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Principio de incertidumbre
Además de ser el título de una preciosa canción de Ismael Serrano, el inicio de cada año es siempre un "Principio de Incertidumbre". Cada primero de enero marca un hito a partir del cual comienza un periodo inabarcable de doce meses en el que ponemos todas nuestras esperanzas e ilusiones. Siempre pensamos que lo que ha de venir es mejor que lo que pasó. Siempre esperamos que el futuro nos depare cuanta bondad anhelamos. Ponemos nuestras esperanzas en un tiempo incierto en el que deseamos resolver nuestras dudas, nuestras inquietudes. También, ¿por qué no?, nuestros temores y nuestros problemas.
Como dice la canción, "puede que todo siga igual" pero "también puede que no sea así". Con el deseo de que el nuevo año haga realidad aunque sólo sea una pequeña parte de nuestros sueños, empiezo el 2009 con música. Una melodía en la que las palabras recuerdan que el hielo puede quemar, existe una posibilidad... y también, podría pasar, que los cañones se oxiden.
La Cocina

Nuestra vida viene marcada por lugares que acumulan recuerdos. Los míos tienen un sitio especial en la cocina de la casa en la que pasé toda mi infancia y buena parte de mi juventud. Un espacio en el que, todavía hoy, me refugio muchas veces buscando esa paz que el ruido que nos rodea tan a menudo nos hurta.
Esta cocina, mi cocina, es grande si la comparo al espacio que en mi casa destino a los mismos quehaceres. Es cuadrada, soleada a pesar de que su única ventana da a un patio interior gracias a que se ubica en un sexto piso. Fresca en verano y cálida en invierno.
La mesa, en torno a la cual se reúne la familia, no tiene cantos, ni aristas. Quizá por eso siempre invita a la permanencia. En torno a ella se han reunido varias generaciones y también a su alrededor tienen siempre un lugar preferente los amigos. Los de cualquiera de los tres hijos, los amigos de los amigos. Los conocidos.
La cocina, que tiene ya más de cuarenta años, conserva en sus paredes el eco de voces perdidas. Una, sobre todo, la más querida. Palabras y silencios. Guarda también susurros de lecciones aprendidas a altas horas de la madrugada. Conserva la huella de las primeras palabras escritas sobre una vieja olivetti. El sonido de los primeros relatos tímidos que se perdieron en el tiempo.
Mi cocina, en la que todavía me refugio siempre que puedo, huele a café, a txistorra, a chipirones, a bacalao... Conserva el aroma de las tardes de rosquillas, el recuerdo de tres pares de pequeñas manos amasando figuras, las risas compitiendo con el ruido de la lluvia golpeando el cristal aquellas tardes eternas de invierno.
Esta semana, una vez más, he vuelto a mi cocina. Ahora ya con un ordenador. Con la conexión a Internet. Con las urgencias de un trabajo. Pero, de toda la casa, sigo eligiendo la cocina. Porque allí siento siempre que he vuelto al hogar. Porque recupero los recuerdos de mi vida. Porque conserva todos los sentimientos que en ella se vivieron. Porque me aíslo. Porque es donde mejor pienso. Porque guarda parte de mi historia sentimental. Porque, sin esperarlo, cuenta ya con un nuevo recuerdo.
De copos de nieve y palabras
He extendido la mano y, entre los dedos, se han deslizado unos copos. Como una caricia, igual que algunas palabras.
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Cuando vuelvo la vista atrás veo que esta bitácora, que nació como una breve aventura narrativa, va camino de cumplir los dos años de vida. En este tiempo, he escrito fundamentalmente sobre mi vida, acerca de mis deseos, mis frustraciones, mis sueños. He hablado también sobre lo que me gusta o acerca de mi posición sobre determinados temas o situaciones. Y siempre he procurado hacerlo desde el respeto, con la firme intención de no herir a nadie y sólo con el deseo de dar cauce a un impulso vital.
En este camino he encontrado nuevos amigos, he recuperado a otros que creía olvidados, y posiblemente habré perdido también alguno porque el tiempo que le dedico al blog lo detraigo del que antes empleaba en otros quehaceres.
Lamia, el alter ego que representa la parte más desconocida de mi misma, ha permitido mostrar una cara que no es la que habitualmente ven quienes me rodean. A veces incluso ha mostrado facetas que yo misma desconocía. En este trayecto, para elaborar mis textos me he inspirado en la cotidianeidad de la vida, en quienes me rodean, en las cosas que me ocurren, en noticias, imágenes, historias...
Sin embargo, tanto el blog como yo misma hemos evolucionado y eso me ha permitido afrontar retos que hace un año y medio ni siquiera hubiera soñado. He osado escribir sobre cuestiones de las que desconocía casi todo. He opinado, he llorado, he reído, he cantado... Y en ese camino, he utilizado citas, imágenes, canciones, palabras de otros. Retazos de vidas que tomo prestados y que me han inspirado pequeños mundos privados.
Este inicio de año, en el que el silencio que buscaba se ha visto apagado en parte por el ruido que han hecho -mucho- quienes me quieren -mucho- y me han arropado estos días, me ha permitido alumbrar una serie de textos que parten de las imágenes que un fotógrafo generoso como pocos me ha prestado para construir historias imaginadas. A partir de las fotografías de M. A. Latorre, que las ha concebido como una serie única en la que la luz y las plantas son las protagonistas absolutas, yo he desarrollado un conjunto de textos que también constituyen una serie: un continuo que nace del bosque, ése que está lleno de hayedos y en el que mi alter ego busca siempre respuestas.
Esta es la primera de las piezas de la serie, que vuelvo a traer aquí a pesar de ya la publiqué hace unos días, y que verá su continuidad con otras tres fotografías y sus correspondientes textos. Cada elemento lleva una numeración, que es la que corresponde a la imagen que le acompaña, porque hasta ahora no he sido capaz de encontrar una palabra que permitiera identificar y resumir los textos. Salvo quizás un nombre propio, que podría englobarlos a todos.
Si alguien dice que te amo...
pregunta cuánto.
Y te diré: un destello.
El espejo de la luz sobre el helecho caduco;
instante de cordura en un sueño inalcanzable.
El recuerdo del suspiro que la ola bosqueja en la arena.
Un copo de nieve fundido en los dedos. Un pedazo de cielo.
El lamento del cierzo enlazado en un árbol.
El vacío que deja el deseo. Un hilo de seda, un puente.
También un silencio.
Si alguien dice que te amo...
pregunta cuándo.
Y yo diré: sólo un momento.
El encuentro de miradas fundiendo el abismo que recrea la Nada.
Espejismo de cuerpos desnudos.
Las burbujas de una copa.
Un reloj de arena.
El sol y la luna. El mar y la roca. La arena y el viento.
Un momento en el ruido.
Y también, ¿por qué no?, en todos los silencios.
Si alguien dice que te amo...
pregunta hasta cuándo.
Y, en la distancia, diré: mientras llega tu voz.
Hasta el último aliento.
En cada palabra,
en el brillo de los ojos,
en el gesto: en tu desaliento.
El anhelo de tus besos.
Lo que queda en el recuerdo:
ese calor de tu mano acunando el silencio.
Si te dicen que te amo... atiende al viento.
Quizás las miradas, el sol, la luna, la arena, el helecho,
el deseo, el recuerdo, un suspiro o un beso....
puedan vencer este silencio.
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Yo soy luz y tú helecho.
Gota de rocío que resbala en un lamento.
Yo soy cierzo y tú silencio.
Campo de amapolas; gavilla de heno.
Yo soy fuego y tú hielo.
Ascua encendida y olvido tierno.
Yo soy luna y tú firmamento.
Relámpago y nube; confín y extremo.
Yo soy verano y tú invierno.
Tarde de playa y refugio cierto.
Yo soy patria. Tú, un bosque extenso.
Hogar y cobijo; flores y hayedo.
Yo soy la ola. Tú, un mar que agita el viento.
Sal y espuma; lágrima y anhelo.
Yo soy la roca. Tú eres mi arena.
Ardiente abrigo que sacia el deseo.
Yo... soy vida.
Y tú, sólo tú, mi aliento.
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Entre dos puentes, Santa Engracia y Curtidores,
me ha alcanzado tu recuerdo.
Ha llegado hasta los patos, que duermen bajo el helecho.
Me ha rozado tras la higuera,
erguida sin hojas al abrigo de la muralla que la protege del cierzo.
Contracorriente, el río ha traído tu nombre,
ahogándome en el recuerdo.
Con la esencia primigenia de la gota que filtra el agua,
senda húmeda y constante,
me ha impedido escapar y ha hecho que fuera a tu encuentro.
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¿Alumbrará el tiempo la pasión o el silencio?
Perenne tristeza que enjuga el olvido.
El cierzo sopla constante acariciando el helecho.
Esa sombra oscura,
compañera que vive en tu esencia,
en tu nombre, en tu ser,
hace que el tiempo sea sólo quimera que mido en silencio.
Sin olvidar nunca que hieres con la intensidad del fuego.
Hoy he vuelto a compartir risas y llantos con mi querida Capycua. Ha habido más llantos que risas y sus lágrimas han anegado también mi corazón, que no encontraba palabras de consuelo que paliaran el dolor que la ha quebrado.
Porque lo que está por venir es una página en blanco que debemos escribir cada día, porque estoy convencida de que compartiremos más alegrías que tristezas, porque nuestra amistad ha madurado, porque la quiero un montón, porque ella comparte mis secretos, porque cada palabra suya de aliento es un soplo de aire fresco, porque siempre está, porque no merece este sufrimiento, porque podría ser la luz del helecho que permanece en sombras....porque a pesar de su dolor aún ha querido escucharme....
Por todo eso, quiero dedicarle este último poema de la serie.
Porque el cierzo, que sopla constante, dirá con el tiempo hacia dónde se inclina el helecho.
Aguanta, preciosa. Todo llegará. Y será bueno.
Recapitulando

¿Por qué siempre que vamos al médico el paisaje que vemos desde su ventana es tan inhóspito y el cielo tan gris?
¿Por qué a veces resulta más fácil contar a personas que nos son totalmente desconocidas pensamientos tan íntimos que no nos atrevemos a compartir con quienes se encuentran más cerca?
¿Por qué el amor tiene que llevar siempre aparejado el sufrimiento?
¿Por qué después de todo lo acontecido aún mantengo intacta la capacidad de ruborizarme ante determinadas palabras o sentimientos?
¿Química o amistad?

¿Topillo de la pradera o de la montaña? No lo tengo claro... Sólo me parece que evoluciono (como los pokemon).
La respuesta a este enigma: El País (Vida &Artes)
No me lo tengáis en cuenta.
A veces cuando uno duerme poco y piensa mucho... éste es el resultado.
La foto, aquí.
Fernando Sarria
Fernando Sarria recibe esta tarde en la Delegación del Gobierno un premio por su poemario "El Alhaquín".
Para variar, y aunque me había hecho la firme intención de acompañarlo, cuestiones laborales me van a mantener alejada de la cita.
Sin embargo, aplaudo desde aquí ese merecido reconocimiento de la mejor manera posible, es decir, reproduciendo uno de los poemas contenidos en su libro.
Porque yo también sé de los olvidos y de las estaciones intermedias. Y porque, sobre todo, aunque soy de natural impulsivo, he aprendido a esperar.
Mañana te habrás ido en un tren nocturno
pero ya sé de los olvidos tantas cosas
que nunca temo a las estaciones intermedias.
Vacío

Ha paseado tan cerca del cielo… saboreando casi su textura,
que, al saltar para atrapar las nubes, jirones de escarcha arañaron sus manos.
Y, de nuevo, el vacío avasallando su alma.
Y el silencio, compañero inevitable, ya no era un consuelo.
Porque el camino, siempre duro cuando dibuja paisajes de ausencia,
emulaba al juego.
Y es entonces cuando el vacío llenaba el espacio que antes ocupó el cielo.
Foto: Carlos Sancho

Caricia leve.
Así es tu aliento.
Casi lamento. Un susurro impreciso.
Escarcha y cierzo anudan tu ausencia
pariendo un vacío, tan oscuro y denso,
que atenaza el alma y la viste de invierno.
Sentir
Aunque en ocasiones la ternura se doblega ante el cierzo, que cambia de rumbo y trae el más puro invierno; otras veces, el bálsamo suave de una voz restaña las más profundas heridas del alma.
