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Ausencias y pérdidas

 

Hace unos días leía en un blog el dilema en el que se encontraba su autor ante la necesidad de acompañar a alguien que recientemente había perdido a un familiar cercano. El bloggero se preguntaba sobre la conveniencia de llamar, acompañar, abrazar, hablar... Concluía asegurando que nunca sabía cómo actuar en estos casos.

 

Un amigo acaba de sufrir una pérdida importante. Tras varios meses de lucha, un familiar muy cercano ha fallecido de forma inesperada porque imprevista es siempre la marcha de nuestros seres queridos. Independientemente de la edad que tengamos y al margen de si hemos cerrado todos nuestros capítulos pendientes con la persona que nos deja, siempre tienes la sensación de que no ha sido suficiente, siempre hubieras querido más.

 

Yo tuve que enfrentarme a la muerte de mi padre a punto de cumplir los quince años. Durante un año interminable luchó contra el cáncer, nos dio a todos una lección de valentía y se fue como había vivido: en paz. Sin embargo, ni mi edad ni mi escasa experiencia vital me habían preparado para una pérdida tan importante. Se fue justo cuando empezaba a conocerlo. He tenido que ir construyendo la figura de mi padre a partir de los retazos que he recuperado de mi madre, mis tíos, sus amigos... Y ha crecido ante mis ojos con la ventaja que otorga el hecho de que quienes lo amaron han olvidado sus posibles defectos.

 

Yo tardé muchos años en superar su pérdida. Al principio me negaba a aceptar el hecho de que nunca más estaría junto a mí, de que no podría acompañarme en ninguno de los momentos señalados de mi vida. Después porque, con esa rebeldía propia de la adolescencia, odiaba a todos los que se habían quedado. Con el tiempo aprendí a vivir sin él pero sólo hace un par de años he sido capaz de reconciliarme con su memoria y ahora, no sólo puedo hablar de él sin dolor ni nostalgia, sino que revivo muchos de los buenos momentos que pasamos juntos.

 

Cuando alguien importante para nosotros se va, la sociedad "moderna" nos insta a mantener nuestros sentimientos en la esfera privada, nos recuerda que está mal visto que seamos débiles, que derramemos nuestras lágrimas. Sin embargo, cualquier estudiante de Psicología de primer año de carrera nos asegurará que ante la muerte hay que realizar un duelo. Un duelo que pasa por varias etapas en las que, sin duda alguna, las lágrimas ocupan un lugar muy importante.

 

Por lo que respecta a los abrazos.... No se dónde leía también el otro día que estamos creando una sociedad en la que cada vez es más extraño el contacto físico. Estamos en un mundo aséptico, estéril y distante. Que es todo lo contrario a contaminado, apasionado y cercano. Por eso nos resulta tan difícil demostrar nuestro afecto a través del tacto. Entre otras cosas, porque, como no está bien visto, ese contacto físico muchas veces conduce a malentendidos difíciles de enderezar.

 

Yo, sin embargo, reivindico las lágrimas y los abrazos. Cuando alguien sufre necesita saber que estás a su lado: acompañando, escuchando. No hacen falta consejos porque la persona que sufre muchas veces sólo necesita hablar. A medida que desgrana sus sentimientos, estos se hacen reales y puede asumirlos y superarlos. Aquello que no se formula acaba siendo una sombra que nos persigue como un fantasma, contaminando con su estela helada toda nuestra trayectoria vital. Sin embargo, cuando lloramos, cuando nos abrazan haciéndonos sentir que somos comprendidos, cuando nos escuchan, sabemos que ese dolor es real y damos un primer paso hacia la superación.

 

Con todo cariño, dejo aquí para él un abrazo en forma de canción porque, aunque "no es sencillo echar de menos".... "vuela alto, no te rindas".

 

02/09/2008 22:16 Autor: Lamia. #. Hay 7 comentarios.

Se acabó

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Todo principio tiene un final. Y tan verdad como que al día le sigue la noche, la tormenta más terrible siempre da paso a la calma. Todo esto para terminar diciendo que la rutina está apunto de imponerse a un verano raro en el que he exprimido el tiempo y las emociones al máximo.

 

Los últimos estíos han sido periodos de alternancia de ausencias y presencias. En la compañía encontraba el placer de su inocencia, de su capacidad para hacerme sonreír, el confort de sus abrazos. En la ausencia, dolosa y triste, esperaba, esperaba, y esperaba su vuelta.

 

Este verano ha salido el sol. Las ausencias han sido alegres porque han dejado espacio a mis aficiones, a mis amigos, a mis libros, a mi música. Y las presencias, más espaciadas, han sido felices, entretenidas, en la montaña....

 

Durante los últimos dos meses he vivido inmersa en una bola de cristal en la que cada día ha brillado el sol, la música tenía notas latinas y el tiempo parecía estirarse a voluntad. Como esos juguetes musicales a los que les das la vuelta para que nieve o brille a tu antojo, así he manejado el tiempo.

 

Esa nube negra que habitualmente proyecta sombra sobre mi bola ha estado más lejos que nunca. No la he sentido. Y si alguna vez aparecía, he soplado y soplado y soplado -como hacía el lobo en el cuento de Los Tres Cerditos- hasta que se alejaba sin mojarme siquiera el cabello.

 

Cuando la rutina se impone y mi tiempo ya no es mío, he notado algunos golpes en mi esfera de cristal, como si un martillo golpeara sin ton ni son para encontrar después un punto de apoyo y ensañarse. Pequeñas grietas se han ido extendiendo por la superficie, que no ha llegado a romperse. Porque mi bola es fuerte, consistente. Y, como las grandes obras de arquitectura, por fin parece haber encontrado el punto de tensión máxima que permite mantener la cúpula intacta sobre cuatro o cinco puntos de apoyo.

 

Aunque el martillo seguirá golpeando porque no sabe hacer otra cosa, el cristal, frágil y quebradizo, ha sido reforzado a fuego. Y, con el tiempo, esa bóveda transparente va a convertirse en una ventana al mar desde la que iniciar un nuevo viaje.

03/09/2008 18:44 Autor: Lamia. #. Tema: Ensoñaciones Hay 6 comentarios.

Yo soy Conga 5

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El bloguero que mejor vuela, conocedor de mi afición por el baile, me ha dejado una invitación para unirme a la Konga que ha iniciado El Maquinista de la General. Me he permitido la libertad de convertir la Konga en una conga, que es como lo recoge el Diccionario de la Real Academia Española. Se trata de animar conectar nuestros blogs en esta caravana musical que ha empezado en Zaragoza. Veremos dónde termina. Yo, para que el fin de las vacaciones sea más dulce y deseándole una vuelta al cole "en condiciones", invito a Inma a ponerse detrás de mi y marcar unos cuentos pasos al son del cha, cha, cha.

 

04/09/2008 17:59 Autor: Lamia. #. Hay 7 comentarios.

The Chieftains

Inicio el fin de semana con el buen sabor de boca que me dejó ayer el concierto de The Chieftains en la Expo de Zaragoza.

Silencio.... Escuchad.....

 

 

05/09/2008 12:20 Autor: Lamia. #. Tema: Música Hay 2 comentarios.

Hoy no me has llamado

 

 

 

 Cuando escribía, escuchaba el Nocturno número 8 de Chopin.

Hoy no me has llamado, ni me has escrito.

Pero esta mañana de sueños vacíos

estabas conmigo.

 

No me has llamado ni me has escrito

pero te esperaba.

Como cada día.

Sentada en el río, junto al haya centenaria,

donde el musgo crece,

en el lado norte, la cara vuelta buscando tu abrigo.

 

Hoy no me has llamado, ni me has escrito.

La piel perfumada y el alma en un puño

por si llegabas,

por si recordabas que espero tu beso:

el que no nos dimos.

 

Sentada en la roca,

melancólica espera en días perdidos.

jornadas eternas si al final no llamas,

si no me has escrito.

 

Cuántas veces temo que vengas a verme,

cuando no me llamas, cuando no me escribes.

Las manos temblando, el alma en un puño.

 

Porque temo siempre,

que si no me llamas, que si no me escribes,

recuerdes un día que casi lo hicimos:

casi nos amamos,

momentos inciertos en los que,

a pesar de todo,

casi nos quisimos.

 

Hoy no me has llamado, ni me has escrito.

Sin embargo,

ahora,

sueño contigo.

05/09/2008 21:24 Autor: Lamia. #. Tema: Ensoñaciones Hay 9 comentarios.

Día Nacional de Italia

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Trabajar en fin de semana tiene algunas ventajas. Pocas. Y cuando trabajas en la Expo menos: aglomeraciones, calor, empujones... Sin embargo, el sábado pasado pude disfrutar de los actos organizados con motivo del Día Nacional de Italia. Tras el habitual izado de banderas, firma en el libro de honor e intercambio de regalos, el pabellón de Italia nos regaló un concierto de los "Solisti Veneti". Según decía el programa, se trata de una de las orquestas más reconocidas en su país, con música de Vivaldi, Paganini y Rosini con el agua como motivo conductor. I Solisti Veneti ha actuado en casi todo el mundo realizando, además, conciertos en festivales de música y grabado para radio, televisión y cine.

 

Lo cierto es que, programas a parte, un conjunto de virtuosos de la cuerda y el clarinete nos regalaron los oidos durante un rato en el que sentí trasportada a otros mundos. No sé por qué la música ejerce en mi la capacidad de aislarme de la realidad. Me provoca un placer tremendo y una admiración tremenda no sólo hacia los intérpretes (por cuanto la interpretación, que no ejecución, exige de años de práctica, dedicación y sacrificio) sino también hacia los compositores.

 

Hace unos días, repasando algunos escritos de uno de mis antiguos profesores sobre el arte de escribir, decía que la capacidad de escribir bien es un don divino. Yo creo que eso ocurre también con la música. La capacidad de componer con armonía y belleza o de interpretar esas piezas está sólo reservado a unos elegidos.

 

Los demás nos contentaremos con seguir escuchándolos.

09/09/2008 11:20 Autor: Lamia. #. Tema: Música Hay 2 comentarios.

El efecto canapé

 

Mi trabajo, como todos, tiene ventajas e inconvenientes. Y, además, según el observador, lo que para mi es una ventaja para otros podría resultar inadecuado, y viceversa.

 

Uno de los efectos colaterales de mi profesión es el efecto canapé. Se produce siempre como consecuencia de la obligada asistencia a determinados eventos en los que, con más frecuencia de la que a mi me gustaría, el punto final lo pone siempre un cóctel o aperitivo. Eso, que a primera vista podría considerarse un atractivo añadido, para mí supone un problema. Pequeño, porque no deja de ser una cuestión baladí, pero inconveniente en definitiva.

 

Un de mis ocupaciones/preocupaciones para este otoño, además de terminar de arrojar por la borda todo el lastre con el que he viajado en los últimos años, pasa por eliminar algunas curvas de más que rodean mi ya de por si oronda figura. He de confesar que del objetivo planteado hace ya más de un año, he alcanzado el 70%. Sin embargo, me queda un porcentaje que no por mínimo es menos difícil. Y ahí es donde entra ese aspecto colateral al que antes me refería: el efecto canapé.

 

¿Cómo puede una aguantar el tipo a las dos de la tarde, cuando lo único que llevas en tu estómago es un café desde la once de la mañana y ves pasar delante de ti, una detrás de otra, delicias culinarias propias del mejor paraíso gastronómico? ¿Cómo decir no gracias a un breve canapé de salmón (¡Mataría por el salmón ahumado!) sobre una tosta de mantequilla, o a un langostino adornado con una breve salsa cóctel, o a una delicia de escalibada, o....? Podría seguir hasta el infinito.

 

Eso por no hablar de cómo te resistes a la tentación de tomar una copa de cerveza bien fresquita o un buen vaso de vino blanco (¡Moriría por un Gewustraminer!).

 

Y todo esto, claro, diciendo no con una sonrisa en los labios asegurando amablemente: no, gracias, no me apetece. No, gracias, acabo de tomarme un café. No, gracias, un poco más tarde.

 

MENTIRA. MENTIRA. MENTIRA. Me tiraría directamente sobre cada una de las bandejas que pasan por delante sin pararme a pensar en las consecuencias.

 

Sin embargo, un resquicio de clarividencia mantiene mis manos alejadas de los canapés mientras sigo sonriendo y esperando a que un camarero que no comprende cómo no me dedico al vino o la cerveza, como hace el resto del mundo por otra parte,  y que sigue sin traerme esa agüita que, por favor, me he empeñado en pedirle una y otra vez, evidentemente sin resultado, porque tengo que conducir (cuando mi coche está a manzanas de distancia y tendré que marcharme a casa en un taxi o dando un paseíto a las tantas del mediodía o de la noche).

 

En fin... dicho todo eso, me siento orgullosa de mi misma porque hoy, una vez más, he sido capaz de vencer la tentación y continuar dentro del "camino verdadero". Todo para encontrarme después a un g.... que me dice lo guapa que estoy y que seguro que me he enamorado.

 

¿Por qué los hombres cuándo ven que tu vida cambia y te sientes mejor sólo piensan que se lo debemos a otro de sus congéneres?

 

Sobre esto, si os parece, hablaremos otro día.

10/09/2008 15:15 Autor: Lamia. #. Hay 23 comentarios.

Abba. Dancing Queen

Porque me dan muy buen rollo y me suben la moral.

 

16/09/2008 19:27 Autor: Lamia. #. Tema: Música Hay 2 comentarios.

De la lealtad y otras cosas importantes

 

He buscado en el Diccionario de la Real Academia el significado de la palabra "lealtad". Y dice así: "lealtad: cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien". Dicho así, suena un poco antiguo. Quizá como el propio concepto: vetusto y pasado de moda. Si continuamos con las acepciones que el Diccionario ofrece para el concepto "lealtad", una de ellas es la que define esta palabra como "amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales como el perro y el caballo". Ante posibilidades tan opuestas, busco el significado de "fidelidad", por su proximidad semántica a "lealtad". Y dice así: "fidelidad: lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona".

Está claro que cuando aplicamos el concepto de lealtad a las personas lo hacemos con la primera de las acepciones que recoge el diccionario o como sinónimo de fidelidad, de observancia de la fe que alguien debe a otra persona. Por tanto, queda claro que en concepto de lealtad hay implicados dos extremos: el que la profesa y el que la recibe. Es leal el caballero a su rey, el esposo a la esposa y viceversa, el hijo al padre, el político a su pueblo, las personas a sus ideas, los pueblos a sus gobernantes... y así hasta el infinito.

Está claro que todos tenemos unos principios que inspiran nuestras actuaciones. Unos valores que al final acaban resumidos en cuatro o cinco ideas irrenunciables que cada cual aplica en su existencia cómo puede o cómo le dejan.

Sin embargo, como apuntaba al principio, la lealtad no sólo es un valor en desuso sino incluso denostado. Hay escenarios en los que además, lejos de ser un valor, constituye motivo de chanza.

Es evidente que nuestra existencia viene determinada por situaciones que, una y otra vez, nos ponen a prueba. Y, en esa travesía, el que más y el que menos trata de mantenerse fiel a sus principios. Sin embargo, ese intento muchas veces resultad difícil de llevar a cabo cuando el que es objeto de nuestra lealtad no sólo no corresponde a "las leyes de la fidelidad, del honor y de la hombría de bien" sino que, además, entiende el concepto como el amor o gratitud que muestran algunos animales de elevada inteligencia hacia sus amos, independientemente de que el amo sea acreedor de su admiración y no, y, por lo tanto, actúa en consecuencia: en la mayoría de los casos con absoluto desprecio hacia los sentimientos del otro.

Evidentemente, cuando la lealtad que uno profesa -ya sea a sus amigos, parece, compañero o familiar- se ve traicionada, el valor intrínseco que inspira nuestras acciones resulta gravemente herido si no mutilado. Y su reparación resulta difícil y, en algunos casos, imposible.

Sin embargo, y a pesar de lo expuesto, prefiero la definición que el DRAE ofrece de la palabra "fiel, que en una última acepción define el concepto de fiel como aquel "que guarda fe, o es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él", porque es uno de los valores que he recibido y no quiero renunciar a él. Y el que no sepa apreciarlo....

17/09/2008 14:46 Autor: Lamia. #. Hay 14 comentarios.

El arte de escribir

 

Os contaba hace unos días que, después de muchos años (casi dos décadas) había encontrado a uno de los profesores de mi Facultad. Aprovechando unos ratillos que he tenido, he tratado de ponerme al día releyendo alguno de sus escritos. Hay uno que he disfrutado con especial agrado y atención porque aborda el tema de "La escritura como modo de vida". En algún momento del artículo, P. S. explica, y cito textualmente (espero que con su permiso aunque no se lo he pedido): "aprender a escribir el mensaje de una valla publicitaria, una novela, un artículo periodístico o una carta de amor no consiste en aprender formas de decir sino en aprender a adensar en la propia alma -como día María Zambrano- aquello que se quiere decir. Consiste en rumiar lo que uno ha visto y escuchado en función de la realidad de uno mismo y de aquellos a quienes tiene que contárselo...".

 

Cuando uno escribe para un destinatario desconocido, como es el caso, evidentemente se encuentra con la dificultad de que, al no conocer la realidad del receptor, puede ocurrir que el mensaje se desvirtúe o pierda parte de su fuerza y contenido en el trayecto cibernético.

 

Sin embargo, otra de las cosas que P.S. afirma en su artículo es que "la fuerza, el vigor, la garra de un mensaje escrito, sonoro o audiovisual, no depende tanto de de su forma como de la fuerza, el vigor o la garra del pensamiento que expresan".

 

Evidentemente, muchas de las cosas que escribo, y después traigo al blog, puede parecer que no tienen fuerza ni vigor ni la garra de un pensamiento. Sin embargo, todas ellas se han gestado a partir de mi propia experiencia, presente o pasada, y de las circunstancias que me rodean o situaciones que se producen en mi entorno.

 

Para mi escribir es una necesidad, un instinto que durante mucho tiempo ha permanecido en un rinconcito escondido de mi estómago (que, al parecer, es donde se almacena lo mejor y lo peor de mi misma) y que sólo ahora empieza a aflorar, con la posibilidad de convertirse en un torrente que amenaza con anegar incluso a esta Lamia.

 

Durante estos años he debido estar rumiando, como dice P.S., mi realidad para, pasada por el tamiz de la imaginación, mis aspiraciones, mis deseos y mis frustraciones, aflorar en relatos, poemas, sentencias.... Escribir es para mí un impulso que nace en el centro del estómago y, tras pasar por el corazón, adquiere carta de naturaleza en mi pensamiento. Aunque me ha costado mucho llegar a esta conclusión, atravesando esa realidad de la que os hablaba, no voy a volver a renunciar a esta pulsión que me hace sentirme viva, real y que, al mismo tiempo, me impulsa hacia otros mundos soñados que atrapo con la tinta oscura que tiñe las hojas.

 

P.S. termina su artículo asegurando que el dominio de las palabras es un don que, sin embargo, puede llegar a aquel que trabaja para conseguirlo. Os aseguro -como decía no sé quién- que si algún día llega el don, me encontrará trabajando.

19/09/2008 19:20 Autor: Lamia. #. Hay 5 comentarios.

Sentimiento

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Los sentimientos son como el chirimiri. No eres consciente de que cae. Sin embargo, el agua, suave y continua, poco a poco va calando. Pasado un tiempo, a veces más a veces menos, todo tu ser se ha empapado. Y ya no hay remedio.

 

La foto es de M. A. Latorre.

19/09/2008 21:42 Autor: Lamia. #. Tema: Ensoñaciones Hay 4 comentarios.

Sobre palos y velas

 

No me puedo resistir. Arturo Pérez Reverte, a quien respeto y envidio a partes iguales, ha metido la pata esta vez hasta el corvejón. El artículo que publica en el magazine XLSemanal del fin de semana bajo el título genérico de Patente de Corso, versa esta semana sobre el asunto de los malos tratos a mujeres.

A parte de que Pérez Reverte demuestra tener muy poca sensibilidad abordando el asunto como lo hace, demuestra que no tiene ni idea de lo siente una mujer maltratada y de lo complicado que es salir de esa situación: independientemente de las ayudas, de la información, de su situación familiar, laboral o social....

Sobre palos y velas, se titula su artículo.

22/09/2008 12:07 Autor: Lamia. #. Hay 9 comentarios.

Fernando Sarria

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He tomado prestado este bello poema de Fernando Sarria, porque hoy me siento así (la lluvia... debe ser). Y la foto, un regalo de M. A. Latorre.

 

Rodéame en silencio,
con tus manos abiertas
y ese dolor ronco.
Deja al tiempo la espesura
y trae la tibia luz del amanecer
junto a la cama.
Ahora somos únicos,
naturaleza en el encuentro,
poco más o menos
dos soledades buscando la palabra.

 

 

22/09/2008 17:43 Autor: Lamia. #. Tema: Ensoñaciones Hay 2 comentarios.

Pedro y los perretxikos

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Este fin de semana he emigrado a las tierras del norte para respirar, aún de lejos, el aire que sopla entre las hayas. La escapada tenía como motivo celebrar el ..... cumpleaños de mi hermana (a mi no m importa pero a ella cada vez le suena peor la pareja de números que le acompañan. Por cierto, su cumple es hoy así que desde aquí le envío el abrazo grandote que no le he podido dar esta mañana en persona. Este fin de semana hemos celebrado también el cumpleaños de mi sobrina-ahijada: ella ha cumplido trece años. Una edad en la que ni se entiende ni la entendemos pero entre todos tratamos de encontrar puntos comunes.

 

Evidentemente, los hemos encontrado porque disfrutamos mucho del fin de semana. Además de comprar los respectivos regalos de cumpleaños, he tenido tiempo de comprarme un traje de chaqueta en el que hace unos meses no hubiera osado meterme. ¡Estoy encantada!

 

Y más encantada aún porque, entre celebración y celebración (se me olvidaba que tuve también una cena conmemorativa de varios cumpleaños atrasados), he sido fiel y he permanecido alejada de las tentaciones. A todas salvo una: los perretxikos de mi cuñado.

 

Pedro antes que cuñado fue amigo. Tanto mi hermana como yo lo conocemos desde que todos nosotros éramos unos críos. Después de algunos años en los que las circunstancias nos condujeron a todos por distintos caminos, el destino volvió a unir a mi hermana y mi cuñado. Y sin remedio. Porque se habían querido siempre, se aman profundamente, y seguirán así.

 

Mi cuñado, además de muchas otras cosas buenas, es un experto conocedor de las setas y hongos que esconden las sierras de Urbasa y Aralar. En los últimos días de verano e inicio del otoño, mi cuñado consigue las mejores setas (con las que elabora unas croquetas estupendas) y unos perretxikos extraordinarios, condimento indispensable de un revuelto que se va del mundo.

 

Mi cuñado, al que quiero como si fuera un hermano, sabe que además de los pimientos del piquillo que me prepara cada vez que recalo en su casa, me muero por su revuelto de perretxikos. Y, claro, una cosa lleva a la otra: he pecado. Sólo un poco, lo prometo, pero he pecado. ¡Qué delicia! Ha sido un pequeño paréntesis en este régimen de vida que me he impuesto y del que mi control alimenticio es una mínima parte (aunque importante).

 

Ahora esperaré a Navidad.

 

A ver si hay suerte y mi cuñado guarda unos pocos perretxikos para un revueltillo.

23/09/2008 19:44 Autor: Lamia. #. Tema: Mis Lugares Hay 7 comentarios.

Sobre palos y velas (II)

 

Me vais a permitir que vuelva sobre el artículo de Pérez Reverte, que esta semana me ronda la cabeza sin remedio.

 

Sobre el tema de los malos tratos se ha hablado largo y tendido desde muchos puntos de vista. Sin embargo, ni de lejos nadie se acerca a esa situación de dominio y esclavitud a la que muchas mujeres están expuestas cada día.

 

Me gustaría contaros la historia de alguien a quien conozco bien y que, después de mucho tiempo, sigue tratando de escapar a los cantos de sirena de su maltratador. Sólo es la historia de una de esas "pavas" a las que alude Pérez Reverte en su artículo del XL Semanal "Sobre palos y velas".

 

I.  era una chica normal, que venía de una ciudad normal, con una familia normal.

En su casa no había habido problemas: sus padres habían sido felices y mantenía una buena relación con sus hermanos. Ella había estudiado una carrera y, con la intención de poder trabajar en aquello que le gustaba, dejó su casa, su ciudad, a sus padres y sus hermanos.

 

I.  había tenido muchos amigos y amigas, pero no había salido demasiado. Mientras ellos aprovechaban los fines de semana para ir a la discoteca o "potear" por lo Viejo, I.  permanecía en casa quemándose las pestañas con los libros.  

 

Con veinticuatro años recién cumplidos se marchó a la capital. Allí descubrió un nuevo mundo: sin libros, sin obligaciones extraordinarias, lleno de teatros, música, pintura... Había llegado a un paraíso desconocido en el que, demasiado pronto, descubrió un príncipe azul que pronto se transformó en rana. I. por cuestiones profesionales volvió a cambiar de ciudad. Un municipio de tamaño mediano, no demasiado alejado de su casa, que le ofrecía un sinfín de oportunidades. Allí inició una etapa de aprendizaje laboral y vital. Aunque siempre había tenido muchos amigos, nunca le había resultado fácil establecer relaciones sentimentales con el sexo opuesto: su excesiva seriedad, su timidez, su falta de experiencia... Sin embargo, pasado un tiempo, I.  llegó a intimar con otro príncipe azul que ocasionalmente aparecía por su trabajo. Poco a poco, la relación fue tomando cuerpo y, dos años más tarde, contra la opinión de muchos de sus conocidos, contrajeron matrimonio.

 

Hubo tres años de ceguera feliz. I.  estaba enamorada hasta las túetanos -porque, entre otras cosas, cuando se entrega lo hace sin condiciones-  y vivía por y para su príncipe. Un hombre mediocre y ajeno tanto a sus costumbres como a su formación que, sin embargo, la anuló y amarró sin necesidad de cadenas. Con el transcurso del tiempo, los malos tratos llegaron: desprecios solapados, críticas más o menos abiertas, censura a sus actuaciones profesionales, una separación firme y paulatina de sus amigos y de su familia... Pasado un tiempo, I. ya no tenía amigos, no tenía fe en si misma, había perdido toda su seguridad, había perdido su cultura, su educación... porque sólo vivía para evitar los fríos silencios de su marido, al que seguía amando, y para evitar sus críticas y desprecios. Sin embargo, la vela del amor se iba apagando poco a poco, a pesar de los intentos de I.  por adaptarse a la nueva situación. No se resignaba a vivir una vida que nada tenía que ver con lo que tantas veces había anhelado y en la que un niño de menos de tres años la acompañaba en su sufrimiento.

 

I.  quería escapar. Pero ¿dónde iba a ir? El había conseguido convencerla de que su familia no la quería, sus amigos la habían olvidado, su trabajo no duraría sin los sabios consejos de su marido... sin ingresos, sin hogar... ¿qué haría? Menos mal que tenía a su marido que velaba por ella. Nada importaba que I.  siguiera trabajando en dos sitios distintos, que aún sacara tiempo de vez en cuando para, a escondidas casi, hablar con su madre y sus hermanos, que, a duras penas, conservara sus amigos de la infancia aún después de años de silencio... I.  era la Nada. Nada persona, Nada profesional, Nada madre, Nada mujer... Sólo esposa. Porque era Suya. Suya para siempre....

 

Un día, sin embargo, I.  despertó de esa pesadilla. Sin saber cómo, la ceguera que se había instalado en su vida dio paso a una luz que le hizo ver al príncipe en toda su dimensión y, como en el viejo cuento de los niños, se dio cuenta de que su rey estaba desnudo. No llevaba el traje de brillantes que él tantas veces le había mostrado, no tenía una buena voz, no era tan culto como ella lo veía, ni tan simpático como aventuraba. Era sólo otro cabrón que había vivido una vida prestada.

 

Él hizo un último intento para amarrarla y, a sabiendas de que su hijo sería su mejor testigo, llevó a cabo un intento de suicidio. I.  cogió una maleta y al niño y emprendió una nueva vida. Un camino lleno de espinas porque el sapo le agarró de la falda cuando I.  escapaba de la charca y durante mucho tiempo, a pesar de los tirones que ella daba, intentó trepar a su antiguo trono arañando los jirones de la autoestima que, a duras penas, había permitido a I. escapar de su condena. Aún ahora, ocho años más tarde, el sapo sigue croando en su charca, tratando de seducir a I.

 

La historia de I. no ha terminado aún. Hay una posdata. Esa "pava", que diría Pérez Reverte, que lucha por conseguir que la proximidad de cualquier hombre no le ponga los pelos de punta y desate ese mecanismo de alarma que siempre permanece aletargado como defensa imprescindible ante posibles nuevas agresiones, ha descubierto que hay alguien que podría volver a abrir esa ventana que durante tanto tiempo ha estado cerrada. Alguien que, poco a poco, se ha ido filtrando en su piel y por quien, según parece, podría bajar la guardia un ratito y volverse a enamorar.

 

Pero esto no es más que una posdata a una historia de una "pava" que aguantó a su maltratador porque llegó un momento en el que era incluso incapaz de pensar que era posible una vida distinta. Porque llegó a creer incluso que no se la merecía.

 

Sin embargo ahora si lo sabe. Merece otra vida, mejora y más plena. Y, si algún día llega, merece un hombre que la ame sin condiciones y sin ambages. Porque, eso si, ha demostrado ser fuerte, íntegra, buena hija, mejor madre, excelente profesional, amiga de sus amigos y, por encima de todo, ella misma.

 

Y, por si alguien tiene alguna duda, Lamia es el alter ego de I.

24/09/2008 08:55 Autor: Lamia. #. Tema: Taller de Escritura Hay 10 comentarios.

Serenidad

 

Serenidad frente a rencor. Mi querido Alas de Plomo siempre tiene la palabra exacta. Minutos antes de leer sus palabras escribía desde el dolor porque las relaciones personales son difíciles y su evolución un misterio. Otro bloggero, que renombra los días cada jornada,  se refería esta semana también a cómo las relaciones de amistad derivan -en demasiadas y decepcionantes ocasiones, a su juicio- en momento pasados que hacen que te cuestiones el tiempo y la energía que a ellas dedicaste.

 

Sin embargo, gracias a las palabras del hombre que lleva el corazón en sus alas, he dado marcha atrás y he reescrito mis pensamientos desde la serenidad. Ideas y sentimientos que nacen de una confesión y que, como acto que llevamos a cabo, tiene su consecuencia. Un resultado que no sólo depende de nosotros y que, por inesperado, a veces tampoco es de nuestro agrado.

 

Por eso, y por la serenidad, no transcribo lo que tenía previsto.

25/09/2008 10:17 Autor: Lamia. #. Tema: Taller de Escritura Hay 9 comentarios.

El secreto de las flores

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Como decía, nuestros actos y palabras siempre tienen consecuencias. Necesito unos días para recuperarme de ellas. Vuelvo pronto.

25/09/2008 18:10 Autor: Lamia. #. Tema: Ensoñaciones Hay 8 comentarios.

Lamia y Humano (II)

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El otoño está cayendo sobre el hayedo. Se nota en el rocío que cada mañana resbala por las hojas, en la niebla que al atardecer baja de las cumbres para cubrir el manto de musgo y hojas que protege la tierra roja. Se deja sentir en el silencio, extraño y denso, que se desliza evanescente entre las hayas. Se aprecia en los animales, que se esconden. Se nota en el sopor que se adueña de la naturaleza, aletargándola, retrasando sus procesos.

 

Lamia recorre el hayedo arrastrando sus pies entre la hojarasca, empujando sin querer pequeñas piedras que entorpecen su camino. Ella respira el aire denso, perlado de niebla. Despacio, como las estaciones, se dirige al claro que protege sus secretos. En él, un haya centenaria extendió una vez sus raíces, levantando la tierra, impregnando con su huella un claro que ahora Lamia reclama para sí y sobre el que, hace ya mucho tiempo, el rayo furioso de una tormenta vespertina descargó arrancando la estatua orgullosa bajo cuya sombra Lamia tantas veces se había cobijado. Y allí donde una vez estuvo el árbol majestuoso, sólo quedaron troncos renegridos, hojas chamuscadas, trozos de musgo arrancados de las piedras circundantes, a las que la fuerza de la luz y el trueno expulsaron tan lejos.

 

Durante muchas estaciones, demasiadas, Lamia arrastró los troncos, despojó el subsuelo de los restos de raíces que se agarraban a la tierra con una fuerza impropia de un desecho. Con las piedras dibujó un círculo que el musgo pronto cubrió con su manto reforzando así el refugio que Lamia había preparado. Y entre su arroyo y el claro, este ser hecho de bosque no se dio cuenta de que una nueva primavera había traído el sol y los hayucos de las sombras circundantes, caídos y preñados en el suelo, empezaban a dar su fruto en forma de pequeños esquejes.

 

Cada estación, Lamia dejaba el abrigo de su arroyo y trabajaba incansable en la limpieza del claro. Y, con cada primavera, llevaba un nuevo hayuco, pequeño y arrugado, que enterraba con esmero el centro del círculo. Allí permanecía horas, días enteros, peinando sus largos cabellos con el peine de hueso. Esperando y suspirando. Y cada vez, Lamia derramaba una nueva lágrima sobre aquellos pequeños frutos que no hacía florecer.

 

Los suspiros de Lamia atrajeron sin duda a Humano, que cruzaba el bosque cada día. El ser etéreo intuía su presencia y, sujetando su espíritu, se refugiaba en el arroyo esperando que el sonido del agua que rasgaba las rocas del cauce amortiguara su respiración, entrecortada y anhelante. Y aguardaba a que Humano emprendiera la marcha para acercarse de nuevo al claro y comprobar si albergaba una nueva criatura arbórea sobre la que volcar sus desvelos.

 

Lamia y Humano coincidían en el bosque. Ambos escuchaban, atrapaban los jirones de olores antiguos que permanecían colgados en las ramas más altas, las que mejor guardan los secretos. Sin embargo, Lamia evitaba los caminos que él surcaba y Humano, sin quererlo, rodeaba espacios ocultos en los que el hada del bosque escondía sus hayucos a la espera de poder trasladarlos al claro.

 

Pero en la estación del viento, Humano descubrió el secreto de las flores y, suave -como susurra el viento entre las grietas altas de las cumbres-, recogió el hayuco, lo mimó y lo preparó. No reparó en tiempo ni esfuerzos. Le dedicó lo mejor de si, su parte más tierna. Y el hayuco, primero en un sombrío protegido, empezó a crecer. Al principio muy despacio, como si tuviera miedo de cada pequeño avance. Más tarde, cuando el sol consiguió atravesar las ramas más altas y robustas, sus rayos acariciaron el hayuco calentando sus raíces e impulsando un crecimiento constante y sostenido.

 

Cuando Humano reparó en que el pequeño hayuco se había transformado en un esqueje endeble y lastimoso, lo recogió y, adentrándose en el bosque, recorrió caminos y veredas hasta que dio con un claro en el que el sol vertía sus caricias durante casi todo el día. Humano se sintió cómodo en el claro. Era un círculo casi perfecto. No reparó en el muro que lo protegía: el musgo había creado un cómodo repecho en el que descansó de su caminata. Tampoco apreció el desnivel que delataba la huella de un árbol viejo, espacio sobre el que Lamia había vertido sus lágrimas una y otra vez en un vano intento por alumbrar un árbol nuevo, fuerte y consistente, bajo el que volver a peinar sus cabellos en las largas tardes que ofrece el verano.

 

Humano descubrió un espacio fértil en el que, conocedor como era del secreto de las flores, plantó el hayuco con la esperanza de que allí obtendría lo necesario para garantizar su crecimiento y permanencia. Y Humano recorrió de nuevo el bosque de Lamia, atravesando arroyos y colinas, caminos y veredas, en una senda que resultó ser más larga y árida de lo que había percibido cuando transportó el pequeño brote.

 

En su camino de vuelta, Humano atisbó de nuevo la presencia de Lamia. El perfume de las hojas que trenzaban sus cabellos se asía a su vestimenta en un baile mágico de sensaciones. Sin embargo, aquél que conocía el secreto de las flores, no era capaz de de entrever a Lamia que, atrapada en su arroyo, esperaba su marcha para acudir al claro.

 

En el centro, tierno y tímido a la vez, el brote de una nueva haya desafiaba la sombra de las grandes reinas del bosque, que velaban por el nuevo ser que enterraba sus raíces en el suelo angosto y duro que un día se vio devastado por la furia de la tormenta.

 

Y Lamia volvió a verter sus lágrimas. Las gotas que acariciaban el hayuco destilaban la alegría que sentía por el nuevo esqueje, que había arraigado. Porque, aunque siempre sería de Humano, sólo gracias a sus desvelos había encontrado el acomodo perfecto para crecer y desarrollarse.

 

Y Lamia volvió a verter lágrimas de alegría porque, algún día, también ella conseguiría al fin hacerse con el secreto de las flores y lograría un esqueje que hiciera compañía al de Humano.

 

Sin embargo, aún tendrá que pasar un tiempo para que el paso de Humano por su arroyo no la impela a correr con el fin de comprobar si el que conoce el secreto de las flores vuelve a cobijarse bajo la sombra de su haya.

30/09/2008 10:47 Autor: Lamia. #. Tema: Ensoñaciones Hay 5 comentarios.


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