi arroyo hicieron que recapacitara lo suficiente como para darme cuenta de que la vida, mi vida, está llena de música. Hay una banda sonora que acompaña mi existencia. Ese escenario musical, que pone sonido a mis días, como cualquier composición, está formado por decenas de notas que ofrecen distintos aspectos: grave, agudo, forte, piano, allegro, allegro ma non tropo, vivace... Y las hay de muchos timbres, colores y tesituras.
Como en toda buena película, que tiene momentos de transición, puntos de inflexión y desenlace, la música es una constante. A veces, en función del desarrollo o importancia de cada escena, cobra protagonismo, pasa a primer plano o permanece sólo como un fondo de acompañamiento, casi inapreciable, dando, sin embargo, sentido a todo lo que ocurre.
Así, mi banda sonora está compuesta por cientos de composiciones en las que hay algunos protagonistas indiscutibles: Chopin, La Oreja de Van Gogh, Los Panchos, Madame Butterfly, y, por supuesto la salsa. He de añadir también una reciente adquisición, El Cando del Loco, en cuya incorporación a mi discografía ha tenido mucho que ver mi hijo.
Cada uno de ellos tiene para mí un momento diferente. Chopin me ayuda a escribir. Siempre. La ópera es para los grandes momentos de paz y reflexión. La Oreja de Van Gogh es un continuo: cuando estoy alegre pero también cuando me siento triste, y eso que tenido que hacer un esfuerzo para aceptar a Leire en lugar de Amaia. En algunos momentos me gusta acompañarme también por Rosana o Alex Ubago. Los Panchos son amigos inseparables de viaje. Me encanta el sonido de sus guitarras y voces llenando el habitáculo del coche.
Y la salsa, que es la última que ha llegado a mi vida, es en estos momentos el tema principal. Porque me ayuda a poner música a todo lo que ocurre. Y siempre, siempre, siempre, me pone alegre. Hace que mis pies se muevan con voluntad propia. Es una corriente que empieza en la puntita de los dedos y trepa por los tobillos sujetándose en los gemelos hasta alcanzar las rodillas. De ahí a las caderas la senda es siempre curva, redonda y sensual. El resto del cuerpo sólo sigue el ritmo que le marcan y se adapta al contoneo de la pelvis. Eso si, los hombros van a su aire conduciendo a las manos, que vuelan y dibujan trayectos imposibles al compás de la conga.
Seguramente porque los últimos serán los primeros, nombres como Gilberto Santa Rosa, Frankie Ruiz, Marc Anthony, Rey Ruiz, Ray Sepúlveda, Eddie Santiago o Tito Nieves ponen música a mi historia.
Aunque en este momento todo parece apuntar a que "la tarde terminó", me gustaría pensar que algún día, "me pintará un color para cada mañana y en alas de sus sueños conoceré el alba".
Y todo llegará mientras sigo caminando, erguida y mirando al frente. Sin retroceder. Porque, efectivamente, como dice el hombre que lleva el corazón en las alas: bailo salsa. No la yenka.
No soy agua

No soy agua.
No soy tierra.
Sólo aire que recorre un desierto.
Espacio en blanco de agua en cascada.
Nube gris que esconde la luz.
No estoy... ni soy.
Burbuja resuelta en un manto de agua.
Me esconde en un hueco,
lo deja tu estela.
Y espero. No soy.
Gotas amargas... tampoco son de agua,
cruzan el aire,
duro y triste.
No soy.
Ni estoy.
La foto es de M. Á. Latorre, de su serie "La otra Expo"
De blogs, bitácoras y paréntesis

Mi querido profesor y Alas de Plomo han coincidido estas semanas pasadas en una reflexión relativa al tamaño e influencia de los blogs. Mientras uno se centraba en los blogs nacionales y aragoneses, el otro cruzaba fronteras y reproducía un artículo de Sarah Lacy en el que la periodista norteamericana explicaba que el blogging ha pasado de ser un mero fenómeno de aficionados a convertirse en un nuevo medio de formación de opinión. Del post de Alas de Plomo saco la conclusión de que si él es un blogueñín (como se autodenominaba cariñosamente), yo soy una blogueñinica. De la información que ofrece el artículo de Sarah Lacy deduzco que soy lo que, en una traducción muy libre, podría denominarse blogger por amor al arte. Es decir, aquel que lo hace por el mero gusto de llevarlo a cabo.
También he descubierto que lo que yo creía ser un blog ha resultado ser una bitácora. En definitiva porque, aunque lo que me empujó a entrar en la blogosfera fue la necesidad de encontrar una obligación para recuperar el hábito de la escritura creativa, a estas alturas de la película se ha convertido en el medio que me permite expresar mis estados de ánimo, desengaños, aspiraciones, miedos y deseos. Por lo tanto, blanco y en botella: bitácora.
En esta bitácora pues he contado vivencias, desengaños, historias reales o imaginadas, aventuras, desventuras... A través de ello seguro que habéis podido inferir algunas de mis actitudes vitales. Sin pretender hacer una declaración de principios, debería haber iniciado mi blog como hace India en una de sus canciones: "Dicen que soy". Aunque no me siento identificada con la letra, porque habla de una mujer completamente opuesta a mi, sí que me ha hecho pensar en el hecho de que todos tenemos una parte de nosotros mismos que nos resulta difícil aceptar porque encarna todo aquello que no nos gusta de nuestra personalidad. Desde hace unos días, y después de haber asegurado "dicen que soy una tía valiente", soy consciente de que no lo soy tanto como creía. Porque está claro que cuando uno hace una afirmación de este tipo debe estar preparado para todo lo que venga después.
Y hay cosas para las que, evidentemente, uno no está preparado. Una en este caso, no está preparada. He descubierto que sigo teniendo muchas dificultades para asimilar el rechazo. Debe ser que en esta compleja personalidad, mitad Lamia mitad muchas otras cosas, queda una reminiscencia de aquella época infantil en la que nuestra única aspiración era sentirnos amados. Evidentemente, desde mi más tierna infancia ha llovido mucho y he crecido (física y emocionalmente, es evidente) pero parece que todavía sigo anhelando la aprobación y el cariño de quienes me rodean.
Y todo esto me da pie para confesar que los sentimientos son como algunos árboles frutales. De algún hueso que alguien dejó olvidado surge una semilla que, con buen sol y los cuidados necesarios, se desarrolla hasta convertirse en un pequeño esbozo del gran árbol en el que podría llegar a convertirse. Con los sentimientos ocurre lo mismo que con esos pequeños brotes que encontramos en el camino. A veces acontece que viajamos distraídos y no percibimos su presencia pero otras, cuando estamos apunto de pisarlos, bordeamos la vereda para evitar dañarlos. Y si tenemos un poco de tiempo, llegamos incluso a transplantarlos y buscarles un lugar mejor para que se desarrollen.
Esas plantas son como los sentimientos también. A veces surgen en el lugar más inapropiado: un terreno estéril sin los nutrientes necesarios para desarrollarse; entre un matorral de espinos, que la ahogarán antes de que se desarrollo; o incluso en un terreno abrupto en el que sabemos que será muy difícil que salga adelante. Pero, aún así, nos empeñamos en que prospere.
Y, por encima de todo, los sentimientos son como las plantas porque nadie en su sano juicio las arranca por gusto. Aún a sabiendas de que tendrán un futuro difícil. Sin embargo, prefieren que no salga el sol, que no llueva, que la sombra se proyecte sobre ella para que la planta poco a poco se marchite, sin dolor.
Sin embargo, la raíz de ese tallo, que no se ve, que está oculta, se agarrará con fuerza a los estratos de la tierra buscando sustento para la planta, aquello que le permita aguantar la llegada de tiempos mejores.
Por eso, los sentimientos son como las plantas: es difícil acabar con ellos. Aún en el mejor de los casos; que es cuando de verdad queremos hacerlo.
Y termino diciendo, que aunque me considero con la libertad suficiente para escribir de todo aquello que me ocurre y me preocupa, creo que ya he cargado bastante al personal con mis historias. Voy por ello a tratar de hacer un paréntesis y alejarme lo suficiente como para conseguir que la raíz permanezca hivernando, sin molestar demasiado, esperando que el que conoce el secreto de las flores decida algún día volver a regarla. Quién sabe: quizá la planta vuelva a crecer o haya muerto definitivamente. Sin embargo, ese pequeño esqueje ha conocido un sol que ha brillado como nunca.
Por ello.... Gracias. Muchas gracias.
Amigos y fiestas
No hay nada como una comida o una buena cena con los amigos. Estoy ahíta de baile..... y de gin tonics
De gin tonics y egipcios
Está claro que el efecto canapé empieza a producir efecto. Tengo algunas amigas que me han dicho, que les han contado que, según dicen, en viajes a países del norte de África algunas mujeres han sido objeto de propuestas de canje por ovejas o camellos, en el mejor de los casos. A mi no me ha ocurrido nunca nada similar pero esta noche pasada, un egipcio muy convencido se ofrecía a llevarme a El Cairo durante una semana: "porque es la capital de Egipto", un senegalés estaba empeñado en saber cuándo volvería a verme mientras me aseguraba que bailaba muy bien (¡¡!!!) y un maño de pura cepa que nunca me había dirigido la palabra, a pesar de que a veces coincidimos en los mismos locales, se marcó una salsa conmigo de las que te dejan sin aliento.
Quizá era la acumulación de gin tonics, la hora tardía (o temprana, según se mire), el efecto "a esta hora lo que sea" que se da en algunos locales cuando la noche avanza, o nuestro tremendo sex appeal (ja, ja, ja), finalmente ha resultado ser una noche de lo más entretenida.
Un grupo de colegas del trabajo decidimos darnos un homenaje en estas fiestas del Pilar durante las que hemos seguido trabajando sin tregua y nos hicimos una cenita en el Atrapamundos, un local al que nos gusta acercarnos a tomar unos cafés matutinos y en los que Pedro y Elena nos tratan siempre fenomenal. Después, al Hannah Fritz a empezar con los gin tonics y calentar el cuerpo y los ánimos para hacer una salsita en El Sol.
Lo malo ha sido esta mañana, de vuelta al trabajo, a la misma hora, con las mismas obligaciones, con mucho más sueño que el habitual, con una resaca de campeonato y una conjunción de colores en mi vestuario que ha debido escoger mi peor enemigo. Debe ser porque a eso de las siete de la mañana aún me duraba el efecto del último gin tonic. Ahora, como siempre, el ojo repintado y una sonrisa.
Feliz fin de semana a todos y felices fiestas del Pilar a los de Zaragoza.
12 de octubre. En el Pilar
Bajo la lluvia.
13 de octubre. En el Pilar

Esta mañana he vuelto al Pilar. Ayer, la lluvia torrencial que cayó sobre Zaragoza casi ahogó las plegarias de los miles de oferentes que recorrieron las calles de la ciudad hasta llegar a la Basílica. Esta mañana, sin embargo, el perfume de las flores, que rodeaban la estatua de la Virgen como un manto olfativo, llevaban hasta ellas las oraciones que quedaron flotando en la plaza.
Dentro de la iglesia, el rumor de la masa acompañaba la ofrenda de frutos que las casas regionales llevan a cabo ya dentro de la Santa Capilla.
El altar mayor, sin embargo, estaba en silencio. Tan silente como es posible mientras miles de personas se pasean por el templo como si estuvieran en el mismo salón de la ciudad. Allí, bajo el púlpito, había un pequeño espacio para la reflexión. Un rato de calma abrazada en la Fe, la que siempre me da fuerzas para seguir adelante.
Las iglesias son lugares aptos para la reflexión y el análisis. En un mundo en el que el ruido lo impregna todo, llena nuestros días y hasta nuestras noches, no es fácil encontrar espacios de silencio y tranquilidad; requisitos imprescindibles, por otra parte, para poder hacer pequeños parones en esta vida de locos que llevamos y que tan deprisa consumimos, y poder analizar lo que nos ocurre, cómo lo vivimos, y lo que es más importante, cómo lo incorporaremos a nuestro acervo para, una vez asimilado, seguir adelante.
Las iglesias me ofrecen siempre ese espacio vacío en el que poder volver la vista hacia el interior. Un lugar en el que escuchar esa voz callada que nos advierte, nos reconviene, nos felicita, nos recompone, en definitiva. Allí he encontrado una vez más la paz que el espíritu anhela. He indagado en mis sentimientos más profundos. Y he vuelto fortalecida de un viaje interior que a veces asusta pero que nos devuelve al lugar correcto.
Y después, emergiendo del silencio, he vuelto al color de las flores, al perfume múltiple y variopinto que ofrece la mezcla de gladiolos, claveles, margaritas, rosas.... Y una amiga, reciente pero querida, me ha regalado un ramo de flores. Margaritas y claveles. Que he querido fotografiar. No son las flores que más me gustan pero si el hecho de que alguien, que ha visto más allá, ha tenido el detalle de acordarse de mi y componer una melodía floral en rosa y blanco.
Cuestión de sensibilidad
Este post tiene mucho que ver con otro que titulé hace unos días "De la lealtad y otras cosas importantes". Y tiene que ver también con la música. En este caso con una canción que todo el mundo conoce y canta en las noches de juerga que dice algo así como: "Una piedra en el camino, me enseñó que mi destino era rodar y rodar". Y, ¿por qué la canción? Porque me ha parecido mejor empezar con música que con una máxima como la que sigue: "El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra".
Hace unos días, en el post al que antes aludía, hablaba de la lealtad y de la falta de correspondencia. Estos días pasados me he referido a las acciones que producen reacciones y a la necesidad de aceptarlo. Y ahora vuelvo con el tema de las piedras porque, aunque parezca mentira, una no aprende de sus propios errores. Y, en mi caso, en lugar de rodar y rodar o rodear la piedra, que es lo que hace el común de los mortales, me dedico a golpear la piedra una y otra vez tratado de convertirla en pequeños cascotes que se dispersen en el camino y hagan la vereda más fácil. Sin embargo, cuando uno rompe la piedra y camina sobre sus trozos, estos se clavan en los pies con cada nuevo paso que das.
Hace unos cuantos años, la lealtad, la honestidad y la sinceridad (que, por otra parte, son cualidades imprescindibles en mi trabajo) me costaron el puesto de trabajo. Y parece que voy camino de que ocurra lo mismo. Está claro que hay algunos estamentos en los que las palabras no significan lo mismo que en otros. Porque cuando mis amigos me dicen: sé sincera, lo que se supone que esperan de mi es que yo les dé mi opinión, independientemente de si es de su agrado o no. En mi ámbito laboral, el decir sé sincero quiere decir: miénteme como un bellaco porque no aceptaré otra cosa y, además, siempre recordará que me dijiste la verdad pura y dura y te cobraré el peaje que eso supone.
El hecho de ir cumpliendo años tiene muchos inconvenientes y algunas ventajas. Entre ellas se cuenta sobre todo el hecho de que uno ya no está dispuesto a someterse a determinados condicionantes. Hay momentos en la vida en los que no se puede doblar la cerviz cada vez que el jefe pasa por su lado. Y no sólo eso sino que no le duelen prendas en responder y opinar sobre los pronunciamientos del que ejerce el poder.
Y en ese momento me encuentro. Aunque dicen que con la dignidad no se come y que es preciso guardarse el orgullo, hace tiempo que estoy cansada de que quienes ejercen su poder sobre mi trabajo sólo destaquen mis errores (que los hay y abundantes porque cada día tomo muchas decisiones) y se olviden de los aciertos (que también son prolijos y públicos).
Uno de mis superiores, cuando el otro día le decía que me sentía tratada de forma injusta a pesar de mi dedicación y esfuerzo, me respondió asegurando que eso era una cuestión de sensibilidad. Pues si, es verdad. Es una cuestión de sensibilidad recordar que un tiene un hijo enfermo y a pesar de que ha pasado un día de perros tratando de solucionar el problema, ha cogido el tren a la hora que debía para realizar un viaje de trabajo. Es cuestión de sensibilidad recordar que tus trabajadores siguen en la oficina mientras tu te has cogido fiesta para que cuando vuelvas el lunes tengas preparados los documentos que necesitas. Es cuestión de sensibilidad preguntar a alguien cómo se siente cuando te percatas de que tiene los ojos llenos de tristeza o un catarro que le impide incluso hablar. Es cuestión de sensibilidad reconvenir a tus empleados en el despacho y no delante de otras tres o cuatro personas que rápidamente propagarán la historia por toda la oficina. En definitiva, es cuestión de sensibilidad recordar que la persona que está a tu lado tiene una vida diferente a la tuya y que merece un respeto.
Por eso, porque es cuestión de sensibilidad, yo recuerdo cada año su cumpleaños. Porque es cuestión de sensibilidad, cada lunes pregunto qué tal ha ido el fin de semana, aún a sabiendas de que la mayoría de las veces sólo recibiré un gruñido como respuesta. Porque es cuestión de sensibilidad, me preocupo cuándo su familia ha tenido un percance y me intereso por ella. Porque es cuestión de sensibilidad, cuando fallece un familiar me acerco a ofrecer el consuelo que me queda. Porque es cuestión de sensibilidad sonrío cada vez que entro en el despacho tratando de aportar un poco de luz a una vida tan seria. Porque es cuestión de sensibilidad me he mordido la lengua durante mucho tiempo, respetando su autoridad y tragándome el orgullo.
Pero como es una cuestión de sensibilidad, yo también tengo mi ego. Y está cansado de que lo pisoteen. Porque, entre unos y otros, algunos con buenas intenciones y otros con no tantas, me conducen por caminos que no son los que yo elijo. Porque es cuestión de sensibilidad, estoy decidida a vivir de una vez la vida que yo quiero. Sin condicionantes, sin cortapisas morales o religiosas, sin automutilaciones.
Y después, como cada reacción a una acción, tendré que asumir las consecuencias. Pero eso ya es otra historia.
Luna

Hay luna llena y me recuerda a ti. Llena la noche.
Suspendida, en su capa de gala, espera el alba.
Y se esconde.
En las nubes que, dulces, protegen su rostro.
Esperando la luz que hará que se funda buscando la estela que trae el rocío.
Mientras la contemplo,
apartando los ojos de una claridad tan diáfana,
recuerdo tu voz.
Y espero que suene, una vez más. Sólo para mí.
Como hace la luna. Que me regala el alba.
Un sueño

¿Se puede dedicar un post? Si es así, con la promesa de que algún día confío en escribirle uno mejor, éste se lo dedico al hombre que lleva el corazón en las alas.
Hoy he soñado.
Es una novedad porque, después de varias semanas de insomnio pertinaz, hoy he soñado. Aunque habitualmente alterno periodos de sueño fácil con temporadas en las que tengo mucha dificultad para dormir, la última quincena ha sido un tiempo de vigilia. Unos días en los que el pensamiento me llevaba hacia conversaciones y acontecimientos que me causaban tal desasosiego que el sueño rehuía mis párpados. A medida que mi cabeza ponía un poco de orden en los sentimientos, el sueño ha ido llegando reservando sin embargo el último y el primer momento de consciencia para el objeto de mis preocupaciones. Sigue aún tan presente que cada mañana, mientras el agua se desliza sobre mi piel, hago un esfuerzo de voluntad. Sólo aspiro a que llegue la noche, un día más. Uno tras otro. Puede que así consiga extirpar esta congoja que me atenaza el corazón y me revuelve el estómago. Y, sin embargo, transito la jornada subida en una montaña rusa: arriba cuando lo siento a mi lado, abajo cuando se aleja. Y procuro que la cumbre sea cada día menos alta y el agujero menos profundo. Pero no evito la feria. Porque, a pesar de todo, me siento viva. Viva después de mucho tiempo.
Y vuelvo al principio. Porque hoy he soñado. No lo hago habitualmente. Y tampoco suelo tener pesadillas (aunque alguien me ha confesado que se las provoco, ¡lo siento!). O si ocurre, no guardo recuerdos de esa evasión onírica que, según los psiquiatras, nos permite afrontar la vida sin enloquecer. Y es que no tengo conciencia de repasar inconscientemente más allá de lo que llena el noventa por ciento de mi tiempo: es decir, mi trabajo. Sin embargo, hoy no he soñado con ello. Aunque algún entendido en interpretación de sueños, que lo habrá, seguro que saca pelos y señales a cuanto pueda contar.
Hoy he soñado que estaba en Pamplona. Dicen que siempre volvemos a los escenarios de nuestra niñez. Paseaba por sus calles con un grupo de gente desconocida, la mayoría mayores que yo, y se supone que estábamos visitando sitios turísticos de la ciudad. En un momento determinado, el guía nos hablaba de unos pasadizos que el ayuntamiento había descubierto y rehabilitado recientemente (supongo que he recuperado de mi memoria algo que me contó mi madre hace poco y es la recuperación por parte del Ayuntamiento de Pamplona de una serie de callejones que habían permanecido años en una situación de desahucio y abandono). En realidad no se trataba de un callejón sino que más bien parecían una especie de túneles similares a esos por los que habitualmente se deslizan los espeleólogos. Yo iba pertrechada con mis inseparables botas de monte azules y me tiraba por el pasadizo decidida, sin temor y, sin embargo, con la convicción de que había un obstáculo que no iba a ser capaz de salvar. Y, efectivamente, los turistas que iban delante de mi pasaban sin problemas por un estrechamiento del túnel mientras que yo no sólo no lo conseguía sino que me quedaba completamente atascada. Y no se trataba de una cuestión de volumen porque los que iban delante de mi eran bastante más voluminosos.
Y ahí me he quedado porque la alarma del despertador ha venido en mi rescate.
Y, recordando el sueño, me he percatado de que no es la primera vez que lo tengo. Porque, aunque he comentado que habitualmente no recuerdo mis sueños, si que es verdad que tengo otro sueño recurrente que siempre aparece en periodos de dificultad en el que me encuentro ante una pared de ladrillos que derribo quitando los cantos uno a uno. Aunque nunca consigo retirarlos todos antes de despertar.
Decía antes que alguien que sepa algo de interpretación de sueños sacaría pelos y señales a esta historia pero, en realidad, no hace falta. Estoy atascada. En varios frentes de mi vida. Y está claro que tengo que empezar a tomar decisiones. El problema es que siento que las cosas no sólo dependen de mi sino que hay terceras personas implicadas y eso complica la solución a los problemas.
En cualquier caso, soñar sienta bien porque en mi caso significa que he conseguido dormir. Aunque mi cabeza vuelva una y otra vez al punto en el que mi corazón sigue anclado.
La foto, que es como un baile de dos sueños que se encuentran, es de M. A. Latorre, de su serie "La otra Expo".
Ausencia
Me duelo de tu ausencia y me pesa tu silencio. Te añoro. Tanto, tanto.... Y me pregunto dónde estás. Porque quizás un bosque te acoge mientras piensas junto a mis hayas.Y eso duele también.
Envidio el musgo que te roza, las hojas que apagan tus pasos, el viento que revuelve tu pelo, las ramas que azotan tus ropas, el sol que acaricia tus rasgos. Te añoro.
Tanto, tanto... Que me rebelo. Y me duelo de tu ausencia. Y me rebelo, siempre, cada día. Y parece que fue hace años cuando nos vimos, lustros cuando hablamos y un tiempo imposible cuando nos rozamos.
Y la lucha continua: vísceras y cerebro. No hay previsto un desenlace para esta batalla porque navego entre ambos bandos. Como un borracho en una noche oscura, voy de un lado a otro sin rumbo ni destino. Siguiendo sólo la estela de tus pasos, la sombra de tu voz.
¿Me buscas en el bosque? ¿Me recuerdas? ¿Luchas también mientras disfrutas la gloria de la conquista? Porque la victoria fue total. Y la rendición también.
Y Lamia sigue esperando, como siempre, en la piedra junto al arroyo, donde la viste por última vez.
El valor de la sonrisa
Cuando releo las entradas que ido subiendo al blog en los últimos tiempo me doy cuenta de que he podido dar la imagen de ser una persona triste. Y, sinceramente, no es así. Porque, aunque es verdad que el otoño, la luna, las mareas... me afectan, que no corren buenos tiempo, que hay preocupaciones que me quitan el sueño, sin embargo, soy de natural alegre. Quienes me conocen bien saben que siempre tengo una sonrisa a flor de labios para mis amigos., que la carcajada surge sin dificultad y que siempre, siempre, estoy dispuesta a abrazar, achuchar y acariciar a quienes quiero. Algo que, por otra parte, me genera algunos problemas porque los abrazos y caricias espontáneas no parecen estar de moda y a menudo se malinterpretan.
Esta reflexión viene al hilo de un post que ha escrito Nerim en su blog, en el que alude al hecho de que, tras una observación práctica en la calle, ha llegado a la conclusión de que la gente no sonríe. Todo el mundo camina con semblante serio envuelto en sus pensamientos.
A mi se me podría clasificar en el grupo de las despistadas, que deambulan por la calle ensimismada en sus pensamientos. Unas reflexiones que a menudo me hacen rememorar una caricia de mi hijo, el comentario de un amigo, el abrazo telefónico de mi madre con esa fórmula tan infantil que ella sólo conoce y sabe que me gusta, un halago matutino sobre mi aspecto o mi sonrisa... y todo ello me hace sonreír. Y cuando lo hago me siento bella. Porque sé que la sonrisa desentumece nuestros músculos permitiéndonos ofrecer a los demás nuestra cara más amable.
Me gusta sonreír. Lo hago a menudo. Y espero seguir haciéndolo.
Un Mundo sin Fin
Voy a retomar la costumbre de recomendaros las lecturas que voy haciendo. No es que en este tiempo haya dejado de leer. Lo que ocurre es que, en primer lugar, el libro elegido esta vez es un auténtico tocho, y, en segundo término, he tenido menos tiempo o lo he dedicado a otras cosas.
Acabo de terminar "Un Mundo sin Fin", de Ken Follet. Es un libo que le regalé a mi hermano las pasadas navidades porque ambos habíamos leído "Los Pilares de la Tierra" y nos parecía una de las mejores novelas sobre las que habíamos pasado.
Sin embargo, tras una lectura lenta y reposada a "Un Mundo sin Fin" mi hermano y yo no coincidimos. Él asegura que esta segunda novela le ha desilusionado un poco porque, contrariamente a lo que ocurre en "Los Pilares de la Tierra", ésta se centra más en la historia personal de los protagonistas, para dejar en un segundo plano los aspectos de carácter arquitectónico.
A mí, sin embargo, es una novela que me ha encantado. Habla de grandes historias de superación personal, de cómo los protagonistas y personajes secundarios van salvando obstáculos hasta alcanzar sus objetivos y, sin ánimo de desvelar el final, por si alguien no lo ha leído y pretende hacerlo, de cómo el amor acaba siendo más fuerte que nada y los buenos ganan a los malos.
¡Qué bonito! Lo siento, pero es que soy una romántica empedernida. Y hay luna llena.
No estoy
Hoy no me busquéis. Estoy bailando....
Belinda
Fuera llueve. Belinda puede verlo a través de las dos ventanas que tiene la sala. La lluvia cae mansa, sin cesar y rodea el recinto protegiéndolo del exterior como si se tratara de un velo. Sin ruido. La tierra amortigua los sonidos en una noche oscura.
Belinda contempla el agua que cae y absorta en su contemplación deja volar su imaginación. Sus ojos, sin embargo, libres de conciencia, se han posado en un bailarín. Alto, fibroso. Sus movimientos, aunque libres, siguen el ritmo de la música y conducen a su pareja. Belinda imagina cómo sería deslizarse entre sus brazos, adecuando sus caderas.
La música calla y él se acerca. Extiende su mano y, sin esperar respuesta, seguro de si mismo, coge a Belinda y tira de ella conduciéndola al centro de la pista. El son regresa una vez más. Lento, sensual. Un, dos, tres. Cinco, seis, siete. Y se mueven. El brazo del bailarín en la espalda de Belinda, tan alto como para acercarla a su torso y controlar el movimiento de ambos cuerpos mientras evolucionan por la sala. La otra mano en el aire, compensando el contoneo de las caderas.
Belinda le mira a los ojos y los encuentra. Siempre sonrientes. Animándole a seguir. Y ella, por una vez, se deja llevar. E inicia un baile en el que es la pluma que vuela impulsada por el viento. La hoja que se mece en el aire para lentamente posarse en la tierra. El aire que sopla desde las cumbres impulsando los primeros copos de nieve. La mano de la madre que acaricia al recién nacido. El párpado que lava una lágrima.
Belinda contempla un rostro preñado de música y le sigue. Se hace canción y funde su cuerpo con el otro. Y ambos se deslizan por la pista: sinuosos, sensuales. Y vuela. Belinda vuela sobre si misma girando como lo hacen los remolinos que el aire de otoño crea en la hojarasca. Y siente que forma parte de la música y la música es parte de ella. Fusión imposible de notas y cuerpos. Y él gira, la atrae, la aleja, la acaricia con sus ojos mientras el baile se convierte en un flirteo inocente de amantes inexpertos. Y Belinda se hace música.
Y cuando todo termina, la música cesa y Belinda vuelve a la tierra, la encuentra mojada, preñada de olores otoñales. Y la lluvia, envoltura cristalina y húmeda, sigue velando la vida. Porque nada existe más allá del momento. Del baile. De la música.
El folio en blanco

No hay nada peor que un folio en blanco. Es el vértigo. La desazón. La duda eterna.
La mayoría de las veces, cuando me siento a escribir, tengo una idea aproximada de lo que quiero contar. Sin embargo, hay otras ocasiones, como es el caso, en las que me enfrento a la hoja de papel absolutamente virgen y sin idea alguna sobre la que divagar. Y me entra temor. Más bien terror. Miedo a no poder volver a escribir. Angustia ante el riesgo de que nunca más sea capaz de transmitir mis inquietudes de una manera coherente. Inquietud ante la idea de no poder esbozar sentimientos y pensamientos en un relato atractivo que emocione, que interese o que conmueva.
¿Es el fin de las ideas? ¿Volveré en algún momento a sentirme atraída por una persona o acontecimiento hasta el punto de que me inspiren un nuevo relato? ¿Soy lo suficientemente capaz como para continuar con algo que lo demás pueden ver sólo como un divertimento y no como una necesidad ineludible, que es lo que realmente significa para mi la escritura?
Y aún hay cosas peores. Y es sentir que desde el interior de tu ser surgen sentimientos y emociones que tendrías que plasmar en la escritura y ni puedes ni debes hacerlo. Escribir, que es para mi la vida, alimento del espíritu, calmante y estimulante, se ha convertido en una necesidad. En un deseo irrefrenable e irresistible. En algo a lo que ni quiero ni debo renunciar.
Sin embargo, y aunque aseguré que no tenía ninguna intención de autocensurarme, finalmente he caído en mis propias redes. Porque sí que me he impuesto límites, fronteras y ataduras que no sé cuánto tiempo podré mantener. Pero que, sin embargo, atenazan muchas de las cosas que todavía quedan por contar.
Podría dedicarme a recomendaros libros, a comentar las últimas noticias de la actualidad regional o nacional, a disertar sobre folclore (que también es una de mis aficiones), a relatar aventuras y desventuras de mi comunidad de vecinos.... En fin, tantas y tantas cosas... Sin embargo, como ya comentaba hace unos días, esta bitácora ha ido adoptando un cariz más intimista, más personal. Con todos los peligros que eso conlleva.
Trato de mantener siempre un equilibrio entre todo lo que me gustaría contar y aquello que me permito decir. Porque en el fondo, aunque Lamia me protege, detrás de este ser del bosque hay una persona real, con jefes reales, con una vida real, con un amor real. Y, como alguien me advirtió hace unos días, al final, aunque los pajarillos se comieron las migas de Hansel y Gretel, siempre queda una huella imborrable que va marcando la senda que recorremos. Y quizás alguna persona, en algún momento, llegue a descubrir la esencia de Lamia. Y me preocupa pensar que también se desvele todo lo demás por las implicaciones que ello pudiera tener para otras personas ajenas a este blog y que, sin desearlo, algunas veces se han convertido en protagonistas involuntarios de mis escritos.
Por todo ello, y metida de lleno en esta automutilación que me he impuesto, vuelvo cada día a la hoja en blanco sin saber muy bien qué escribir y cómo hacerlo. Y sigo dando las gracias cada día, porque a pesar de ello, seguís estando conmigo, leyendo mis entradas, comentando mis escritos. Y, por eso, cada noche me siento de nuevo ante la pantalla del ordenador tratando de encontrar las palabras que me permitan hablar sin decir, contar callando. Mientras busco un camino, que he vuelto a perder hace sólo tres semanas, y en el que deambulo sin orden ni concierto, entre brumas otoñales y mares tempestuosos.
Elcuerpo y el sistema de salud
A medida que pasan los años uno cree que se conoce bien, que es capaz de reconocer los recovecos de su carácter y, sobre todo, que tiene una relación cercana y estrecha con su cuerpo. Una conexión a veces amistosa y otras no tanto. Sin embargo, cuando uno llega a una edad cree que conoce bien sus arrugas, sus cicatrices, sus marcas y sus pecas.
Yo he tenido un lunar diminuto en medio de la espalda desde hace años. No recuerdo cuándo apareció pero sí que, de repente, sin avisar, se fue haciendo más grande. Después, se puso pesadito y empezó a picar...
Nuestro sistema de salud y sus grandes campañas me decían a todas horas que tenía que revisar mis lunares, vigilar mis pecas, hacerme revisiones periódicas, en definitiva prevenir. Y, como yo soy muy previsora, pedí hora para que un especialista me estudiara el lunar. Tan sexy él que quedaba en medio de la espalda.
Como todo en el sistema de salud, la cita llegó con seis o siete meses de retraso. La doctora que me vio, para no pillarse los dedos, dijo que no había problema pero que era mejor quitarlo. Una vez más, el sistema de salud, volvió a tardar otros seis o siete meses en citarme para quitar el lunar.
El pasado mes de junio, un médico muy dicharachero se dedicó a hacerme un costurón indecente donde antes estaba mi pequeño lunar. Y al pobre se lo llevaron para decirme si era lo suficientemente bueno para mi o se había vuelto malo malote (como dice mi profe de salsa).
El médico dicharachero del costurón volvió a citarme (esta vez sí) con una cierta agilidad para decirme que la anatomía patológica estaba bien (lo que luego ha resultado ser una verdad a medias) pero que era conveniente que me volviera a ver el dermatólogo, que era quien en primera instancia había decidido privarme de mi lunar.
Vuelta al sistema, vuelta a la citación... y otros seis meses de espera.
Esta mañana, cuando esperaba terminar con una historia que ha venido durando casi dos años, la señora dermatóloga ha vuelto a revisar la anatomía patológica y me ha dicho que lo mío era un nxavamuhgaa dakkmpijdiuak. ¿Suena a chino, verdad? Pues así me ha sonado a mí hasta que he hablado con ese amigo médico que todos tenemos y que cuando le he preguntado qué era el palabro directamente ha querido saber quién lo tenía. ¡Qué listos son los amigos médicos!
En definitiva, me han quitado un lunar en el que se estaban desarrollando células precancesoras. Ya sé que LO HAN QUITADO. Sé que NO ESTÁ. Pero la mera idea de pensar que en mi espalda he tenido células precancerosas me quita el sueño.
Y esto me lleva hasta donde yo realmente quería llegar.
Nuestro cuerpo y nuestra mente son tremendamente sabios. Siempre nos avisan cuando hay algo que no funciona bien. Pero nosotros, la mayoría de las veces enredados en una vida de locos, hacemos oídos sordos y posponemos decisiones y cuidados que no se deben dilatar.
Nuestro cuerpo y nuestra mente acusan también toda esa falta de cuidados, todos los problemas (reales o imaginarios) a los que nos enfrentamos. Dejamos siempre para un mejor momento las revisiones, los análisis, el ejercicio, la buena alimentación... Porque hay otras cosas más urgentes, que no importantes, que copan nuestra atención.
Como ya he contado en alguna ocasión, los últimos años han sido bastante complicados. Mi atención se ha centrado en resolver necesidades y problemas urgentes olvidando los realmente importantes. Es ahora, cuando la calma ha vuelto a mi vida, el momento en el que empiezo a escuchar mi cuerpo y mi mente. Ambos andan un poco resentidos del mal trato que les he dado estos años.
Los médicos hablan siempre de la estrecha relación que hay entre cuerpo y mente y de cómo nuestra actitud ante la vida y las situaciones que tenemos que afrontar condicionan asimismo la relación entre ambos.
Entre muchos de los temores a los que vengo enfrentándome se encuentra el miedo a que mi mente pase factura a mi cuerpo por los excesos cometidos. Cualquier que lea esto podría pensar que me he dedicado a la bebida o algo así. En mi caso la droga que causa los problemas tiene un nombre propio aunque, afortunadamente, cada vez la tomo en menores dosis. Gracias a ello he podido vencer los ataques de asma, he conseguido encontrar ropa normal en tiendas normales, he dejado de tener aquellos terribles dolores de cabeza... En fin, que estoy como una rosa... Bueno, una rosa a la que le han quitado un pétalo que se había marchitado.
Ahora sólo queda la duda de si algún día otro pétalo podría volver a desprenderse del tallo. Y en el caso de que así fuera, si ese desgarro sería beneficioso para el resto de la rosa o arrastraría consigo la flor.
Domingo de Chopin

Hoy es domingo de Chopin.
Estamos en otoño, han cambiado la hora (y eso siempre me afecta mucho), son las siete menos diez y la oscuridad ha caído sobre Zaragoza como si fuera invierno cerrado, estoy cansada y tengo el corazón triste. Por eso, el mejor acompañamiento es Chopin: desgarrado, apasionado y con el piano como protagonista llenando la estancia en la que escribo. Es grande, rotundo, pero a veces se vuelve tierno y me susurra al oído, como ahora. Entonces me dejo llevar por la nostalgia y deseo que la noche avance para perderme en ella.
Noches de Tormenta
He ido al cine. Sola. A la primera sesión de la tarde. Como a mí me gusta.
La mayoría de la gente que conozco no quiere ir al cine sin compañía. Unos me cuentan que les da corte, otros que les parece aburrido y alguno ha llegado a decirme que el día que no tenga nadie con quien acudir a ver una película significará que está tan solo que ya nada tendrá sentido. En fin.
A mí siempre me ha gustado ir al cine sola. No me agrada que quien se sienta a mi lado haga comentarios sobre la película, los actores o tal o cual aspecto del diálogo o del escenario. El cine tiene para mí un misterio al que la masificación de las sesiones vespertinas o el ruido de las palomitas y las bolsas de plástico de las gominotas le quitan parte de su magia.
Me encanta sentarme en medio de la sala, sin nadie alrededor. Y reír, llorar, compadecerme, enfadarme o alegrarme yo sola. Sin necesidad de tener que disimular mis emociones ni contenerme. Y esperar a que la película termine. A que pasen los títulos de crédito y la banda sonora haya finalizado. Y levantarme cuando se encienden las luces y en la sala ya no queda casi nadie. Y salir fundiéndome de nuevo con el mundo. Sin embargo, he de reconocer que éste es el único momento que me asusta. No me importa hacer fila en la taquilla, ni pasear haciendo tiempo para que la sesión empiece, ni soportar los miles de anuncios que las distribuidoras proyectan al inicio de cada película. Ni sentarme en medio de la sala mientras las parejas y grupos de amigos buscan acomodo al tiempo que se preguntan qué hará esa tipa ahí y qué clase de persona será para atreverse a ir al cine sin compañía (preguntas que, por otra parte, me hago yo cuando voy con mis amigos alguna vez al cine y veo alguien en esas circunstancias. Sobre todo mujeres. Porque ya se sabe que los hombres han hecho tradicionalmente cosas que las féminas hemos tardado más tiempo en imitar).
Nunca me ha gustado interrumpir ese momento mágico que se produce cuando un film termina. La capacidad que tengo para imbuirme en las historias y disfrutarlas hace que necesite de un periodo de transición para volver a la realidad. Y eso, que cuando uno está en su casa se lo puede permitir, no es posible sin embargo en una sala de cine en la que las luces se encienden de repente y tienes al acomodador esperando a que te levantes y pensando si eres una de esas chifladas que no tiene a nadie en el mundo y ha elegido "su" cine para montar el numerito de turno.
Pues no, no soy ninguna chiflada (al menos eso creo). Pero hay veces que me cuesta regresar a la realidad y pagaría por tener un ratito más sentada en la butaca, escuchando la banda sonora y realizando esa transición de la ficción a la realidad con mayor reposo.
La película que he visto este fin de semana es "Noches de Tormenta", con Richard Gere y Diane Lane como protagonistas. Supongo que a estas alturas del fin de semana no desvelo nada si digo que es un melodrama romántico para el mayor lucimiento del americano.
He de confesar que he visto Pretty Woman las dos millones o tres de veces que la han pasado por televisión. En cada una de las cadenas, quiero decir. Me sigue emocionando todavía la escena final con la música de ópera atronando la calle. Y, aunque sólo fuera por eso, habría ido a ver la película. No puedo decir que no me ha gustado y tampoco puedo analizar demasiado para no estropear la película si alguno de los que me leéis decidís ir a verla.
No obstante, fui al cine convencida de que vería una bonita historia de amor, con final feliz, que me alegraría la tarde. Porque, tal y como ha he comentado alguna vez, aunque me gusta mucho el cine, cuando pago una entrada lo hago para disfrutar. Las películas de fondo, las que te hacen llorar, las que plantean los grandes dilemas de nuestra existencia las dejo para el videoclub. Porque entonces ya sé de qué van y decido el momento en el que me apetece ver unas u otras. Sin embargo, cuando voy al cine, lo que me gusta es disfrutar, evadirme, no pensar demasiado y encontrar historias con final feliz, insisto.
El sábado no fue así. Salí fatal del cine. Me pareció un dramón sin sentido y lo único que pude salvar fue la correspondencia epistolar que los dos protagonistas mantienen en un momento determinado de la película y el hecho de que, con pocas palabras, impulsaran su relación, expresando tantas cosas.
Siempre he sentido envidia de esas personas que son capaces de decir más con menos. Quizá sea porque, paliando mi falta de elocuencia verbal, cuando escribo trato de ser tan prolija y detallada a fin de expresar todo lo que quiero contar que construyo textos interminables a los que mi limitada audiencia debe renunciar en el segundo párrafo. Sin embargo, y desde que tengo memoria, ha sido así: tengo dificultades para transmitir mis sentimientos y, sin embargo, en cuanto tengo una hoja de papel y un bolígrafo cerca puedo escribir y escribir y escribir, y analizar y explicar y contar. Puedo llorar con la pluma y también reír. Y me gustaría pensar que también consigo conmover a mis potenciales lectores.
Quizá mi estado de ánimo no fuera el mejor para ver este tipo de película. Sin embargo, antes de entrar valoré la posibilidad de que no fuera lo que yo esperaba y, aún así, consideré que tampoco me vendría mal echar unas lagrimillas de esas que salen fácilmente y que relajan el alma.
Sin embargo, durante toda la película, a pesar de que tuve el corazón en un puño en varios momentos, no derramé ni una lágrima. Y eso que ambos protagonistas hacen méritos para instarte a ello a lo largo de todo el metraje. Quizá por eso, porque no derramé las que llevaba ni las que esperaba acumular durante su proyección, salí del cine con tan mala sensación.
El que pretenda ir a verla puede hacerlo porque el argumento merece la pena y está muy bien rodada. El peso de la interpretación recae mayoritariamente sobre Gere y Lane y ambos están a la altura de lo que se espera de ellos. Pero algunos paisajes, imágenes y situaciones tienen para mí connotaciones excesivamente personales. Quizá por eso experimenté un sentimiento al que, desgraciadamente, he recurrido en demasiadas ocasiones durante los últimos años. Como si de una estatua de sal se tratara, cuando el dolor es demasiado intenso, noto como el hielo se instala de fuera a dentro de mi corazón y lo paraliza y anestesia. Y ese frío se extiende como una marea por el resto de mi cuerpo. Se instala en el estómago, salta a los ojos y en segundos, el frío se ha apoderado de todo.
Menos mal que Chopin siempre actúa como un bálsamo y ha vuelto a derretir parte de ese hielo. No todo. Porque si el calor vuelve de nuevo, regresará también el dolor. Y me costó mucho encerrarlo en el Baúl. Es mejor no levantar la tapa. Todavía.
El Baúl Dorado (II)
Una vez más, mi inexperiencia informática me ha llevado a meter la pata. Una vez más. Esta entrada corresponde al viernes pasado pero, por un dedo que ha ido donde no debía, ha aparecido publicada de nuevo aquí. Disculpas mil.
Tengo un baúl dorado en el que guardo todas las cosas importantes. En él llena un espacio enorme el amor a mi hijo, las caricias que conservo para mi madre, los besos que guardo para mi hermano, el calor con el que acaricio la mejilla de mi tata, las sonrisas que guardo para mis amigos, el amor que un día perdí, mis éxitos y mis fracasos, mis aspiraciones y decepciones, todas las historias que aún no he escrito, toda la ilusión por lo que debe venir, el presente y el pasado, todos mis recuerdos.
En ese baúl también he decidido guardar todo lo que no ha cabido en ese folio en blanco que ha quedado expuesto. Porque quizá algún día, cuando levante la tapa para rebuscar un sentimiento perdido, recuerde este tiempo. Y quizá entonces pueda decir. Quizá en ese momento la pluma rasgue la hoja sin herirla. Vertiendo la tinta como un río que desciende las cumbres para acariciar la pradera.
Voy a cerrar la tapa susurrando unos versos de Alejandra Pizarnik ("Cenizas. Las Aventuras Perdidas"):
"Yo ahora estoy sola
-como la avara delirante
sobre su montaña de oro-
arrojando palabras hacia el cielo,
pero yo estoy sola
y no puedo decirle a mi amado
aquellas palabras por las que vivo".
Ni las digo, ni las diré. Porque se quedan en el baúl, de donde nunca debieron salir.
Silencio

El silencio lo invade todo. Y a veces es tan denso que se hace audible. Porque no hay palabras, ni sonidos. Ni siquiera un suspiro. Sólo el vacío de la nada. Y pesa tanto que abruma.
Las hojas, que habitualmente susurran cuando las acaricia del viento, han enmudecido también. La luz se filtra entre las ramas y se vierte en trazos perfectos que componen sombras silentes y escurridizas. El haz de las hojas devuelve el brillo que rechaza el envés. Y el aire es espeso. Potente. Sincero.
Los pájaros guardan silencio. La vida, detenida en pausa infranqueable, no es más que polvo en suspensión.
Las hayas, eternas guardianas y reinas del bosque, guardan los secretos. Sus brazos, ramas añosas que buscan espacio, tejen un mimbre de verde ceniza.
Tampoco hay palabras que cuenten historias. El tiempo, detenido, espera que el sol se oculte.
Y cuando llega la noche, en el cielo oscuro que tiende un manto nuevo sobre el hayedo, nada cambia. Porque no hay nada. Sólo el vacío. Las ramas, unas sobre otras, buscan el descanso que les niega el viento. Las hojas, blancas, verdes, cenizas contrapuestas, duermen.
Y detrás del musgo que guarda la roca del negro más negro, se esconde Lamia, esencia del bosque, que nutre su alma en la fuerza del viento, en el sol que se esconde, en la luna que baila, en las hojas que chillan. Y sueña. Y el aire es espeso. Potente. Sincero. Pero no lo escucha. Rechaza el silencio.
Lamia, hechicera que habita las tierras del bosque, sueña con lugares en los que el agua abunda. En los que el viento sopla. E imagina un mar profundo, plagado de ausencias. Un océano amplio de verdes y negros. Horizonte extenso. Un tiempo preñado de ruido. Palabras e historias que llenen de vida la nada. Porque el río de términos que narran derrotas es siempre más cálido que la ausencia, que el vacío, que el silencio.
El hombre que lleva el corazón en las alas, que conoce algunos de mis secretos y mi amor por las hayas, es el autor de la fotografía que ilustra esta entrada y con la que ha tenido la generosidad de obsequiarme. Por eso, y porque su amistad es un regalo inesperado, cumplo con una promesa que le hice hace unos días cuando le dediqué un post apresurado y prometí que algún día escribiría con más calma. Sólo espero que le guste.
Paisajes de paz
De sur a norte. Esta mañana he cruzado el Ebro. La mañana estaba fría. Uno de esos días de entrado el otoño que anuncian la cercanía del invierno. El cielo, entreverado de nubes y claros, amenazaba lluvia. Por el puente de la Almozara he atravesado el río mientras contemplaba la corriente. El caudal se desliza desperezándose de la molicie que trae el verano y anunciando la renovación que llegará con las primera nieves.
El tráfico intermitente que atravesaba el puente casi al alba dejaba sin embargo estelas de silencio que permitían escuchar el discurrir del agua bajo las pilonas del puente. Al fondo, he elegido el lado este para cruzar, el Pilar se recortaba sobre un fondo azul en el que un tímido sol trataba de asomarse entre cúmulos grises. Y entre las islas que emergen en el centro de la corriente, he descubierto una colonia de patos. No sé si es permanente o descansan en su viaje hacia el sur. Sin embargo, todos reunidos en pequeños grupos en torno a los islotes colmados de juncos, inspiraban el silencio.
El silencio, sin embargo se ha roto a media mañana. De golpe, sin avisar. Y he vuelto a otro paisaje. Veinte años atrás. El de mis recuerdos conserva un sendero serpenteante que cruzaba una enorme extensión de césped perlada de árboles y arbustos. Cada mañana, al principio, y, después, cada tarde recorría metros y metros de veredas camino de la Facultad. Entonces aún no contaba con el moderno edificio de que dispone hoy y compartíamos espacios con los de Derecho y algunos otros que siempre nos miraban un poco raro porque éramos una "tribu" ligeramente especial, a la que la mayoría de nosotros seguimos perteneciendo.
De aquella época recuerdo el Gingko Biloba, que florecía cuando ya no había remedio para mejorar resultados y que el profesor Soria había traído de no sé muy bien dónde, al igual que hizo con muchas otras de las especies dispersas por el campus. Recuerdo también las eternas comidas en Faustino, el pozo que presidía el claustro, las mañanas de primavera en el exterior de la biblioteca esperando, esperando, esperando.... Y conservo en la memoria aquel aparcamiento que cruzábamos una y otra vez en nuestros continuos viajes entre la biblioteca y la Facultad, de la Facultad a los despachos de los profesores, de los despachos a Faustino y de Faustino vuelta a la biblioteca. Recuerdo un aparcamiento, remanso de paz, rodeado por el césped, ésa hierba que tanto eché de menos cuando me trasladé a esta zona del valle, junto al río, en la que el verde cede protagonismo a la tierra hasta casi desaparecer.
Esta mañana han hablado de ruido, de fuego, de odios antiguos y temores nuevos. No he querido ver las imágenes. Porque en mi memoria conservo un paisaje de paz que, como el río, constituye un remanso para aquellos que inician un viaje cuyo final desconocen. Pero que, al igual que las sendas que surcan el campus, dejará una huella permanente.



